martes, 22 de noviembre de 2016

Cuando nadas

Pensaba en como diantres lo hacían para nadar con la cabeza bajo el agua, apenas girando un cuarto de vuelta el cuello para respirar. Tampoco lograba saber como podían aguantar tanto tiempo yendo de un lado hacia el otro, como una simple pelota de ping pong. Tenía que ser extremadamente cansado pero ellos no paraban. Voltereta y hacia el otro lado. Y así una vez y unas cuantas más. 
Alguna vez intenté nadar de una punta de la piscina hasta la otra sin parar, a mi manera, y no supe. Me paraba a media afrenta, casi sin habla, medio ahogado y queriendo salir de ese caldo azulado. No sabía ayudarme con mi cuerpo y tampoco era capaz usar decentemente mis pulmones. Estaba negado.
No recuerdo exactamente ni como ni porque pero me empeñé en aprender como fuera. Supuse que lo esencial era aprender a combinar el desgaste físico con una respiración acompasada para evitar el cansancio derivado de una mala combinación de movimientos. Eso implicaba aprender, básicamente, técnicas de respiración y de nado. 
Perseveré tanto como supe y pude y en pocos meses y tras muchas sesiones, empezaba a alargar las piscinas recorridas. Terminaba exhausto pero algo me decía que lo estaba haciendo bien, que progresaba lentamente. 
Aprendí, además, que el físico no era suficiente: necesitaba saber sufrir mentalmente para saltar continuamente el muro que supone saber que todo el rato estás allí mismo, que no existen ni los paisajes ni las bajadas. 
Es curioso el deporte. Aunque nos gusta cantar la perfección de los cuerpos, la actividad física tiene una absoluta dependencia de la mente, hasta el punto de que no hay campeón que no sea capaz de doblar cucharillas con su determinación. 
Así llego hasta hoy, donde nado semanalmente mis seis mil metros de rigor. Doscientas cuarenta piscinas repartidas, normalmente, en dos sesiones de ciento veinte cada una o en tres sesiones de ochenta largos. 
Me planifico mi sesión y la divido en bloques para hacerla más amena. Estoy entre tres cuartos de hora y una hora y cuarto nadando. Cada largo son diecisiete brazadas. Cada piscina son unos treinta segundos. A veces he acabado acalambrado y otras, como una rosa. 
Si un día, por cualquier motivo, lo veo crudo, el método es sencillo: a escasez de fuerzas, se le echa valor y apego a los huesos propios y a la lycra del bañador. También se tira de ambición porque de eso hay que ir sobrado aunque dar la vuelta cada veinticinco metros pueda parecer un suplicio mental. 
El resumen es que yo he podido. La enseñanza es que todos podemos.  




sábado, 10 de septiembre de 2016

Marcha cicloturista internacional Calella-Calella

"Si tu enemigo es seguro en todos los puntos, debes estar preparado. Si tu resistencia es mayor, elúdelo. Si es temperamental, busca cómo irritarlo. Simula ser débil para que crezca su arrogancia. Si se toma un respiro, no le des descanso. Si sus fuerzas están unidas, divídelas. Atácale cuando no esté listo y aparece donde no te esperan"

El extracto pertenece a "El Arte de la Guerra", escrito por Sun Tzu, un filósofo militar chino nacido hace 2.500 años y cuya obra sirve igual para las estrategias bélicas, amorosas o ciclistas. 
Tal escrito serviría de motivación para cualquier persona ante cualquier afrenta que pudiera terciarse. Para la que se me apareció no usé ni una sola de todas esas palabras. 
Aunque parezca raro, me tomé la carrera con poco ahínco por no decir ninguno. Tal vez cuando tienes más de lo que soñaste se haga difícil encontrar motivaciones nuevas. 
Suponía, a lo sumo, otra salida rutinaria más pero en un lugar inexplorado hasta entonces y con la compañía de un compañero mucho más curtido que yo en las batallas ciclistas. 
Cansado en cuerpo y alma en gran parte por no haber dispuesto ni de una semana de descanso en lo que llevamos de año, me presenté en el día D dispuesto no sé bien para qué. 
Apenas escudriñé el recorrido un par de días antes, visioné los inicios y finales de los puertos que íbamos a recorrer y eché cuatro cálculos mentales para saber lo que podríamos tardar y llegué a la conclusión que hacerlo en tres horas supondría haber completado una buena carrera. 
Finalmente, recopilé todo el material a consciencia y repasé mentalmente prendas de ropa, partes de bicicleta y comida para no dejarme nada. Sé que el orden siempre será fiel mi aliado. 



A priori no parecía un recorrido excesivamente complicado, el desnivel era asumible y la meteorología acompañaba, aunque el calor se haría notar a lo largo de la mañana. 
Me sorprendía con la poca gente que había en la línea de salida, teniendo en cuenta las fechas en las que estamos, ya que es una buena época para la bicicleta. 
Se dio la salida y se salió bastante rápido, en grupo y con el plato grande y el rebufo. Lo normal, vamos. Gastar poco y estar muy atento. 
En pocos kilómetros se empinó la carretera y se empezaron a poner las cosas más en su sitio. Sin haber rampas duras, los corpachones empezaron a recular y los cuerpecitos a avanzar. Dicen que los cuerpos gigantes y temibles se acompañan de cabezas sosegadas y que los esqueletos reducidos, recuerden y repasen la historia, son los que provocan terremotos. 
En un grupo reducido fuimos ascendiendo el primer puerto del día, el cual acabaríamos recorriendo al revés. Mientras descendíamos vi que la dificultad sería menor para volver aunque con más tralla encima. Estábamos todo el rato en la parte delantera del grupo, pedaleando a un buen ritmo y nadie hizo ademán de relevarnos. 
Ser valiente parece una obviedad. Sin embargo, predomina una filosofía del ahorro que ha convertido al ciclismo en una fórmula matemática: pulsaciones, vatios, pedales. La consigna es no gastar fuerzas y ajustarse a un plan, obedecer al reloj y a los números. Y así, demasiadas veces, se ha terminado por anular la esencia de este deporte: que las piernas no paren hasta llegar a casa. 
Íbamos rápido, con una velocidad media cercana a los treinta kilómetros por hora. Las cuentas estaban echadas para una media de veintiocho, así que íbamos por encima del tiempo previsto aunque faltaban dos subidas, pareciendo sobre el papel la siguiente la más dura. 
Y así lo fue aunque no tanto como esperaba. Unos tres o cuatro kilómetros de ascensión precedieron a un descenso vertiginoso hasta retomar el camino de vuelta. Estábamos dentro de tiempo pero tendríamos que apretar los dientes. 
Nos exprimimos en una parte final en la que a falta de piernas pusimos corazón, casi sin cabeza, con muchas narices y con un par de repechos que salvamos con los riñones y las ganas de quienes están cerca de algo y ya les sobra poco. 
Concretamente cinco minutos fueron los que nos sobraron, así que llegamos con antelación suficiente y en la decimoprimera y la decimosegunda posición de setenta participantes. 
Reto concluido, tiempo superado y piernas fatigadas. Eso es el ciclismo. Sin vatios. 

miércoles, 1 de junio de 2016

IV Marxa Popular la Vall dels Molins

Empecé con pocas intenciones y con la única idea de disfrutar todo lo que pudiera de unos presuntos quince kilómetros de carrera contínua. Haber salido el día antes durante tres horas y media en bicicleta de carretera hizo que mi planteamiento no fuera otro que el de intentar pasar un buen rato. 
No me importaba el ritmo y lo cierto es que sabía que tampoco tenía piernas para contar muchas historias. Había que regular. Las prisas son para los ladrones y para los malos toreros. 


El recorrido fue placentero y ameno hasta que llegamos al primer avituallamiento, momento en el que debías escoger entre la marcha corta y la larga. En ese punto, dudé levemente debido a unos dolores estomacales que me estaban persiguiendo desde hacía un par de kilómetros. Incluso pensé en no avituallarme porque tenía miedo de remover aún más lo que por allí se cocía. 
Intenté no darle mucha importancia porque hasta el momento el resto del físico me respondía bien y decidí tirar hacia la montaña. Tuve fortuna porque no volví a acordarme de él en toda la mañana. Y eso es mucho porque, normalmente, despreciar al viento se paga con tormenta. 


Por esas lides, me puse a perseguir a un hombre mayor y a un muchacho que iban emparejados a pocos metros de mí y que parecían ser abuelo y nieto. En el deporte, como en la vida, las buenas historias son fronterizas. Emociona tanto la irrupción de un joven campeón como conmueve observar la ilusión que le ponen aquellos que llevan moviéndose desde siempre. Por eso, al mismo tiempo que se admiran los cuerpos invencibles, está bien pensar que hay una alternativa para la juventud. 
Llegando casi al ecuador de la jornada, el piso se empinó y se volvió irregular. Empezó a acumularse el desnivel mientras recorría los alrededores de cuevas pretéritas, en lo que fue la parte más dura pero agradecida de la carrera. 
Conocí muchos recodos casi inescrutados y unos paisajes soberbios que podrían servir para que los agnósticos empecemos a creer en Dios 
Cada vez que me topo con lugares así, con tanta historia, no puedo evitar pensar en que debemos mucho, quizás demasiado, a los que lucharon y vivieron como pudieron entonces, cuando las consecuencias no eran un titular de un periódico o un comentario en Internet, sino el exilio, el descrédito, la prisión o la muerte. 


Hice toda la subida en solitario. Fueron unos tres kilómetros preciosos en los que sólo escuchaba mis pasos mientras esquivaba ramas, piedras y raíces. Ni rastro de más vida que todo aquello, que en el fondo es una auténtica barbaridad. 
Llegado al punto más alto, sólo quedaba llanear durante un buen rato para luego empezar a descender abruptamente por un sendero técnico y resbaladizo. Afortunadamente tuve un buen guía que me marcaba cada paso y que yo, sigiloso y obediente, me encargué de imitar. 
Justo antes de entrar en la recta final y viéndome bien de fuerzas, pensé en aumentar el ritmo y pasar a mi lazarillo. Reconozco que hubiera sido una canallada injusta. Espero que se entiendan los malos pensamientos y pueda comprenderse el primer impulso, el pecado original. 


Sin referencias temporales hasta que llegamos de nuevo al origen, le pedí a mi guía un último servicio. Su reloj indicaba que había completado los poco más de quince kilómetros finales en una hora y treinta y cinco minutos. Suficiente, que diría aquel. 



Lo paradójico en mi, que no mato por correr pero que estoy acostumbrado a madrugar, es que me costara más levantarme de la cama que ponerme las zapatillas. Por eso, lo importante, después de todo, es haber vuelto a vencer a la pereza. Y al despertador, por supuesto. 

domingo, 1 de mayo de 2016

Pirinexus Half P360 Gravel

Tenía que completar 125 kilómetros guiado por un GPS que improvisé en el manillar de mi bicicleta con unas cuantas bridas. 
El recorrido era circular y me conocía perfectamente la segunda mitad. El plan volvía a ser resistir porque de este largo jornal no debía salir un ganador, sino muchos supervivientes. 

 

No era una prueba que tuviera prevista para este año y aunque me pareció una buena piedra de toque sobre la que me informé tarde, iba bien de ánimo pero quizá algo corto de entreno. Las aventuras poco planeadas acostumbran a quitarte mucho más de lo que podrían llegar a darte. 
Era la distancia más larga que había afrontado hasta el momento en bicicleta de montaña y desde pocos minutos antes de salir supe que la meteorología iba a estar en contra de todos los allí presentes. 
Empezó a lloviznear y hacía bastante frío para lo que suele hacer en esta época del año. A mi traje de manga corta y unos manguitos, sumé unas mallas y un chubasquero a última hora que resultaron cruciales con el paso de las horas. 
Se dio la salida y con cinco minutos tuve bastante para calarme hasta los huesos y unas cuantas horas fueron las que estuve lleno de agua, barro y frío mientras pedaleaba con el único objetivo de volver al sitio del que había partido. 
Tras un tramo asfaltado y un cuarto de hora de jarreo continuo, la lluvia nos dio un pequeño respiro mientras empezamos a seguir el cauce del río Ter por senderos enfangados y maltrechos por el agua. 
Entre chaparrones, lodo y una bicicleta que engordó unos cuantos kilos en un par de horas, llegamos al primer avituallamiento. Había recorrido apenas 42 kilómetros y, tras una parada breve para llevarme a la boca un poco de membrillo y un par de galletas, retomé la marcha. 
En este punto, dejó de llover durante media hora e incluso noté que se estaba secando el chubasquero. Después de ese lapso temporal de alegría efímera, volví a la cruda realidad, que no era otra que pedalear silenciosamente bajo una lluvia inquebrantable. 
Recorrida la primera mitad de carrera, hice dos lecturas. La positiva es que no estaba teniendo frío y que no soplaba viento. La no aparición de esos dos factores era un acicate importante para seguir dando pedales sin descanso. La negativa, que el poco desnivel que había que salvar estaba a partir de ese punto. 
Con ese panorama, llegué al segundo y último avituallamiento. Me explayé demasiado con las gominolas y, ahora sí, cogí algo de frío pero no era momento de lamentarse: había que volver a salir al ruedo. Quedaba poco más de un tercio de una nueva hazaña personal fabulosa. Quedaba confirmar un sueño, una esperanza: que hay una alternativa a la victoria. 
Al encarar el sector consistente en un tramo de ascenso suave pero continuo, empezó a soplar viento en contra. Muscularmente estuve impecable hasta que quise forzar más de lo necesario para salvar ese momento. A veces uno desafía al estado y le vence el sistema, la banca y los bancos. Como suele suceder. Ese fue otro acierto: aminoré el ritmo y dejé que las piernas hicieran lo que quisieran. 
Cualquier otro día me lo hubiera hecho con la gorra pero no era el día más favorable para las florituras y menos aún teniendo en cuenta que el agua dio paso al viento ya hasta el final.  
Me escudriñé levemente a pocos kilómetros de acabar. Dejando de lado mi aspecto desaliñado y repleto de lodo por todas partes, físicamente estaba muy entero: sin dolores ni achaques relevantes y con unas piernas intactas. Nuevo punto positivo: supe dosificarme y alimentarme como es debido. 


Crucé la meta entero, sano y salvo y con unas ganas tremendas por ducharme a mí y a mi bicicleta, que llegó conmigo desajustada, embarrada hasta la bandera y, paradójicamente, con la cadena totalmente seca. 


La grandeza del ciclismo radica en la cantidad de valores que parece reunir. Hablamos de ciclistas valientes, colosos o astutos, y en la orilla contraria decimos que otros son conservadores, chuparruedas o timoratos. Nos olvidamos, demasiadas veces, de que el ciclismo es, en primera y última instancia, una cuestión de fuerzas y sin ellas no hay valientes ni colosos ni astutos; simple y llanamente, hay supervivientes. 


Fue el día de quien se pasa el resto del año trabajando en silencio mientras ve como posan los demás. Un tipo instruido, sufrido, disciplinado y limitado. Alguien que en esto del deporte habitaba humildemente incluso por debajo del limbo en el que moran los mortales. Vivía, digo. Desde hace unas cuantas horas estoy alquilado en una nube.  

sábado, 2 de abril de 2016

Volcat 2016 (3era etapa)

Sin duda, me interesaba resarcirme de la ausencia del día anterior. Me movía la rabia y el ansia, sensaciones nuevas, pero también la impaciencia, que es un viejo problema que arrastra uno. 
Esta vez, todo empezó mejor. Llegamos con antelación suficiente a la parrilla de salida para coger un sitio un poco más óptimo y lo conseguimos. No era para tirar cohetes pero al menos no volvía a salir en la cola del grupo. 
La salida fue una retahíla de anarquistas que abrieron fuego contra el archiduque Francisco Fernando, como en aquel atentado que desencadenó la Primera Guerra Mundial. Fue tal el zafarrancho, que en caso de que físicamente fuese factible, más de uno me hubiera pasado por encima. 



Me costó coger el ritmo y me faltaba el aire en los primeros compases. La musculatura aún no estaba caliente y el principio fue rápido y complicado porque soplaba viento de costado, aunque no era excesivo ni totalmente lateral. Aquello no pasaba de ser un desfile prolongado de ciclistas altos conmigo como excepción, regatistas a bordo de dos ruedas. Hasta que de repente la cuerda se rompió delante de mí. Sucede cuando la fila se adelgaza tanto que el corredor pierde la protección del viento. El ciclista que tenía delante aflojó estrepitosamente la marcha para luego abrirse a la derecha y deshincharse por completo. Me vi comandando un grupo de cinco unidades y a escasos metros de volver a subirnos a la ola buena. Hacía falta que algún forzudo se pusiera a dar zapatazos y nos sacara del atolladero porque con mis cualidades, en campo abierto, era imposible. Miré hacia atrás varias veces pero no hubo nada. Me exprimí inútilmente pero el grupo delantero se fue alejando metro a metro en una recta interminable mientras las fuerzas me abandonaban por completo. Las pesadillas siempre tienen argumentos peores. 
Pasado un primer tramo ventoso repleto de toboganes, empezó una parte más técnica y boscosa en la que tocaba menos aire. Aún estaba recuperándome del primer impacto pero decidí que hoy no era día de guardarme nada y le di a las piernas tanto como pude. Ocurre cuando no tienes nada que perder. 
La primera enseñanza es que los deportistas no son dóciles, sino que se rebelan, y que no hay más estrategia que la que marca cada cuerpo. La siguiente lección es corta: carpe diem. Si uno siente que ya le ha llegado el momento, que vuele. Que no se acomode en la prudencia de los que siempre recomiendan paciencia. 



Los kilómetros pasaban rápido y estaba haciendo una buena carrera. Exceptuando un par de tapones que tuve que soportar, disfrutaba de un recorrido ameno y más divertido que el del primer día y las partes más difíciles, las estaba salvando bien, así que nada hacía presagiar un final diferente al esperado, que no era otro que llegar sano y salvo. Intuir el desenlace de una historia no evita la emoción y de eso, precisamente, llevan viviendo toda la vida las películas de 007. 
Igual que hice en la primera jornada, obvié todos los avituallamientos por los que pasaba porque tenía alimentación de sobras. Seguí con mi estrategia en cuanto a comida y a bebida y no me noté vacío en ningún momento. 
Ya casi al final, apareció un tramo con un fango maloliente y resbaladizo que hizo que estuviera a punto de rebozarme en él un par de veces. Eché el pie a tierra cuando el peligro era evidente y me llevé de camino a la meta unos cuantos gramos y centímetros de barro incrustado en mis zapatillas. El maillot y el físico, intactos. 



En el circuito cerrado previo a la entrada a meta, me adherí a un grupo de ciclistas que iban con el cuchillo entre los dientes dispuestos a disputarse el sprint final. Tras unos metros viendo como intentaban despegarse entre ellos, aflojé para evitar un último susto innecesario y me dejé llevar. 
Encaré los escasos cien metros de la recta de meta en solitario esperando una fotografía en la que no saliera más gente que uno mismo. De esas instantáneas que te gustaría guardar en un álbum por si alguien más quiere verla y que llevas siempre contigo aunque no puedes enseñarla. Ese fue el fin. Ese fue el último momento.  
El eterno anhelo que tiene uno es que ojalá, algún día, coincidan la victoria con el esfuerzo y la integridad. Pero el mundo real es otro y sólo regala una baza: volver a intentarlo pronto. Veremos cuando y donde. 


viernes, 1 de abril de 2016

Volcat 2016 (2da etapa)

La realidad es que no hubo segunda etapa. Al menos ni en mis piernas ni en mi cabeza. 
Amanecí peor que me acosté y decidí no presentarme en la salida. La rodilla seguía hinchada y me dolía bastante. Además, pasé una mala noche en la que dormí poco a pesar del cansancio del día anterior. Me notaba malestar general y dormí desarropado porque tuve mucho calor. Quizá tuve fiebre pero sin un termómetro eso sólo puede saberlo una madre. 
Lo único positivo es que conseguí arreglar la bicicleta tras la primera etapa. 
Mi racha de infortunios ayudó a que mentalmente no fuera capaz de afrontar lo que se acercaba. No estaba en condiciones físicas y tampoco psicológicas de nada. Saber con antelación que sólo vas a tener que sufrir durante unas pocas horas para obtener algo que llevas esperando tanto tiempo, tampoco fue motivo para empujarme a coger la bicicleta. 
Pensé que había riesgo de empeorar mi salud y guardando reposo al menos podría intentar salir al día siguiente aunque perdiera todas las opciones de acabar la prueba con todos los honores al no finalizar las tres etapas. 
Me costó aceptarlo porque era la primera vez que abandonaba una carrera pero a día de hoy sigo creyendo que fue la mejor opción. Aún no me he arrepentido de la decisión tomada y eso creo que significa algo. 
La conclusión es que del choque de dos fuerzas descomunales como son el cuerpo y la mente, puede brotar una cordillera o puede resultar un cero, una nada abrumadora, un vacío sempiterno. El todo o la nada. La vida no es tan sencilla y el amor casi nunca es para siempre.    


miércoles, 30 de marzo de 2016

Volcat 2016 (1era etapa)

La intención estaba clara: acabar la prueba. El tiempo cedido respecto a cualquiera era lo menos preocupante. Como gotas en el océano, tan insulsamente triviales. 
Consciente una vez más de lo que puedo dar y de lo que soy, mi planteamiento no podía ser otro que recorrer, sin pausa pero sin prisa, metro tras metro. Uno no es más que eso: un motor diésel de gama baja pero que no sufre averías. 
Las pretensiones, pues, estaban claras de antemano. El buen hacer es el primer atajo, el mejor camino y, aunque los buenos propósitos no eliminan la posibilidad de fracaso, al menos aseguran la felicidad del viaje. 
Probando la bicicleta justo antes de empezar, me percaté de un fallo mecánico garrafal y sólo achacable a quien escribe. Cambié la cadena debido al desgaste que llevaba pero no recordé revisar otros elementos directamente relacionados con ésta. Conclusión: me quedé sin poder usar el plato mediano y las dos coronas inferiores de los piñones porque la cadena saltaba y existía un claro riesgo de romperse. Tendría que hacer la primera etapa con la mitad del juego de marchas y en caso de acabar bien el día, intentar solucionar el problema un Viernes Santo por la tarde. Un plan genial. 
Me alisté a sólo diez minutos de que se diera la salida y me ubiqué muy atrás en la parrilla, con la gran mayoría de las 700 bicicletas presentes por delante. El ambiente era cordial, sano y nervioso, como suele ocurrir en este tipo de carreras. Algunos creen que estaría bien que los ciclistas se retaran antes del banderazo de salida, como los boxeadores, pero no es posible. Sin quererlo, nos convertimos en amigos circunstanciales. Falta esperar que algo grande se interponga entre nosotros. Una cruel montaña podría valer. 
A partir del toque de cornetas, mi batalla fue constante y hubo muchas heridas, algunas invisibles. Y éstas, aunque puede decirse que empezaron con la limitación expuesta antes, continuaron cuando no podía seguir los ritmos iniciales de la manada porque mis piernas no se correspondían con mis deseos. Quise tirar de plato grande para avanzar posiciones sin haber calentado y pronto empecé a quedarme sin aire, así que tuve que rebajar rápidamente las pretensiones. Hay flechas que salen con ventosa. 



Tocaba asegurar el tiro y dosificarse. Con esa idea llevaba transcurridas casi un par de horas que me resultaron un tanto aburridas. El recorrido me parecía bastante soso y me costaba restar kilómetros. El punto de inflexión mental previsto tenía que ser sobre la mitad del trazado y lo fue, pero no por lo que tenía que haber sido, sino porque me caí. 
En un descenso rápido pero sin peligro alguno, al acometer un giro a la derecha, frené demasiado con la rueda delantera y me di de bruces contra el suelo. Caí lateralmente y me arrastre unos cuantos metros por un terreno duro y seco. Me golpeé y me rasqué las rodillas. La derecha, concretamente, empezó a dolerme y se me acabaría hinchando con el paso de las horas. También me desanimé y mucho, no voy a negarlo. Me volví a quedar pasmado, burlado de nuevo por el destino. 



Se encendieron las alarmas, como es natural. Me anticipé al efecto de la crisis y acepté que mi carrera estaba muy cerca de cambiar. Tomé referencias mentales. Miré al cuentakilómetros varias veces e hice lo propio con mis lastimadas rodillas. Traté de averiguar el ritmo de la pérdida, de avistar lo que faltaba ante tan repentina debacle porque no estaba ni a la mitad del camino. Viví, en resumidas cuentas, todo lo que puede darte una bicicleta. Y eso tiene un valor incalculable. 
A partir de ese instante se escribieron dos novelas. Una de superación, sobre la soledad y la desgracia del corredor de fondo, y otra de intriga, sobre la ambición y el deber de quien quiere derribar un muro. 
Retomé la marcha con poco ánimo. El trazado no ayudaba mucho y los kilómetros seguían pasando lentos. Las fuerzas no me acompañaban y eso que estaba bebiendo y comiendo continuamente. Los problemas de mi bicicleta seguían ahí pero ahora aliñados por el polvo que íbamos tragando todos y que se colaba por cualquier sitio imaginable. 
A esas alturas andaba uno bastante desmadejado, fulminado por el desánimo. Estar tanto tiempo a la deriva me demostró una vez más, y ya van unas cuantas, que se corre con la cabeza aunque las piernas siempre tengan algo que ver. 



Para colmo, volví a caerme cuando quedaban unos quince kilómetros para llegar. Esta vez con público pero, afortunadamente, sin daños. La integridad quedó a salvo. El prestigio, no tanto. 
Cuando faltaba poco para llegar al destino, empecé a sufrir calambres y tuve que apearme forzosamente de la bicicleta. Lo peor es que estuve un buen rato intentando volver a montarme porque mis piernas no me lo permitían. Estaba totalmente tieso. Y desde ahí hasta la meta, los malditos seguían ahí, asomando el hocico en cada pedalada. 
Poco tiempo después y tras cuatro horas de carrera, llegué a mi destino sin ánimo ni fuerza, como el que abre la puerta de casa pensando en encontrar su cama justo detrás, después de un día para olvidar. 
En cualquier recodo se esconde una oportunidad. Esta vez faltaron energías y herramientas y sobró la mala suerte, pero es posible que en otra esquina coincidan las opciones, el trasiego y los valientes. 
Yo sigo creyendo que hay que llegar hasta el final, hasta donde tu bicicleta diga basta. "No dejar de pelear hasta que la pelea termine". Lo dijo Eliot Ness.