viernes, 22 de mayo de 2015

La Rioja Bike Race 2015 (Epílogo)

Si te gusta la bicicleta de montaña, es una carrera altamente recomendable. El recorrido es variado y cada día tienes de todo: pista ancha hacia arriba y hacia abajo, bajadas técnicas, rampas duras, subidas complicadas o tramos llanos en los que volar. 
Los lugares por los que se circula son, en su mayoría, zonas boscosas con paisajes realmente bonitos, casi de postal. Sólo pisas el asfalto para entrar y salir de Logroño.  
Está muy bien organizada, con muchos servicios al corredor, avituallamientos generosos y variados, voluntarios muy amables y predispuestos y con una señalización que no da lugar a confusiones. 
El ambiente que se respira también es magnífico. La mayoría de los que se inscriben lo hacen para pasar tres días haciendo lo que más les gusta y eso se nota. Entre todos nos ayudamos y así la carrera se hace mucho menos dura. 
Mención a parte se merecen las personas que había en cada rincón por los que pasé con mi bicicleta. Fue impresionante como nos animaban. Incluso a veces llegabas a sentirte como aquellos ciclistas que ves en la televisión rodeados de gente anónima apoyándoles. 
El único pero, quizás, es que hay demasiada gente inscrita y se forman muchos tapones que hacen que estés mucho rato parado o que tengas que caminar con la bicicleta a cuestas. 




A nivel personal, pude completar el mayor reto deportivo que me había planteado hasta entonces. El único objetivo era acabar y será por eso que fui con pies de plomo durante los tres días. A lo mejor fui demasiado conservador, pecado mortal salvo que en realidad uno amarre por agotamiento y tenga muchas ganas de correr pero ninguna fuerza.  
Mucha parte de mi pequeño gran éxito personal se lo debo a mi bicicleta. Sigo diciendo que era la peor de todas las que ahí se juntaron pero no me dio ni un solo problema en los tres días de carrera. Aún no entiendo como puede quererme tanto con las cosas que le digo. 
Mis dos compañeros hicieron una carrera mucho mejor que la mía, cosa que también era evidente. Son mucho más técnicos que yo y bajan como un tiro. Aunque no sé porque arriesgaron tanto si a los tres nos iban a dar la misma medalla. Les felicito porque también se lo merecen. 




Pasé algunos momentos complicados que me hicieron dudar sobre mis posibilidades. En el primer día, el frío, la lluvia y mi mala gestión, me hicieron preguntarme una y mil veces qué diantres estaba haciendo ahí arriba. Me desperté al día siguiente con ganas de volverme a acostar y en cuestión de poco tiempo se me estropeó el cuentakilómetros, perdí una barrita y se me torció la cala de la zapatilla derecha. Pero de vez en cuando, y sin que se convierta en costumbre, se hace justicia. De pronto, se endereza lo que parecía tan retorcido como las tripas del infierno. Los protagonistas somos humanos y el esfuerzo es terrenal pero la inspiración siempre es mágica y es lo que te hace avanzar. 
Este hito minúsculo se lo tengo que dedicar a los que me apoyan a diario: familia, amigos y compañeros de trabajo y, en especial, a quienes están tan cerca de mí que son casi yo. A mi novia, a mi hermano, a mi padre y a mi madre que, aunque no me lo digan, creen más en mí que yo mismo. Eso es lo más grande que puede ocurrirle a uno. 
Al final, siempre al final, es cuando haces balance y piensas si lo que hiciste tiene un sentido. Y aunque ahora la tentación es muy grande, no diré que fue bonito mientras duró porque esta sensación será eterna. Lo que se hace con el corazón no debería olvidarse nunca. 
La vida no es tan fácil, dirán algunos. Pero la enseñanza sirve y lo sueños se cumplen, a veces de una tacada. Yo logré conseguir lo que había imaginado mucho tiempo antes. 



jueves, 21 de mayo de 2015

La Rioja Bike Race 2015 (Etapa 3)

Abrí los ojos muy animado y con ganas de acabar el reto. Físicamente seguía igual de lastimado pero además me aparecieron unas molestas rozaduras en las nalgas. Esto ya me preocupaba más aunque tampoco podía hacer mucho más que ponerme vaselina. Mis compañeros no estaban mucho mejor: uno con el estómago en cuarentena y otro con las rodillas desengrasadas. 
Si la bicicleta seguía sin averías, todo sería más fácil. Hasta el momento no había sufrido ningún desajuste de frenos o de cambio, ni roturas de cadena, ni pinchazos. La máquina se estaba comportando impecablemente y seguro que era la que presentaba las peores prestaciones de todas las que había en la parrilla. Y con sus quince kilos de peso. 
El postre eran sesenta y siete kilómetros con un desnivel positivo acumulado de dos mil metros. En la salida se comenta que las subidas hoy tendrán más inclinación que ayer. 



Salimos algo más tranquilos y con un ambiente más distendido si cabe. El primer tramo es llano y se rueda bien hasta que en el kilómetro ocho aparece el primer tapón del día en una larga rampa de subida un poco técnica pero que creo que podría hacerse bien. La pateada dura un buen rato y, una vez arriba, se puede volver a rodar por pistas más anchas pero siempre en terreno ascendente. 
Se pasa por Clavijo y se atisba a lo lejos su castillo a través de un terreno duro y empinado, con rampas cuyos desniveles son más que serios. A diferencia de los dos primeros días, hoy sí que me paro en el primer avituallamiento y cargo de lo lindo porque el segundo está a más de treinta kilómetros. Hoy hace más calor y voy igual de abrigado que ayer, así que es probable que necesite más líquido. 
La mala suerte de ayer se invierte. Además de gozar de unos paisajes más agradecidos y bonitos que en las dos jornadas anteriores, el perfil de la etapa que llevo enganchado en el manillar me la juega a mi favor. Cuando creo que me deben faltar un par de tediosos kilómetros para acabar la subida, resulta que empieza la bajada. En ocasiones así, en las pocas veces que todo sale bien y el viento nos infla la camisa, la lástima es no tener un casino cerca. Además, resultó ser la bajada que más me gustó de todas las que hicimos y la disfruté mucho.  
Pasado el momento de gloria, se volvió a enfilar un tramo ascendente por pista ancha que duró unos pocos kilómetros. También fue la subida que más me acabó gustando: el piso era firme y las rampas largas y tendidas, un trazado acorde con mis características. 
Parece que los peores desniveles ya han pasado y me motiva ver que me queda menos de la mitad de la etapa. Nada empequeñece tanto como la pérdida de confianza y nada engrandece más que la seguridad en uno mismo. 
Quedaba pasar por la senda del monolito en Nalda, un tramo descendente, pedregoso, estrecho y divertido que seguro que disfrutaron aquellos que son más técnicos y que tienen más bemoles. 
Quise animarme en algún momento con la bajada pero estuve a punto de darme de bruces un par de veces. Cuando quería intentar soltarme no tuve mucho éxito aunque creo que mi actitud fue bastante digna. La eterna realidad es que no lucho contra nadie, sino que me rebelo contra mis propias debilidades. 
Acabé el tramo complicado y me avituallé antes de encarar un largo tramo favorable de llanuras y viñedos interminables antes de dar paso al sube baja final de siempre. 




A falta de cinco kilómetros, me apeé de la bicicleta, me quité el cortavientos (hacía bastante calor) y llamé a mis compañeros para que estuvieran preparados y me hicieran una foto y/o un vídeo en la llegada. En menos de 10 minutos estoy ahí, les digo. Que tengan que esperarte tiene estas cosas. 
La sensación de vivir un momento personal importante me empujó tanto como las ganas de adelantar a alguien en los metros finales. Hubiera alcanzado a algún corredor de no ser porque la gran mayoría ya estaba de vuelta a casa tras haberse impregnado de la fragancia que dejan las nubes del Olimpo riojano. 
Fue glorioso, espectacular, hermoso, increíble. Yo corrí, yo lo viví y jamás podré olvidarlo. 




miércoles, 20 de mayo de 2015

La Rioja Bike Race 2015 (Etapa 2)

Cuando me desperté, mi estado anímico rondaba entre el sueño y la tristeza. Puede añadírsele algún tipo de disgusto primario, quizá infantil. De tanto en cuanto, los niños hacen huelgas de brazos caídos, de muecas apagadas. En ocasiones los niños deciden no pasárselo bien y entonces es cuando lo pasan francamente mal. 
Me dolían casi todas la partes del cuerpo aunque el día antes puse especial atención en ponerme cremas frías, comer y beber recuperadores y tomarme un antiinflamatorio antes de acostarme. 
Estaba literalmente destrozado y con ganas de nada. Incluso llegué a pensar en no presentarme en la salida. Se puede andar mal de inspiración o de talento pero la falta de pasión resulta imperdonable. Morder es el mínimo requisito para quien se mide a un adversario superior, que son casi todos, o a un recorrido demoniaco, que los hay a patadas. 
El problema era únicamente mío. No hay buenas ideas sin buenas piernas ni se puede exigir demasiado valor a quien le escasea el aliento. 
Para colmo, se disputaba la etapa reina y tocaba recorrer casi ochenta y tres kilómetros con un desnivel positivo acumulado de dos mil tres cientos metros. 



Según mis cálculos, si ayer estuve casi cuatro horas y media encima de la bicicleta, hoy podría irme hasta las siete. 
La meteorología parecía algo mejor que la de ayer pero decidí ponerme un cortavientos encima del maillot y me llevé la mochila para guardarlo por si pasaba calor.  
El orden de salida de la etapa se estableció según la clasificación del día anterior, así que me tocaba salir de los últimos, cosa que no me desagradó en absoluto aunque tampoco cambió nada: se volvió a salir a cuchillo. Cuando quise ver si íbamos tan rápido como ayer, vi que el cuentakilómetros no funcionaba. Lo recoloqué varias veces pero seguía sin marcarme nada. O se había roto o el sensor se habría movido. El caso es que sufrí el primer contratiempo (leve, para que engañarnos) nada más empezar. 
Un llano muy largo nos llevó hasta las calles de Viguera, donde empezó una subida por rampas hormigonadas con pendientes de hasta el veinticinco por ciento. Acabada esta tachuela, llegaba el primer avituallamiento, en el que tampoco me paré, y seguidamente la calzada romana que une Viguera y Torrecilla en Cameros. Si bien nos dijeron que era un tramo bonito de hacer, también nos advirtieron que habría tapones y que se convertiría en una ratonera con tanta gente. No fallaron nuestros guías. Tardé una hora en poder recorrer siete kilómetros, la mayoría a pie, obviamente. Además, hubo algún accidentado serio que tuvo que ser evacuado. 
No recuerdo como fue pero noté que la cala de la zapatilla derecha se me torció al rato de pasar por el segundo avituallamiento. Estaba llena de barro y uno de los tornillos se había perdido. Me resultaba imposible arreglarla en ese momento y la única opción era hacer los cuarenta y cinco kilómetros restantes sin calar el pie derecho. No era un drama insalvable pero era un momento delicado. 


Además, también me di cuenta de que había perdido la barrita que tenía previsto comerme en pocos minutos. Estaba siendo golpeado por el fuego de morteros. Así ataca de vez en cuando el infortunio, con artillería ligera. 
La verdad es que al principio se me cayó la casa encima. A veces ocurre. Y para que suceda no es necesario saltar sobre el tejado. De pronto, el techo se viene abajo, vaya usted a saber por qué: movimientos sísmicos, pensamientos negativos o simplemente por el aterrizaje de un raquítico gorrión. 
Existe la certidumbre de que, en un mundo tan caprichoso como el que nos ha tocado conocer, sólo hay dos maneras posibles de soportar la injusticia, sea divina o humana: resignándose a sufrirla o aliándose con ella. Por eso me recomendé ponerme bailar y dejar de pensar en la muerte. Por eso en mitad de un naufragio cualquier tabla astillada puede resultar tan acogedora como un camarote con balcón. 
Dándole vueltas a la cabeza casi me olvidé de Moncalvillo. Había que trepar por el mismo muro que ayer pero por otra vertiente. Sólo deseaba dos cosas: que la subida fuera más sencilla y por pista ancha (sin calas en subidas técnicas tienes poco que hacer) y que no hiciera tanto frío. Lo primero lo conseguí aunque la ascensión se me hizo más larga. Igualmente, los repetidores de Moncanvillo seguían ahí, intuyéndose entre la niebla pero hoy sin lluvia, al menos. Cuando lo coroné llevaba ya cinco horas de carrera pedaleando sin descanso pero moviéndome como un autómata, sin sentimientos y sin pizca de fe. 
El siguiente paso era bajar por el Sendero de las Neveras, que era una bajada muy técnica y larga y que pude completar a mi ritmo, sin apearme de mi máquina y sin muchos problemas. 
De ahí a meta, casi lo mismo que el primer día pero con más tralla en el cuerpo. 



Los últimos cuatro kilómetros los hice con dos participantes más. De cachondeo, acordamos que nos jugaríamos la victoria al sprint. Les advierto que ayer ya gané uno pero que hoy voy con un pie sin calar y que esa era su ventaja. Nos reímos los tres y vamos dándonos relevos hasta el tramo final. Aguantamos el ritmo y habíamos llegado demasiado lejos como para dejar de luchar aunque en juego no hubiera nada. Cada uno contaba con una esperanza y con un plan. Cada cual tenía una bala. La que acertó fue la mía, otra vez. Llegué a meta tras más de seis horas y media de etapa y habiendo disputado otro sprint inútil. 
"Y ahí está con el dorsal 719, Iván Fernández Murillo, llegando a meta...", escuché. El speaker me había nombrado. Supongo que es una de las ventajas de llegar en el grupo de los cadáveres. 
Mis dos compañeros habían llegado mucho tiempo antes que yo, igual que el día anterior. No sufrieron ningún percance y llegaron sanos y salvos. No esperaba menos de ellos. 
Sumé cansancio al cuerpo pero sabía que la misión estaba casi concluida. En ese momento cambió mi estado de ánimo. Me vine arriba mientras iba caminando hasta el apartamento tras dejar en el pabellón la bici limpia, engrasada y ajustada para el día siguiente. Fue media hora de paseo tranquilo y con la alegría de saberme casi superviviente.  
Arreglé tranquilamente el problema de la cala e igual que ayer, los tres lo dejamos todo listo para la última pelea y nos fuimos a descansar pronto. 
Leí una vez que en las competiciones por etapas nunca debes fiarte del último día, por más sencillo que te parezca. Hay que acabar como sea, se dice siempre, y a eso se le llama tenacidad, que no es más que la certeza de que, se gane o se pierda, uno cumple con su obligación. 

martes, 19 de mayo de 2015

La Rioja Bike Race 2015 (Etapa 1)

Amaneció con frío, nubes y viento y no sé como vestirme. Esta época del año es la peor para elegir la ropa adecuada. Creo que no lloverá y que a medida que pasen las horas se abrirá el cielo y no hará tanto frío aunque ahora sople bastante viento. Optimista como nunca. 
Me visto de verano pero debajo me pongo una camiseta de manga corta. Decido que hoy no me llevaré mochila y las barritas y los geles me los guardo en los bolsillos del maillot. 
Hacemos el trayecto desde el apartamento hasta el pabellón en bicicleta y tengo algo de frío. Llegamos a la parrilla de salida y veo que la mayoría de la gente va muy abrigada. No hay vuelta atrás y sólo espero que mi previsión se cumpla. Pensándolo ahora, si los vascos iban abrigados es que hacía frío. 
Los mil cien participantes se dividen en cinco bloques para tomar la salida según la franja de edad y/o los puntos que tengan. Yo ni tengo puntos ni estoy federado. Soy un infiltrado con derecho, básicamente. A mis dos compañeros les toca salir por la primera puerta con los profesionales y a mi por la tercera. Estoy en la mitad del meollo y no me gusta un pelo. 
Se da la salida y la gente va a fuego. Arrancan como si lo fueran a prohibir y me van pasando a pilones por todos los sitios. El público nos anima y de qué manera. Tomo precauciones para no caerme o que me tiren y me aparto a un lado, aunque haya baches. En el llano se va muy rápido y aquí casi todos parecemos buenos. Desde aquí os digo que ya le podéis dar las gracias a los rebufos y a la física. Mi cuentakilómetros marca algún pico de treinta por hora a pesar de que tenemos viento en contra. De locos. 
No sé porque hay tanta prisa teniendo en cuenta que nos esperan casi sesenta y un kilómetros con algo más de mil ochocientos metros de desnivel positivo acumulado.  




En el kilómetro siete llega el primer tapón de los infinitos que habría a lo largo de los tres días. Se trata de una subida de pista un poco estrecha, con pocas piedras y menos regateras pero que no parece complicada. En estos casos, suele ocurrir que a la que uno se para o se cae, el resto no tienen más remedio que imitarlo. Y con tanta gente se forma un parón importante. 
Me sorprende ver la cantidad de averías que sufre la gente. Unos arreglan pinchazos, otros toquetean el cambio o hurgan en la cadena. Hasta los más preparados sufren percances de distinta índole. El destino, ya lo dicen, es un nido de ametralladora. La suerte, siempre la mala, no distingue entre soldados y capitanes. Caemos todos. 
La carretera picó hacia arriba desde la salida hasta el kilómetro veintiocho, más o menos. Lo que ocurrió fue que a medida que esta se inclinaba más y que los caminos se retorcían, los grupos se fueron desmenuzando y el pelotón pasó a ser un lento hormigueo monte arriba. 
Por lo que a mi respecta, iba bien de fuerzas aunque estaba medio helado. El viento seguía soplando de lo lindo a pesar de ir buena parte de la subida camuflados entre bosques. No quería irme de punto y menos aún sin conocerme el recorrido.
Viendo que sería largo, desconecté y empecé a pensar en mis cosas. La subida tampoco requería mucha atención puesto que no era dura ni complicada. 




Obvíe el primer avituallamiento porque tenía comida y bebida de sobra pero empecé a tener mucho frío. Había que ascender hasta Moncalvillo (1495m) y luego el resto de la carrera era picando hacia abajo. Quedaban aún cinco kilómetros de una subida que se hizo larga y empezó a llover. 
Si el fin del mundo existe, se parece mucho a lo que vi allí arriba. Niebla baja y espesa, lluvia fina, viento gélido, nubes negras y gente dándole a los pedales. Una especie de Mordor a la riojana. Dejé de sentirme los dedos de las manos, se me heló la cara y las piernas y los brazos me pinchaban. Pasé un rato muy malo y un frío terrible y en ese momento tenía que afrontar una bajada técnica sin tacto en los dedos.
A medida que íbamos bajando, la temperatura subía y también volvían a aparecer los tapones. Encaramos un tramo que hubiera sido muy divertido de haberlo hecho entre cuatro amigos. Sendero estrecho con algunas piedras y raíces y flanqueado por una acequia y una alambrada. Mi misión aquí era no caerme hacia ninguno de los dos lados, está claro. Lo cierto es que era más complicado pedalear que caerme porque con tanto tráfico era imposible rodar más de veinte metros seguidos. 
En el segundo avituallamiento sí que me paré para llenar reservas. Al retomar la marcha, se empezaba un descenso por pista ancha con piedra suelta. Embalarte era sencillo y temerario. Lo hice sin querer y casi me cuesta la carrera. Arriesgar sin creer mínimamente en tus opciones es tan peligroso como afeitarse con una katana. Disfrutas del apurado hasta que aparece el primer punto de sangre. Ahí es cuando se plantea la encrucijada: aterrarse o disfrutar del lunar rojo. Y a mi, sinceramente, no me gusta el rojo. 
Por suerte, salvé una caída seria y aún no sé como. Solté los pies, frené con los dientes y creo que hasta cerré los ojos. Los milagros existen y los insensatos también. 
Siguió un llano largo de los que a mi me gustan y enlazamos con el tramo final que luego resultó ser común en las tres etapas. Un sube baja constante por pista a ratos ancha y a ratos más técnica, seguido de unos cinco últimos kilómetros muy favorables. 
En una de esas bajadas, sufrí el primer percance serio y me caí en un zarzal. Me magullé las piernas y la bicicleta se vino conmigo. Chapa y pintura, que dicen los profesionales. 




En ocasiones, no muchas, la furia es la respuesta y el choque es el efecto. Mejor será morir con vendas que vivir sin gloria, dicho sea metafóricamente. 
El decorado de vallas y carteles anunciaba la inminencia de la pancarta final, una especie de Ítaca con azafatas invisibles pero con muchos voluntarios entregados a la causa. 
Al final, conseguí resistir las embestidas de un recorrido que me resultó muy fatigoso y pude cruzar la meta ganando un sprint insignificante a dos corredores más. 
Comí, me duché, me cuidé tanto como supe y me puse a pensar mientras intentaba dormir. Un día menos. Una cana más. 

lunes, 18 de mayo de 2015

La Rioja Bike Race 2015 (Prólogo)

Suponía el mayor reto deportivo que he afrontado nunca. Consistía en recorrer en bicicleta de montaña un total de 210 kilómetros y 6100 metros de desnivel positivo acumulado repartidos en tres etapas sin descanso, de viernes a domingo. 
La verdad es que tenía mis dudas sobre si sería capaz de acabar la competición. No entreno específicamente la materia y, a pesar de que me gusta bastante y de que físicamente estoy en una condición buena, reconozco que no es lo mío. 
Mi perfil es claramente rodador, con condiciones normales para llanear, más flojas para subir y muy malas para bajar. Podría decir que me defiendo como puedo a pesar de mis limitaciones, que son bastantes. 
Poco amante de los recorridos muy técnicos, piquen para donde piquen, intuía que por La Rioja me encontraría de todo cada día y me daba cierto pavor el hecho de pensarlo.  
Así pues, mi única idea era aplicarme en la tarea con el entusiasmo de quien tiene un objetivo concreto (acabar la carrera) y la ambición de vencer a un perfil, a priori, bastante inabordable. 
Nos íbamos a Logroño un servidor y dos compañeros de fatigas, quienes dominan mucho más que yo el tema de las carreras. 



Siendo poco amigo de las improvisaciones, lo llevaba todo preparado, sobretodo en lo que respecta a las comidas. No tenía intención de hacer algún invento de última hora que pudiera removerme el estómago, así que me llevé hasta el desayuno de casa para evitar sustos. 




Tras un viaje que se nos hizo bastante largo, llegamos al punto de reunión cuando hacía sólo media hora que habían abierto sus puertas. La temperatura era bastante más fría que la de casa, del orden de unos 14 grados menos. 
Enseguida vemos que todo está perfectamente organizado y que se ofrecen múltiples servicios a los participantes (fisioterapia, aparcamiento cerrado y vigilado de bicicletas, restaurante, lavado, asistencia médica, guardarropa...). Recogemos los dorsales y nos vamos al apartamento a preparar las cosas para la primera batalla, a cenar y a descansar todo lo que se pueda. 
Hoy estamos frescos, risueños y con ganas de empezar. A las diez y poco de la noche estamos todos metidos en la cama. No tengo ninguna molestia y mi cabeza quiere correr. Creo que estoy preparado.   



lunes, 6 de abril de 2015

XXIV Marxa Popular Vall-Llobrega

Una semana después de los cien kilómetros de la Extreme Gavarres en BTT, volvía a correr en la Marxa Popular de Vall-Llobrega. 
Fue la primera carrera de montaña a la que fui el año pasado y como la conjunción de recorrido, precio, proximidad (a cinco minutos de casa en coche) y organización, entonces fue óptima, decidí que repetiría y así fue. 
Igual que antaño, me decanté por el recorrido largo aunque esta vez pasaba de dieciséis a veintiún kilómetros, lo que me llevaría aproximadamente a correr media hora más. 




Esta vez me notaba mejor preparado pero el haber disputado siete días antes una carrera de siete horas en bicicleta, hacía que no estuviera lo suficientemente descansado. 
Como todo esto ya lo sabía, no me fustigué mucho y lo afronté con toda la calma del mundo, sólo con el objetivo de conocer nuevos caminos útiles en un futuro y de mejorar mentalmente. 
Lo duro, como imaginaba, fue al principio. Los nueve primeros kilómetros, exceptuando un par de bajadas realmente técnicas, picaban hacia arriba. Por ahí vagaba, entre zancadas largas y lentas que me permitieran desgastarme lo mínimo posible mientras enfilaba auténticas paredes repletas de raíces y piedras sueltas. 
A pesar de mi continuo afán por dosificarme, creo que a lo largo de esa primera hora de carrera se escurrieron las pocas fuerzas con las que me presentaba en la salida. Sin duda fue lo que me dejo más tocado. He aprendido a resistir en base a gastar lentamente. Nunca podré ganar nada pero siempre consigo llegar a todas las metas. Es mi pequeño gran mérito. 
Con el depósito en reserva a pesar de avituallarme constantemente, sabía que encaraba un tramo cómodo que podría permitir recuperarme. Estaba solo. Nada por delante y nada por detrás. Ni huyendo ni persiguiendo. Había que tirar con lo que había y acortar con la cabeza lo que no se pudiera con las piernas. Y no caer en el vacío. La mente está llena de curvas sin señalizar. 
Tocaba siesta, pereza o dosificar esfuerzos. Desliz o virtud. Podría elegir la excusa para escribir la historia pero no tuve tiempo de pensarlo mucho. Apenas cuatro kilómetros duró el descanso antes de volver a afrontar de nuevo muros de postín que durarían otros cuatro kilómetros más. 
Llegué al techo del día como buenamente pude y sólo me quedaba bajar, ya cansado y con poco ímpetu. Las zancadas eran torpes y los reflejos sosegados. Cuando correr deja de ser rentable se corre cada vez menos. Y se pierde el ritmo y se extravía la fe. 
Tras veintiún kilómetros y ochocientos cincuenta metros de desnivel positivo, paré el cronómetro. Aunque fue un tiempo peor del que creo que podría haber hecho, pude aguantar mentalmente en lo que dos horas antes pintaba que sería un mal día en la oficina. 
La conclusión fundamental es que no somos mejores con el paso de los años. Somos más lentos. A eso hay quien lo llama madurez y, en algunos casos, sabiduría. La lentitud se confunde fácilmente con la reflexión. Por eso a veces los relojes no valen la pena. 

lunes, 30 de marzo de 2015

Extreme Gavarres BTT (100kms)

Fue duro, intenso y peleado hasta que ya no hubo nada por lo que pelear. Casi siete horas pedaleando y acumulando caminos, cuestas y pensamientos hasta completar los cien kilómetros en los que consistía la prueba. Una mañana, un trozo de mediodía y parte de un domingo entero recorriendo senderos encima de una bicicleta. 
El despertador estaba preparado para sonar a las siete, que hubieran sido las seis de haber sido un día antes, pero no hizo falta porque llevaba despierto desde las cinco de la mañana. Los nervios cortan más que las espadas.       
La salida de la carrera se daba a escasos cuatro kilómetros de casa, en el polideportivo del pueblo, así que a pesar del frío que hacía a esa hora, fui directamente en bicicleta. Desde ese pabellón arrancaba un trayecto montañoso sin desperdicio, rompepiernas y curaojos, perfil tremendamente exigente rodeado de algunas estampas de postal. 




Esta vez no iba solo. Al menos al principio me acompañaban dos expertos en el tema aunque sabía que no tardarían en irse. 



De hecho, el primero se fue nada más empezar y el segundo aguantó hasta casi tocar la segunda hora. Luego cada cual inició su camino. Hasta entonces iba cómodo y tranquilo, justo como tenía pensado. No estaba cansado y me animó verme bastante entero tras haber completado la que decían que era la parte más dura. Así pues, reforcé mis ilusiones en la misma medida que se debilitaban: iba todo demasiado bien pero también era demasiado pronto.
En cuanto se alteró el mundo perfecto, yo empecé a construir el mío, bastante más real y doloroso. De ese modo, proseguí con un ritmo que hasta entonces era bastante decente para lo que había calculado. 
Hasta la cuarta de hora de carrera logré mantenerme físicamente bien con la excepción del típico dolor de piernas que imagino que deben sentir hasta los que llegan primero. Tampoco me estaba aburriendo y la carrera me estaba pareciendo bastante entretenida, así que la cabeza también me tiraba. Estaba siendo un buen día, incluso mejor de lo esperado. 
Fue al cruzar el río cuando se giraron las tornas. Empezaron a encadenarse rampas serias y empecé a notar que las piernas no respondían con la vivacidad con la que lo habían hecho hasta el momento. Quedaban cuarenta kilómetros y sabía que entraba en una zona de repechos interminables, de cuestas de esas que se suben más rápido caminando hacia atrás. Empezó a nublarse la mente y de qué manera. Supongo que las pesadillas tienen argumentos mucho peores. 
No lo recuerdo con exactitud pero estuve cerca de dos horas para recorrer unos teóricos quince kilómetros, que luego resultaron ser dieciocho. Las piernas me iban amagando con calambres por primera vez desde que monto en bicicleta. Nunca antes había tenido esa sensación y es bastante angustiosa. Paré a estirar varias veces y pude continuar aunque el dolor de espalda también empezaba a ser importante. Incluso las manos, que no me acordaba que las tenía, me dolían de coger con fuerza el manillar para impulsar la bicicleta en las subidas. 




Sabía donde estaba el punto en el que acababa esta dichosa sucesión de rampas pero no llegaba nunca. No veía a nadie por detrás ni tampoco por delante. Físicamente empecé a bajar enteros estrepitosamente. Además, la bicicleta estaba bastante tocada. Los frenos se desajustaron, la cadena se desengrasó y el barro estaba adherido por todas partes. El soniquete de la cadena seca al engranar en los piñones me acompañó en todo momento e hizo temerme lo peor durante mucho tiempo. Si se rompía, adiós.  
Pero como ocurre casi siempre, en la mente está el todo. La gracia está en inventarse las fuerzas cuando languidecen y fabricarse el terreno cuando falta. Y no rendirse jamás. Si algo distingue a un luchador es su capacidad para llevar la contraria al sentido común y para alterar las fuerzas del destino. Así se construyen las gestas personales que acostumbran a darle sentido a la vida de cada uno. De repente, te empecinas en saltar un muro invisible e inicias una aventura en la que te expones a todo. Muchas leyendas están escritas con esas intentonas fracasadas. El prodigio es hacer que tiemble el mundo que crees que te rodea, provocar esa marea imaginaria que propaga la hazaña entre los que te observan y entre los que no te han visto nunca. 
Cuando por fin llegué al maldito kilómetro setenta y ocho, me llevé la gran sorpresa de ver a mi novia con su familia y mi ánimo dio un vuelco considerable. Lo que ocurrió a partir de ahí fue la constatación de porque existe el optimista y el pesimista, el reflejo de dos realidades y dos estados de ánimo, el de las dos horas anteriores y el que nacía en ese instante. Uno que mira hacia delante y otro que mira hacia atrás. Y lo que eso implica: entender el deporte como diversión o como tortura, como juego o como obligación.  



Aún me quedaba un trecho pero en menos de dos horas habría acabado si no pasaba nada raro. Además, los últimos cinco kilómetros eran picando hacia abajo, así que sólo me quedaba restar y esta vez lo hice sin equivocarme.   
En situaciones así, sientes una felicidad y un alivio tremendos cuando logras atisbar la línea de llegada. De repente, todo encaja. De pronto, ya no recuerdas qué demonios iba mal. 
No pudo ser más hermoso ni más dramático. Más roto que nunca pero tan vivo como siempre.