miércoles, 21 de enero de 2015

Una etapa a punto de cerrarse

Fue hace unos cuatro años cuando me decidí a volver a estudiar una carrera. Diré que fue el típico propósito de año nuevo aunque no lo recuerdo muy bien. Tardé un buen tiempo en dar el paso definitivo pero en septiembre del año 2011, y tras muchas dudas y otros tantos pensamientos, me matriculé en el segundo ciclo de Ingeniería en Organización Industrial en su modalidad semipresencial, ya que trabajando me era imposible asistir a clase regularmente. Serían dos cursos dedicados a tiempo completo y algo más para los que trabajamos. En mi caso, particularmente, tres años y medio... hasta hoy.  
Quise tomármelo como un pasatiempo más a los que ya acumulaba pero reconozco que llegó a convertirse en una obligación porque sabía que crecería con lo que leería, aprendería y escribiría. Estaba seguro que todo el esfuerzo que empleara a diario me serviría, en definitiva. No me equivocaba. 
Sabía que estudiar y trabajar a la vez podía resultar agotador, mental y físicamente. Ya lo hice durante seis meses pero eso fue hace bastante tiempo. Era consciente de que debía encontrar el término medio, la medida exacta. El cansancio nubla la mente y el entusiasmo dura bastante menos que el talento. Es el problema de cantar y bailar a la vez. Si bailas bien, jadeas. Si cantas bien, eres un poste. 
Me he aplicado tanto como he sabido. Desde un buen principio reorganicé lo suficiente todo lo que tocaba y me rodeaba como para sacar tiempo de donde no lo hubiera para no descuidar ni un solo quehacer. Lo mejor de todo es que creo que lo he conseguido casi siempre. Y si me he dejado algo no ha sido por falta de ganas. Me he ido reinventando, cambiando a ratos y a pedazos. Teñirse el carácter es más sencillo que pintarse el talento.  
He tenido que ser ser ordenado, metódico, cuidadoso. La perfección exige memoria antes que voluntad. La primera dificultad siempre es acordarse de lo que toca y la siguiente es llevarlo a cabo. Y así ha sido. 
Mi inteligencia es sencilla y limitada y mi ignorancia abarca una superficie incalculable. Por ahí sé que no puedo llegar al final pero perseverando mucho consigo acercarme siempre. He ido forjando una constancia y un empeño que me han permitido alcanzar ciertas cotas, todas con su distinta historia. He creado una enorme fuerza de voluntad que quiero que se muera conmigo. Es mi seña de identidad, mi mejor cualidad: no rendirme nunca. 
Tal vez no sea más que la resistencia a cambiar de estilo, una tremenda obstinación por morir haciendo versos, uno tras otro y sin descanso. A lo mejor podría cambiar el modus operandi y fiarme más de lo que conozco, de lo que sé, de mi incierto cociente intelectual. Es cierto. Sucede que no sé hacerlo de otra manera. 
De aquí a ocho días tengo que dar el último paso, el definitivo: presentar el proyecto de final de carrera frente a un tribunal evaluador. Todo el trabajo está hecho pero falta el toque final, lo que le da la gracia y te corona o te hunde. Una etapa de mi vida está a punto de cerrarse. El clavo está puesto y sólo falta saber con qué lo golpearé, si con un martillo pilón o con una pluma de ganso. 

viernes, 26 de diciembre de 2014

Resumen del año 2014

Lo que pasó fue fantástico y lo que viene podría serlo más. La felicidad es eso también en el deporte. Disfrutar del presente y del futuro que se acerca. Vivir en la antesala de cualquier entrenamiento y al día siguiente despertarse igual. Por eso en el final de las carreras se capturan, rendidos y desarmados, a los que somos aprendices de resistentes, de deportistas sin reparo. También por eso, a sabiendas de que llegar el primero es prácticamente imposible, presentarse en la salida ya es casi como haber ganado. 

Colecciono retos como si fueran dedales y soy consciente de que existe el riesgo de que agote las metáforas, los elogios y los superlativos; de que la emoción por concluir la próxima intentona parezca ya impostada. No caeré, al menos de momento, en esa trampa y cada reto tendrá su propia historia.  

XIII Duatló Ciutat de Vic

El primer duatlón de mi historia. Iba sin presión, ni propia ni ajena, y algo corto de preparación, sobretodo para concatenar esfuerzos. La consecuencia es que salí temeroso y la primera bala me rozó a los pocos minutos de iniciar la marcha. Poco después la segunda. El miedo corta más que las espadas. Acabé con una sensación ambigua: conforme con el trabajo bien hecho pero creyendo que pude haber luchado más. 




Marxa Popular de Vall-Llobrega

La primera carrera de montaña de mi vida: 16 kilómetros por caminos, pedregales, rampas empinadas, senderos y árboles carbonizados. Me sirvió mucho para aprender mentalmente. Si bien se trataba de una marcha popular, se me hizo muy dura y pasé momentos complicados. Lo que más trasciende de ese día es haber superado problemas y podido voltear situaciones adversas, reponerse, crecer, imponerse. Por el mundo hay gente así, que llega a esbozar sonrisas con las películas de miedo. 

XX Media Maratón Ciutat de Girona

Antaño me hubiera parecido imposible plantearme intentar correr más de media hora seguida sin pararme a descansar o a robar oxígeno. Aquí me enfrentaba a casi un par de ellas según mis cálculos. Fui demasiado valiente y corrí mal. Pude acabar la carrera pero no la planteé bien y la satisfacción comedida de las horas posteriores se convirtió en un cabreo que me duró varios días y que me hizo reflexionar mucho sobre lo que hice. Ahora cualquier análisis es ventajista, lo sé, y llenarlo todo de sangre sería muy tentador. Lo evitaré y no por ser elegante, sino porque ya no hay sitio junto a la camilla. Ya no cuenta, ni sirve, ni alivia. Ya no hay premio, sin embargo todavía queda algo de redención.  




I Marxa Cicloturista Palamós - Costa Brava

Pedaleé tres horas y media junto a gente que está harta de ir en bicicleta y que presuponía de un nivel infinitamente superior y con muchas más tablas. Yo hacía año y medio que me subía por primera vez en mi vida a una bicicleta de carretera y afronté con mucho respeto el reto de completar una distancia que hasta entonces sólo había visto por la televisión. Me incrusté en un pelotón de unas 10 unidades que me llevó al límite durante casi todo el tiempo. Lo asombroso es que, pese a descolgarme varias veces, nunca me caí del todo, jamás perdí al grupo de vista. Sufría como un galeote pero de repente remontaba gallardamente. Incluso en los últimos kilómetros me permití la desfachatez de asomar la nariz como si nada hubiera pasado, como si mi cuerpo tuviera varios dueños. Dicen que tener clase es eso: salvar el tipo y salvar la estética. 




III Triatlón Sprint Open Popular de Banyoles

Ante la inminencia de un desastre, no queremos ver, como si no viendo fuéramos capaces de conjurar el peligro, como si así pudiéramos sumergirnos en un sueño que nos permitiera despertar a salvo en otra parte. Por esa misma razón nos cubrimos con una sábana cada vez que intuimos la presencia de un asesino dentro del armario. No es muy lógico, pero a veces funciona. Sé que la paradoja no precisa de un libro de instrucciones. Diré que tuve mucha suerte porque lo malo me sucedió justo al principio y pude salvar el día. Me rezagué muy pronto y tocó encender la moto. Pasé de resignado a satisfecho en lo que dura un partido de fútbol. Bipolar en toda regla. Por eso hay personas que carecemos de gestos intermedios y oscilamos sin transición entre la sonrisa bobalicona y el ceño fruncido. Al final, muy al final, siempre vence la risa. 




SKODA Triathlon Series 2014 Tarragona

No hay novias más guapas que las que uno deja por el camino. Por eso suena tan bien aquello de ajustar cuentas. Fue la confirmación de un cambio, del sentido de un trabajo concienzudo y silencioso. Hay lámparas que hay que frotar durante un buen rato antes de que salga el genio. El tiempo, además, suele correr en favor del más fuerte; el talento, por poco que sea, ayuda a que se inclinen las balanzas. La combinación de ambos factores resulta infalible.




XXXVI Cursa del Carrer Nou de Girona

Seguramente fue la carrera en la que más satisfecho he acabado. Nada indicaba que pudiera hacer un buen papel y al final pude superarme holgadamente. Eso es tanto como hacer que las agujas de un reloj caminen al revés. Tanto como no rendirse. Las apariencias engañan casi tanto como los gestos. 




XI Marxa dels Traginers de Palamós

Fue un día largo en la oficina. Segunda carrera de montaña y más dura y más complicada que la primera. Mentalmente creo que estuve correcto. No me cebé pero tampoco me dormí. Supe gestionar mis fuerzas y psicológicamente acabé muy entero. He ido aprendiendo que la tranquilidad nunca es completa. 




XVII Marxa dels 20 kilòmetres de Platja d'Aro 

Esta es la carrera de la efeméride porque mi historia empezó aquí hace un año. Si por entonces hice una locura, ahora estaba más seguro de lo que tramaba. Regulé mucho en todo momento y me impuse un ritmo soportable. Acabé muy satisfecho y físicamente bien, tanto que podría haber bailado tras cruzar la meta. No obstante, nadie baila para celebrar que el semáforo se pone en verde. Se baila por lo extraordinario, en las bodas o en los Mundiales, se baila ante el poderoso (si hay valor), se baila para aparearse (si hay con quien) y se baila en Fama. Otros bailes no proceden. Ni siquiera el más telúrico y sicalíptico imaginable. 




V Marxa Popular de l'Ardenya (10km)

La oportunidad perdida. Fui bien durante la primera mitad del recorrido y tuve opciones de hacer mi mejor resultado de siempre pero cometí un error garrafal y me perdí cuando iba en tercera posición. Acorté camino sin quererlo y la posibilidad de entrar entre los primeros la arrojé por el sumidero y, con razón, quedé debidamente descalificado. 





Me he ido reinventando, que es algo que requiere mucho tiempo y que es bastante laborioso. Quien lo probó lo sabe. También me siento satisfecho por lo conseguido y por lo que puede venir. De hecho, la felicidad es un estado ideal e improductivo: nadie escribe un buen poema empachado de satisfacción ni ningún dichoso ataca tres vallas sin derribar alguna.

Aquí se cierra el año que acaba porque nacerá otro en poco menos de una semana. Seguiremos trasegando e intentando mejorar en cada largo, en cada zancada, en cada puerto. Y es que he descubierto que soy incapaz de aburrirme porque siempre encuentro algo que me empuja a seguir. Una pequeña motivación, un simple detalle o un bonito recuerdo. Para los que somos así, en el cielo está el límite.





miércoles, 24 de diciembre de 2014

Estadísticas del año 2014

Ahí van unos cuantos números. 

Natación 

- Tiempo total en el 2014: 87h.  

- Distancia recorrida en el 2014: 248km. 

- Entreno más largo: 1h 10' (3.000 metros, 120 piscinas). 

- Mayor distancia recorrida en una semana: 10.000 metros (400 piscinas). 

- Velocidad media más rápida: 3km/h. 

- Distancia media recorrida a la semana: 5.000 metros (200 piscinas).

- Tiempo medio de natación a la semana: 1h 45'.

Bicicleta de montaña 

- Tiempo total en el 2014: 123h. 

- Distancia recorrida en el 2014: 2.760km.

- Entreno más largo: 4h 30' (100km). 

- Mayor distancia recorrida en una semana: 115kms. 

- Velocidad media más rápida: 26,3km/h.

- Distancia media recorrida a la semana: 45km.

- Tiempo medio de bicicleta de montaña a la semana: 2h 30'.

Bicicleta de carretera  

- Tiempo total en el 2014: 133h. 

- Distancia recorrida en el 2014: 2.990km.

- Entreno más largo: 5h 48' (136,3km). 

- Mayor distancia recorrida en una semana: 253kms. 

- Velocidad media más rápida: 36,9km/h.

- Distancia media recorrida a la semana: 70km.

- Tiempo medio de bicicleta de carretera a la semana: 2h 45'.

Carrera a pie

- Tiempo total en el 2014: 131h. 

- Distancia recorrida en el 2014: 1.450km.

- Entreno más largo: 2h 7' (21,1km). 

Mayor distancia recorrida en una semana: 51kms. 

- Velocidad media más rápida: 13,6km/h.

- Distancia media recorrida a la semana: 29km. 

- Tiempo medio de carrera a pie a la semana: 2h 30'. 

Total

- Semana con más horas de entrenamiento: 16h 34'.

- Horas de entrenamiento en el año 2014: 474h. 

- Tiempo medio de entrenamiento a la semana: 9h 30'. 






sábado, 6 de diciembre de 2014

V Marxa Popular de l'Ardenya (10km)

En el cajón de salida de las carreras suelo mirar a mi alrededor. He aprendido que empaparme de lo que se habla en las prolegómenos puede resultarme bastante útil. Intento percibir el nivel de los que tengo más cerca y me gusta escuchar las conversaciones, sobretodo si hablan del ritmo que pretenden llevar o si comentan cosas concretas de partes del circuito como la longitud de una subida o el estado de una trialera.  
Al disputarse cuatro carreras el mismo día y al haberme apuntado a la más corta y sencilla, imaginé que la gente más experta en estas lides llevaba ya un buen rato disfrutando y/o sufriendo por los interminables toboganes de l'Ardenya. Mientrastanto, yo justo acababa de hacer un buen calentamiento para apaciguar el suave fresco que hacía. Así pues, y echando un vistazo rápido a lo que se movía cerca de mí, lo cierto es que no se notaba mucho ambiente competitivo para la disputa de la carrera de diez kilómetros. 
Tanto es así que nadie quería ponerse en la primera línea donde sólo unos pocos estábamos ubicados, justo debajo del arco de salida. Sabiendo que mi sitio no estaba ahí, hice ademán de retroceder unos metros pero ya era demasiado tarde: sonaron las cornetas y tocó picar espuelas. 
Visto el panorama, salí casi de los primeros sin quererlo y pronto vi que la carrera tenía mucho de popular: no había pasado ni un kilómetro y, sorprendentemente, estaba entre los diez primeros. La marcha no era trepidante, como es de imaginar, y los tres primeros kilómetros los hice en doce minutos pelados. Además, iba escalando puestos lentamente y sin apenas esfuerzo. 
Así, y casi sin darme cuenta, había completado la parte más sencilla de la prueba y me encontraba en tercera posición. El segundo clasificado lo tenía a la vista aunque algo lejos y por detrás escuchaba muy de cerca a la manada pisar las hojas secas que cubrían cada metro del terreno que recorríamos. Todos callados y formando una rigurosa fila india. Cada ego tenía su parcela y no invadía la del otro.  
Llegué al primer repecho importante del día y conseguí distanciar a los que me rezagaban sin fatigarme ni cambiar la intensidad de mi marcha. Afronté la pendiente como si se tratara de un entrenamiento más, de una subida cualquiera. Miré de soslayo un par de veces y no vi a nadie. Iba tercero. Todo estaba saliendo demasiado bien. 
En este punto, quien sabe si por la emoción o por la inconsciencia, empecé a creerme que podía hacer un buen resultado, el mejor de mi corta historia deportiva. Si me aguantaba el físico y no perdía de vista al segundo, podría apretar al final y cogerlo. Si seguía a este ritmo y teniendo en cuenta que no venía nadie por detrás, podría incluso hacer podio. Si me adelantaba alguien, no pasaba nada porque a lo mejor podría seguir quedando entre los cinco primeros. O quizá entre los diez. Sería un buen puesto, fuese el que fuese. Quedaba la parte más dura pero los que tuvieran que cogerme tendrían que recuperar mucho terreno. Hice tantas cábalas y pensé en tantas combinaciones que no me hizo falta cantar mentalmente como otras veces de lo entretenido que estaba. Estuve fantaseando como hacía tiempo que no me sucedía. Volver a casa triunfante es uno de esos placeres que el destino reserva sólo a los más afortunados y a lo mejor, por fin, había llegado mi día tras tantos esfuerzos. 
Pero tras la virtud llegó el pecado. Imagino que le di tantas vueltas y que me revolqué tanto en mi jardín, que me abstuve por completo de todo lo demás y me perdí. Entre flechas blancas esbozadas en la tierra, puntos azules marcados en árboles y piedras y cintas rojiblancas enganchadas en las ramas, llegué al avituallamiento y me advirtieron que iba al revés. También me dijeron que iba el primero y que no había pasado aún nadie por allí. 
Ahí se enterraron todas mis esperanzas. Me había equivocado de camino y había atajado sin quererlo. No supe cuanto pero estaba claro que el trecho era importante porque miré hacia atrás muchas veces y no había ni rastro de nadie más. Tampoco me paré a pensarlo y seguí dando inútiles zancadas. Me quedaban unos kilómetros de castigo por mi despiste. Un castigo más que merecido, pensándolo bien. Mis buenos propósitos y mi esfuerzo dejaron de tener sentido. 
Aflojé el ritmo inconscientemente por el hundimiento anímico que me supuso verme fuera habiendo estado tan adentro. Al cabo de pocos minutos se me juntó un grupo de cuatro integrantes. Los dejé pasar y los estuve observando durante un rato. Ninguno de ellos era alguno de los dos primeros clasificados. No me sonaba su vestimenta y el ritmo que llevaban era del montón, como el mío. Tras recorrer unos metros les pregunté si se habían perdido. Me respondieron que quizás sí pero que ya daba igual, que estaban a punto de llegar. Incluso hablaron entre ellos para disputarse la carrera en la recta de meta. Llegué detrás de ellos y paré el reloj. Marqué un tiempo de cuarenta y cuatro minutos y treinta segundos. Ocho kilómetros con setecientos sesenta metros. Me faltaba un kilómetro y medio, más o menos. Ya me cuadraba todo. 
Me dirigí a la mesa de cronometraje y les expliqué lo que había pasado. A grandes rasgos, les dije que me había confundido y que había hecho trampa sin quererlo. Me dieron las gracias por decirles la verdad y también me felicitaron irónicamente porque me había saltado la parte más dura del circuito y porque me equivoqué para bien: al menos no corrí más kilómetros de los que tocaban. 
Mientras me lamentaba amargamente por mi error, empezaron a llegar, ahora ya sí, los primeros clasificados, alcanzando tiempos lógicos para la distancia que se recorría. El hormigueo de corredores era interminable en una de las carreras más famosas, con mejor recorrido y mejor organizadas de todas las que se disputan por la zona. 
Gestionar el estrés es tan importante como gestionar el cansancio y no supe hacerlo bien el día que mejor iba todo. En la clasificación no hay ni rastro de mí. Descalificado, obviamente. Lo cierto es que me lo merezco y me atribuyo todas las culpas. Siempre digo que perdiendo se aprenden muchas más cosas que ganando. 
Así acabó y así me fui, sabiendo que por un error que nunca pensé que cometería, no he podido hacer la mejor clasificación de mi vida en la que tal vez sea la última carrera del año. Con un sentimiento mucho más triste que el de perder. Con la terrible sensación de que me he quedado sin la mitad del invierno, con lo que a mi me gusta. Y acaba de empezar.  

domingo, 16 de noviembre de 2014

XXVII Marxa dels 20 kms de Platja d'Aro

Me hacía ilusión repetir en esta carrera y por eso tenía guardada la fecha desde hacía mucho tiempo. De hecho, mi modesta incursión en el mundo de las carreras populares fue gracias a esta marcha. La orden de salida se da a escasos tres minutos caminando desde casa y eso ayuda.  


Pensando un poco, hace un año que empezó esta historia atisbadamente seria. Supongo que lo hice por probar y porque, por lo general, nos gustan las cosas nuevas. Como sociedad, como aficionados o como curiosos. Cada novedad es una esperanza de algo mejor, no importa que lo anterior ya fuera bueno, estupendo o magnifico. El impulso es puramente humano. Nos gusta cambiar, quizá, porque nos gusta añorar. 
El circuito era idéntico al de antaño, buena temperatura y el humilde aliciente de empezar y acabar corriendo, sin que sobraran kilómetros o desgana. 
La salida no me parece rápida y los que guían a la manada no están muy lejos. Da igual, la verdad. Normalmente, basta con alzar levemente la mirada para intuir quien va a llegar un mundo antes que tú, quien va a hacer que tu ritmo, tu marca o tu cansancio sea irrisorio. Son las ventajas de sintonizar una frecuencia distinta al mundo convencional, de llevar otros sombreros. Mientras ellos se visten de superhéroe, el resto de la gente todavía es incapaz de recordar su nombre y apellidos. 
Siendo consciente de que la parte más dura está entre los primeros cinco kilómetros, le advierto a mi hermano que hay que tomárselos a ritmo y con relativa calma para poder culminarlos a un ritmo que no nos lastre. Los siguientes cinco son los más rápidos que vamos a hacer debido a que hay un tramo descendente muy largo y apretamos los dientes. Llegamos a la mitad y vamos bien. Sé que en los siguientes cinco kilómetros hay un tramo de quinientos metros severos que tenemos que librar como mejor sepamos. Lo conseguimos finamente. Nos faltan los últimos casi seis y es el tramo que se me atragantó el año pasado: un sube baja con escaleras y un tramo de playa. 


Vamos hablando para que se nos haga más ameno. Entre los dolores de uno y de otro, músculos a punto de subir y ánimos a punto de bajar, estamos llegando al destino. Se nos hace pesado pero lo logramos. Es la primera vez que él corre veinte kilómetros. Lo recordará siempre, como yo, que he mejorado mi tiempo en la distancia y que sigo disfrutando al atarme las zapatillas, al darle pedales a cualquiera de mis dos bicicletas o al ponerme el bañador y el gorro. Las ganas y el trabajo.    
Es posible que mis ilusiones estén engordando demasiado para morir cualquier tarde, pero creo honestamente que tengo que agradecerme el empeño. Los que se ven obligados a batallar en contra de su voluntad se abandonan a la primera dificultad para tener razón, para demostrar que no estaban en condiciones de hacerlo. 
Sin embargo, y si se juega como se entrena, basta con recordar días complicados en los que la mente y/o el cuerpo no iban y que pudieron salvarse cortésmente. Y no caerse ni llorar. Ese es mi combustible: saber que ya lo hice. 



 

martes, 11 de noviembre de 2014

XI Marxa dels Traginers de Palamós

Madrugué mucho, quizás demasiado y encima sin quererlo. A las seis de la mañana del domingo estaba despierto y eso que había previsto levantarme a eso de las siete y cuarto. Pude desayunar tranquilamente y llegar con suficiente antelación a la salida. 
Me esperaban casi veinte kilómetros de carrera a pie por la montaña. Según el mapa del recorrido, la mayor parte de los tramos ascendentes estaban en la primera mitad para luego acabar bajando. 





Ya de inicio se formó un tapón considerable y esperable. No había ni pasado un kilómetro y ya se ascendía por un camino estrecho y empinado en el que sólo podían correr o saltar aquellos que estuvieran mejor preparados físicamente. El resto de los mortales avanzábamos a correazos, usando árboles y arbustos a modo de barandilla. 
Seguramente sea lo único reprochable a la organización, ya que hasta casi el tercer kilómetro no se separaban los circuitos largo y corto de veinte y siete kilómetros, respectivamente. 
Hasta ese punto había un tramo excesivamente estrecho compartido entre los más atrevidos y los más reservados, entre los caminantes y los corredores, entre los valientes y los temerarios. 
El resto, perfecto. El recorrido estaba debidamente indicado en todo momento por cintas, carteles y marcas en el suelo. Había cuatro avituallamientos bien repartidos y también un par de puntos atendidos por personal médico debido a que se trataba de tramos en los que era fácil tener un resbalón. 
El meollo empezaba cuando se podía empezar a trotar con decencia. Una pareja de corredores bien equipados iban hablando a mi lado y señalaban a otro corredor que iba unos veinte metros por delante. Decían que era bueno y que conocía el terreno. Decidieron aligerar la marcha para ubicarse a su espalda, siguiendo su paso. Como el ritmo no era para tirar cohetes, decidí seguirlos. 
Al empezar la segunda ascensión seria, se produjo un gracioso efecto dominó: el primero dejó de correr para ponerse a caminar, los otros dos lo imitaron y yo copié a los tres. Caminaban rápido y muy agachados, con las palmas de las manos posadas por encima de las rodillas. 
Los dos primeros avituallamientos los hice rapidísimo para no perderles de vista. Su ritmo no me fatigaba y era capaz de seguirlos bien. No hablaban entre ellos y la posición siempre era la misma, formando un rombo imperfecto: delante el que sabía, a escasos metros la pareja y cerrando la figura estaba yo, viendo, oyendo y callando.  
En los tramos llanos trotaban suavemente, para recuperar pulsaciones y estirar la zancada. En las bajadas, pies para que os quiero. En las subidas, si la pendiente era importante, espalda doblada, cabeza agachada y paso ligero.  
Al sentirme bien tuve la tentación de acelerar la marcha o al menos de ponerme delante del grupo pero rápidamente abandoné esa idea cuando la pareja rompió el silencio. Según ellos, llevábamos la mitad del recorrido y aún quedaban tres kilómetros con repechos importantes antes de iniciar el tramo más cómodo. El reloj, del que me había olvidado completamente, coincidió: justo en ese momento marcó el kilómetro diez. 
Al llegar al tercer avituallamiento, me regocijé entre los víveres y mi compañía se alejó más metros de los debidos. Tuve que elegir entre apretar y no perderles o bien dejarles y hacer lo que faltaba (unos siete kilómetros) a mi ritmo. La primera opción se antojaba más complicada y cansada al principio para, seguramente, ser más agradecida después. La segunda alternativa era muy incierta porque pasaba a depender, básicamente, de mi cabeza y de mis piernas tras más de una hora de tralla. 




Llevaba trece kilómetros y mi estado físico, ahora ya sí, noté que empezaba a menguar lentamente. A pesar de ello, aceleré el ritmo y volví a ocupar mi posición de convidado de piedra. Duré poco, apenas dos kilómetros, básicamente porque ellos estaban más frescos y más fuertes que yo, pero aguanté más de lo que había esperado. Se alejaron en una rampa pedregosa interminable mientras mis abductores hicieron el enésimo ademán de moverse de sitio. 
El cuarto avituallamiento lo hice ya más tranquilo, sabiendo que si todo iba bien en media hora como máximo llegaría a mi destino. Me dolía todo el tren inferior y había superado un par de momentos mentales complicados. Solamente quedaban, según un miembro de la organización, un par de bajadas complicadas y poco más. 
Acertó a medias porque omitió la existencia de algunos repechos que se hicieron eternos por su dureza, por el cansancio y porque uno era consciente de que se acercaba el final de la historia. Final que, por cierto, volvió a ser feliz, como ocurre con todas las cosas que se trabajan y se sudan pero que al final se acaban alcanzando. Sigo creyendo que está bien que todo cueste. 




domingo, 19 de octubre de 2014

XXXVI Cursa del Carrer Nou (10km)

El panorama no se presentaba como otras veces. Los días previos a la carrera no fueron del todo buenos en lo que a estado físico y de salud se refiere y no tenía puestas muchas esperanzas en hacer un buen papel. Mi estómago puede dar fe de ello. Es más, hubiera declinado presentarme de no haber hecho el pago de la inscripción por adelantado. Siempre he creído que todo tiene una parte menos mala, se mire como se mire. 
En la salida se agolpaba mucha gente en muy poco espacio. Había más de mil personas en la línea de salida y resultaba imposible verse las zapatillas. Por eso, hasta el segundo 40, no pasé por debajo del arco de meta y no pude empezar a correr. 
Me encontraba raramente bien y eso que el ritmo al principio era bastante alto, superior a lo que está uno acostumbrado. Así, los kilómetros pasaban rápido y el físico me respondía adecuadamente. Noté que tenía gas en las piernas. 
Al llegar hacia la mitad del recorrido, aparecían las rampas que viven todo el año en el casco antiguo de Girona. La mayoría desconocidas para uno, realmente duras y con el piso irregular que dejan los adoquines y que tanto maltratan a las rodillas. Con este nuevo marco, era gracioso ver como algunos acababan desfondados y dejaban de trotar para ponerse a caminar. Yo no iba desgastado y, motivado por ver como adelantaba a gente con facilidad, subí el ritmo que otro día se hubiera quedado igual. Pensé que era mejor no pensar y creí que lo mejor era creer. 
Con las pulsaciones un poco altas por el esfuerzo que supone encarar y derribar unas cuestas con esos porcentajes, enfilé un largo tramo de bajada y dejé que las piernas fueran solas, de nuevo sin pensar. 
Cuando quise darme cuenta, quedaban solamente un par de kilómetros para concluir. Fue entonces cuando miré el reloj y vi que aún estaba a tiempo de batir mi marca personal en la distancia. Reconozco, también, que lo miré varias veces porque me costaba creer que fuera así. 
Mentalmente no me compliqué la vida como otras veces: si mantenía el ritmo que llevaba, bajaría el tiempo. No había más cábalas posibles. 
Debía quedar medio kilómetro cuando decidí demarrar y tirar de todo lo que me quedaba. Los aplausos y vítores de la gente que nos animaba acabaron de darme el último empujón que necesitaba. 
Crucé la meta y vi que había conseguido batir a la barrera de los cuarenta y cinco minutos. Fue, paradójicamente, en uno de los días en los que lo normal hubiera sido acabar, como otras tantas veces, vencido por el tiempo. Pero esta vez fue al revés, como casi nunca, con mis piernas como cañón, con mis zapatillas como guardamanos y con mis pupilas como mira. Guiñando el ojo izquierdo. Por fin caíste. Peculiar asesino.