sábado, 6 de diciembre de 2014

V Marxa Popular de l'Ardenya (10km)

En el cajón de salida de las carreras suelo mirar a mi alrededor. He aprendido que empaparme de lo que se habla en las prolegómenos puede resultarme bastante útil. Intento percibir el nivel de los que tengo más cerca y me gusta escuchar las conversaciones, sobretodo si hablan del ritmo que pretenden llevar o si comentan cosas concretas de partes del circuito como la longitud de una subida o el estado de una trialera.  
Al disputarse cuatro carreras el mismo día y al haberme apuntado a la más corta y sencilla, imaginé que la gente más experta en estas lides llevaba ya un buen rato disfrutando y/o sufriendo por los interminables toboganes de l'Ardenya. Mientrastanto, yo justo acababa de hacer un buen calentamiento para apaciguar el suave fresco que hacía. Así pues, y echando un vistazo rápido a lo que se movía cerca de mí, lo cierto es que no se notaba mucho ambiente competitivo para la disputa de la carrera de diez kilómetros. 
Tanto es así que nadie quería ponerse en la primera línea donde sólo unos pocos estábamos ubicados, justo debajo del arco de salida. Sabiendo que mi sitio no estaba ahí, hice ademán de retroceder unos metros pero ya era demasiado tarde: sonaron las cornetas y tocó picar espuelas. 
Visto el panorama, salí casi de los primeros sin quererlo y pronto vi que la carrera tenía mucho de popular: no había pasado ni un kilómetro y, sorprendentemente, estaba entre los diez primeros. La marcha no era trepidante, como es de imaginar, y los tres primeros kilómetros los hice en doce minutos pelados. Además, iba escalando puestos lentamente y sin apenas esfuerzo. 
Así, y casi sin darme cuenta, había completado la parte más sencilla de la prueba y me encontraba en tercera posición. El segundo clasificado lo tenía a la vista aunque algo lejos y por detrás escuchaba muy de cerca a la manada pisar las hojas secas que cubrían cada metro del terreno que recorríamos. Todos callados y formando una rigurosa fila india. Cada ego tenía su parcela y no invadía la del otro.  
Llegué al primer repecho importante del día y conseguí distanciar a los que me rezagaban sin fatigarme ni cambiar la intensidad de mi marcha. Afronté la pendiente como si se tratara de un entrenamiento más, de una subida cualquiera. Miré de soslayo un par de veces y no vi a nadie. Iba tercero. Todo estaba saliendo demasiado bien. 
En este punto, quien sabe si por la emoción o por la inconsciencia, empecé a creerme que podía hacer un buen resultado, el mejor de mi corta historia deportiva. Si me aguantaba el físico y no perdía de vista al segundo, podría apretar al final y cogerlo. Si seguía a este ritmo y teniendo en cuenta que no venía nadie por detrás, podría incluso hacer podio. Si me adelantaba alguien, no pasaba nada porque a lo mejor podría seguir quedando entre los cinco primeros. O quizá entre los diez. Sería un buen puesto, fuese el que fuese. Quedaba la parte más dura pero los que tuvieran que cogerme tendrían que recuperar mucho terreno. Hice tantas cábalas y pensé en tantas combinaciones que no me hizo falta cantar mentalmente como otras veces de lo entretenido que estaba. Estuve fantaseando como hacía tiempo que no me sucedía. Volver a casa triunfante es uno de esos placeres que el destino reserva sólo a los más afortunados y a lo mejor, por fin, había llegado mi día tras tantos esfuerzos. 
Pero tras la virtud llegó el pecado. Imagino que le di tantas vueltas y que me revolqué tanto en mi jardín, que me abstuve por completo de todo lo demás y me perdí. Entre flechas blancas esbozadas en la tierra, puntos azules marcados en árboles y piedras y cintas rojiblancas enganchadas en las ramas, llegué al avituallamiento y me advirtieron que iba al revés. También me dijeron que iba el primero y que no había pasado aún nadie por allí. 
Ahí se enterraron todas mis esperanzas. Me había equivocado de camino y había atajado sin quererlo. No supe cuanto pero estaba claro que el trecho era importante porque miré hacia atrás muchas veces y no había ni rastro de nadie más. Tampoco me paré a pensarlo y seguí dando inútiles zancadas. Me quedaban unos kilómetros de castigo por mi despiste. Un castigo más que merecido, pensándolo bien. Mis buenos propósitos y mi esfuerzo dejaron de tener sentido. 
Aflojé el ritmo inconscientemente por el hundimiento anímico que me supuso verme fuera habiendo estado tan adentro. Al cabo de pocos minutos se me juntó un grupo de cuatro integrantes. Los dejé pasar y los estuve observando durante un rato. Ninguno de ellos era alguno de los dos primeros clasificados. No me sonaba su vestimenta y el ritmo que llevaban era del montón, como el mío. Tras recorrer unos metros les pregunté si se habían perdido. Me respondieron que quizás sí pero que ya daba igual, que estaban a punto de llegar. Incluso hablaron entre ellos para disputarse la carrera en la recta de meta. Llegué detrás de ellos y paré el reloj. Marqué un tiempo de cuarenta y cuatro minutos y treinta segundos. Ocho kilómetros con setecientos sesenta metros. Me faltaba un kilómetro y medio, más o menos. Ya me cuadraba todo. 
Me dirigí a la mesa de cronometraje y les expliqué lo que había pasado. A grandes rasgos, les dije que me había confundido y que había hecho trampa sin quererlo. Me dieron las gracias por decirles la verdad y también me felicitaron irónicamente porque me había saltado la parte más dura del circuito y porque me equivoqué para bien: al menos no corrí más kilómetros de los que tocaban. 
Mientras me lamentaba amargamente por mi error, empezaron a llegar, ahora ya sí, los primeros clasificados, alcanzando tiempos lógicos para la distancia que se recorría. El hormigueo de corredores era interminable en una de las carreras más famosas, con mejor recorrido y mejor organizadas de todas las que se disputan por la zona. 
Gestionar el estrés es tan importante como gestionar el cansancio y no supe hacerlo bien el día que mejor iba todo. En la clasificación no hay ni rastro de mí. Descalificado, obviamente. Lo cierto es que me lo merezco y me atribuyo todas las culpas. Siempre digo que perdiendo se aprenden muchas más cosas que ganando. 
Así acabó y así me fui, sabiendo que por un error que nunca pensé que cometería, no he podido hacer la mejor clasificación de mi vida en la que tal vez sea la última carrera del año. Con un sentimiento mucho más triste que el de perder. Con la terrible sensación de que me he quedado sin la mitad del invierno, con lo que a mi me gusta. Y acaba de empezar.  

domingo, 16 de noviembre de 2014

XXVII Marxa dels 20 kms de Platja d'Aro

Me hacía ilusión repetir en esta carrera y por eso tenía guardada la fecha desde hacía mucho tiempo. De hecho, mi modesta incursión en el mundo de las carreras populares fue gracias a esta marcha. La orden de salida se da a escasos tres minutos caminando desde casa y eso ayuda.  


Pensando un poco, hace un año que empezó esta historia atisbadamente seria. Supongo que lo hice por probar y porque, por lo general, nos gustan las cosas nuevas. Como sociedad, como aficionados o como curiosos. Cada novedad es una esperanza de algo mejor, no importa que lo anterior ya fuera bueno, estupendo o magnifico. El impulso es puramente humano. Nos gusta cambiar, quizá, porque nos gusta añorar. 
El circuito era idéntico al de antaño, buena temperatura y el humilde aliciente de empezar y acabar corriendo, sin que sobraran kilómetros o desgana. 
La salida no me parece rápida y los que guían a la manada no están muy lejos. Da igual, la verdad. Normalmente, basta con alzar levemente la mirada para intuir quien va a llegar un mundo antes que tú, quien va a hacer que tu ritmo, tu marca o tu cansancio sea irrisorio. Son las ventajas de sintonizar una frecuencia distinta al mundo convencional, de llevar otros sombreros. Mientras ellos se visten de superhéroe, el resto de la gente todavía es incapaz de recordar su nombre y apellidos. 
Siendo consciente de que la parte más dura está entre los primeros cinco kilómetros, le advierto a mi hermano que hay que tomárselos a ritmo y con relativa calma para poder culminarlos a un ritmo que no nos lastre. Los siguientes cinco son los más rápidos que vamos a hacer debido a que hay un tramo descendente muy largo y apretamos los dientes. Llegamos a la mitad y vamos bien. Sé que en los siguientes cinco kilómetros hay un tramo de quinientos metros severos que tenemos que librar como mejor sepamos. Lo conseguimos finamente. Nos faltan los últimos casi seis y es el tramo que se me atragantó el año pasado: un sube baja con escaleras y un tramo de playa. 


Vamos hablando para que se nos haga más ameno. Entre los dolores de uno y de otro, músculos a punto de subir y ánimos a punto de bajar, estamos llegando al destino. Se nos hace pesado pero lo logramos. Es la primera vez que él corre veinte kilómetros. Lo recordará siempre, como yo, que he mejorado mi tiempo en la distancia y que sigo disfrutando al atarme las zapatillas, al darle pedales a cualquiera de mis dos bicicletas o al ponerme el bañador y el gorro. Las ganas y el trabajo.    
Es posible que mis ilusiones estén engordando demasiado para morir cualquier tarde, pero creo honestamente que tengo que agradecerme el empeño. Los que se ven obligados a batallar en contra de su voluntad se abandonan a la primera dificultad para tener razón, para demostrar que no estaban en condiciones de hacerlo. 
Sin embargo, y si se juega como se entrena, basta con recordar días complicados en los que la mente y/o el cuerpo no iban y que pudieron salvarse cortésmente. Y no caerse ni llorar. Ese es mi combustible: saber que ya lo hice. 



 

martes, 11 de noviembre de 2014

XI Marxa dels Traginers de Palamós

Madrugué mucho, quizás demasiado y encima sin quererlo. A las seis de la mañana del domingo estaba despierto y eso que había previsto levantarme a eso de las siete y cuarto. Pude desayunar tranquilamente y llegar con suficiente antelación a la salida. 
Me esperaban casi veinte kilómetros de carrera a pie por la montaña. Según el mapa del recorrido, la mayor parte de los tramos ascendentes estaban en la primera mitad para luego acabar bajando. 





Ya de inicio se formó un tapón considerable y esperable. No había ni pasado un kilómetro y ya se ascendía por un camino estrecho y empinado en el que sólo podían correr o saltar aquellos que estuvieran mejor preparados físicamente. El resto de los mortales avanzábamos a correazos, usando árboles y arbustos a modo de barandilla. 
Seguramente sea lo único reprochable a la organización, ya que hasta casi el tercer kilómetro no se separaban los circuitos largo y corto de veinte y siete kilómetros, respectivamente. 
Hasta ese punto había un tramo excesivamente estrecho compartido entre los más atrevidos y los más reservados, entre los caminantes y los corredores, entre los valientes y los temerarios. 
El resto, perfecto. El recorrido estaba debidamente indicado en todo momento por cintas, carteles y marcas en el suelo. Había cuatro avituallamientos bien repartidos y también un par de puntos atendidos por personal médico debido a que se trataba de tramos en los que era fácil tener un resbalón. 
El meollo empezaba cuando se podía empezar a trotar con decencia. Una pareja de corredores bien equipados iban hablando a mi lado y señalaban a otro corredor que iba unos veinte metros por delante. Decían que era bueno y que conocía el terreno. Decidieron aligerar la marcha para ubicarse a su espalda, siguiendo su paso. Como el ritmo no era para tirar cohetes, decidí seguirlos. 
Al empezar la segunda ascensión seria, se produjo un gracioso efecto dominó: el primero dejó de correr para ponerse a caminar, los otros dos lo imitaron y yo copié a los tres. Caminaban rápido y muy agachados, con las palmas de las manos posadas por encima de las rodillas. 
Los dos primeros avituallamientos los hice rapidísimo para no perderles de vista. Su ritmo no me fatigaba y era capaz de seguirlos bien. No hablaban entre ellos y la posición siempre era la misma, formando un rombo imperfecto: delante el que sabía, a escasos metros la pareja y cerrando la figura estaba yo, viendo, oyendo y callando.  
En los tramos llanos trotaban suavemente, para recuperar pulsaciones y estirar la zancada. En las bajadas, pies para que os quiero. En las subidas, si la pendiente era importante, espalda doblada, cabeza agachada y paso ligero.  
Al sentirme bien tuve la tentación de acelerar la marcha o al menos de ponerme delante del grupo pero rápidamente abandoné esa idea cuando la pareja rompió el silencio. Según ellos, llevábamos la mitad del recorrido y aún quedaban tres kilómetros con repechos importantes antes de iniciar el tramo más cómodo. El reloj, del que me había olvidado completamente, coincidió: justo en ese momento marcó el kilómetro diez. 
Al llegar al tercer avituallamiento, me regocijé entre los víveres y mi compañía se alejó más metros de los debidos. Tuve que elegir entre apretar y no perderles o bien dejarles y hacer lo que faltaba (unos siete kilómetros) a mi ritmo. La primera opción se antojaba más complicada y cansada al principio para, seguramente, ser más agradecida después. La segunda alternativa era muy incierta porque pasaba a depender, básicamente, de mi cabeza y de mis piernas tras más de una hora de tralla. 




Llevaba trece kilómetros y mi estado físico, ahora ya sí, noté que empezaba a menguar lentamente. A pesar de ello, aceleré el ritmo y volví a ocupar mi posición de convidado de piedra. Duré poco, apenas dos kilómetros, básicamente porque ellos estaban más frescos y más fuertes que yo, pero aguanté más de lo que había esperado. Se alejaron en una rampa pedregosa interminable mientras mis abductores hicieron el enésimo ademán de moverse de sitio. 
El cuarto avituallamiento lo hice ya más tranquilo, sabiendo que si todo iba bien en media hora como máximo llegaría a mi destino. Me dolía todo el tren inferior y había superado un par de momentos mentales complicados. Solamente quedaban, según un miembro de la organización, un par de bajadas complicadas y poco más. 
Acertó a medias porque omitió la existencia de algunos repechos que se hicieron eternos por su dureza, por el cansancio y porque uno era consciente de que se acercaba el final de la historia. Final que, por cierto, volvió a ser feliz, como ocurre con todas las cosas que se trabajan y se sudan pero que al final se acaban alcanzando. Sigo creyendo que está bien que todo cueste. 




domingo, 19 de octubre de 2014

XXXVI Cursa del Carrer Nou (10km)

El panorama no se presentaba como otras veces. Los días previos a la carrera no fueron del todo buenos en lo que a estado físico y de salud se refiere y no tenía puestas muchas esperanzas en hacer un buen papel. Mi estómago puede dar fe de ello. Es más, hubiera declinado presentarme de no haber hecho el pago de la inscripción por adelantado. Siempre he creído que todo tiene una parte menos mala, se mire como se mire. 
En la salida se agolpaba mucha gente en muy poco espacio. Había más de mil personas en la línea de salida y resultaba imposible verse las zapatillas. Por eso, hasta el segundo 40, no pasé por debajo del arco de meta y no pude empezar a correr. 
Me encontraba raramente bien y eso que el ritmo al principio era bastante alto, superior a lo que está uno acostumbrado. Así, los kilómetros pasaban rápido y el físico me respondía adecuadamente. Noté que tenía gas en las piernas. 
Al llegar hacia la mitad del recorrido, aparecían las rampas que viven todo el año en el casco antiguo de Girona. La mayoría desconocidas para uno, realmente duras y con el piso irregular que dejan los adoquines y que tanto maltratan a las rodillas. Con este nuevo marco, era gracioso ver como algunos acababan desfondados y dejaban de trotar para ponerse a caminar. Yo no iba desgastado y, motivado por ver como adelantaba a gente con facilidad, subí el ritmo que otro día se hubiera quedado igual. Pensé que era mejor no pensar y creí que lo mejor era creer. 
Con las pulsaciones un poco altas por el esfuerzo que supone encarar y derribar unas cuestas con esos porcentajes, enfilé un largo tramo de bajada y dejé que las piernas fueran solas, de nuevo sin pensar. 
Cuando quise darme cuenta, quedaban solamente un par de kilómetros para concluir. Fue entonces cuando miré el reloj y vi que aún estaba a tiempo de batir mi marca personal en la distancia. Reconozco, también, que lo miré varias veces porque me costaba creer que fuera así. 
Mentalmente no me compliqué la vida como otras veces: si mantenía el ritmo que llevaba, bajaría el tiempo. No había más cábalas posibles. 
Debía quedar medio kilómetro cuando decidí demarrar y tirar de todo lo que me quedaba. Los aplausos y vítores de la gente que nos animaba acabaron de darme el último empujón que necesitaba. 
Crucé la meta y vi que había conseguido batir a la barrera de los cuarenta y cinco minutos. Fue, paradójicamente, en uno de los días en los que lo normal hubiera sido acabar, como otras tantas veces, vencido por el tiempo. Pero esta vez fue al revés, como casi nunca, con mis piernas como cañón, con mis zapatillas como guardamanos y con mis pupilas como mira. Guiñando el ojo izquierdo. Por fin caíste. Peculiar asesino. 



domingo, 10 de agosto de 2014

Volviendo al origen: SKODA Triathlon Series 2014 Tarragona

Los que vivimos demasiado rápido creemos estar castigados a perpetuidad por el paso de las agujas del reloj. Nos cuesta saludar porque creemos que no tenemos tiempo y obviamos, de primeras, casi todo lo que se nos cruza. A cambio, ganamos un punto más de nostalgia y tenemos muchos más recuerdos porque cualquier situación, por insignificante que parezca, la almacenamos y la analizamos mientras pasamos a toda velocidad de una pantalla a otra. Es lo que nos diferencia de los que aprovechan cada segundo de forma lenta y sin prisa: ellos disfrutan del momento, nosotros lo añoramos. 
Por otra parte, se sabe que el recuerdo, aunque puede emanar de multitud de causas, suele venir dado por aquello que no fue o no pudo ser, como la eternidad del primer amor. 
Y, finalmente, los retos personales surgen del curioso deseo de superarse y los logros posteriores de la perseverancia y, si lo tienes, del talento. Yo me planteo objetivos factibles y tengo fuerza de voluntad, sin necesidad de que nadie me guíe, me aliente o me cobre. La perspicacia es para las estrellas.  
Toda esta palabrería, tan tediosa como necesaria, es para contextualizar la narración que ahora prosigue. Tal vez fue por la nostalgia, por el recuerdo o por las ganas de batirme. Quizás por la combinación de las tres o a lo mejor porque simplemente me apetecía pero hace un mes decidí que volvería a Tarragona, donde hace un año participé en mi primer triatlón. Sentía desde hacía un tiempo la necesidad de volver, de retarme de nuevo, de cambiar esa sensación agridulce que acostumbran a dejarnos las primeras veces. 
Por entonces me presenté en modo aprendiz de principiante, carente de fundamentos de nado, con muchos kilómetros hechos encima de una bicicleta y con pocas piernas y escasa técnica como para ponerme a correr después haber chapoteado y pedaleado cerca de una hora. 
Juré y perjuré que acabar era mi único objetivo a sabiendas de mi falta de preparación y de experiencia en esas lides. El miedo y el pesimismo ayudaron lo suyo.
Sin embargo, ayer intuía que podía ser diferente. Tras un año combinando las tres disciplinas (más lo que no se ve pero se siente) como mejor he podido y sabido, sabía que podía hacerlo mucho mejor y así fue. 
En la natación me coloqué en las primeras filas y totalmente abierto a la derecha, asegurándome de que una canoa de la organización era lo único que me flanqueara en ese lado. Dudé si salir tan adelantado sería bueno pero visto el resultado creo que elegí una buena estrategia ya que durante la mayoría del recorrido pude nadar a un ritmo lento pero continuo, como es habitual en mí, evitando la parte central y buscando un perímetro seguro a cada momento. Únicamente tuve que aflojar al llegar a cada una de las tres boyas que marcaban el circuito para poder escabullirme del jaleo que ahí se formaba. De vez en cuando se me cruzaba algún desnortado pero logré esquivar todos los envites. Al salir miré el reloj y vi que, por fin, había nadado dentro del tiempo previsto y superando en cinco minutos y medio lo que hice hace un año. 
Montando en bicicleta no hay mucho que contar que no haya dicho antes. Hice un parcial muy bueno, incluso algo mejor de lo que esperaba, y volví a remontar muchas posiciones. Iba saltando de grupo en grupo y me sentí cómodo en un circuito rapidísimo. Volví a vaciarme y mejoré en dos minutos la marca del año pasado. 
Aparqué la flaca pidiéndole disculpas ante tanta brevedad, me cambié las zapatillas y miré el reloj de nuevo. Llevaba cincuenta y cinco minutos aproximadamente. Si conseguía correr a unos cinco minutos el kilómetro podría lograr bajar de una hora y veinte minutos, cosa que hace un año me parecía más que utópica. La afrenta se presentaba un tanto compleja porque aunque puedo correr sensiblemente por debajo de esa marca, sabía que mis piernas estaban ya más allá del limbo tras casi una hora de tralla. Sabía, también, como buen diesel que es uno, que debía establecer mi carrera a ese ritmo concreto desde un buen principio porque cualquier intento de aflojar para luego apretar o viceversa, podría ser fatal. Y parece ser que los astros seguían alineados porque también lo logré, con dificultad pero lo logré. Aquí también rebajé ostensiblemente la marca que hice el año pasado. 
Finalmente, y por cuatro segundos, bajé de la barrera de los ochenta minutos contando transiciones. Además, en este triatlón en concreto, la primera de ellas es terriblemente larga. 



Así pues, conseguí una buena posición final (214 de 517 participantes totales) entrando en la primera mitad de la clasificación y comprobando que el trabajo bien hecho da resultados. 
Hoy es uno de aquellos días en los que me gusta decir que no hacer nada es mucho más cansado que nadar, correr o montar en bicicleta. Palabra. 



sábado, 26 de julio de 2014

III Triatlón Sprint Open Popular de Banyoles

No hace mucho leí que a la vida le ocurre lo mismo que a un buen café: nunca sabe tan bien como huele. Lo pude comprobar esta misma mañana al escuchar el bocinazo de salida y tirarme al agua. Confiaba en hacer una buena natación pero alguien al soltar una de sus piernas para propulsarse me dio con el pie en la cara (pudiera ser también que yo quisiera cabecearlo a él, quien sabe). El caso es que me llevé un golpe que me hizo aturdirme primero, ponerme nervioso después y crecerme al final. Hasta la mitad del recorrido fui incapaz de encadenar diez brazadas seguidas. Me faltaba el aire y no podía acompasar la respiración. Lo pasé realmente mal durante un buen rato. Fue un suplicio que al fin se evaporó cuando logré tranquilizarme y enfilar la segunda mitad del tramo de natación a un ritmo ya más decente, respirando con cadencia y con las pulsaciones más bajas. Lo paradójico del caso es que había entrado al agua de los más rezagados para evitar precisamente llevarme algún recado. Salí de los últimos y siendo sincero, esperaba hacerlo algo mejor aunque no salí cansado, más bien al contrario. Al tocar tierra corrí a por la bicicleta con muchas ganas de resarcirme. 



Cuando me senté en el sillín y calé las zapatillas, todo cambió. Sabía que venía con buenas piernas y me notaba fino desde hacía varias semanas. Era un buen momento para sacar la rabia que tenía dentro y hacerlo lo mejor posible en mi sector favorito y el que mejor se me da. 

Inicialmente decidí ir a mi ritmo, sin aliarme con nadie y es que no me hizo falta ya que empecé a pasar a mucha gente, incluso a los que habían tomado la salida antes que yo. Lo di todo, iba con el cuchillo entre los dientes y muy motivado al ver que estaba recuperando muchos puestos. No en vano, y siempre según la clasificación (allá cada cual con sus creencias), adelanté a unos ochenta corredores en el tramo ciclista. Había logrado, al final, que el sufrimiento sólo fuera esfuerzo y nada más. 



El tramo de carrera a pie lo hice cumpliendo mis perspectivas iniciales. Si no me aparecía ninguna molestia estaba seguro de poder alcanzar el tiempo previsto a pesar de la fatiga y así fue. Podía haber bajado algo el tiempo que hice pero no tuve cuajo para intentarlo por miedo a fundirme a pesar de encontrarme bastante bien. Supongo que la ambición se quedó dormitando en el casco que había dejado un rato antes en los boxes. Otra vez será. 



Algunos dicen que en el deporte sólo son recordados los campeones y los héroes, quienes, por cierto, no siempre coinciden. Otros creen que tienes que ser el primero en algo al menos una vez para que la vida tenga sentido y para que sea cierto eso de que quien la sigue la consigue, que los palos sirven para construir un fuerte. El camino es complicado, extenuante, incierto, agónico a ratos. Justo como nos gusta a los que hacemos deporte. En otros términos: hay que reptar mucho por el infierno y tragar mucha porquería antes de poder sonreír mientras levitas. Y lo que hace que todo esto sea realmente interesante es que lo primero nunca te asegura lo segundo. 



domingo, 18 de mayo de 2014

I Marcha Cicloturista Palamós - Costa Brava 2014

Disputar una carrera ciclista es algo que he tenido en mente desde hace varios años y hoy, por fin, se dio la ocasión. Se trataba de una marcha no competitiva en la que se compartía carretera con cualquier vehículo y/o persona y en la que no se contaban los tiempos oficialmente.


El recorrido indicaba 105 quilómetros con 4 ascensiones de distinta dificultad. Me lo conocía al dedillo porque hace un mes que lo recorrí en solitario y lo salvé bastante bien exceptuando un tramo de toboganes de 20 quilómetros del que hablaré más tarde. Entonces tardé 4 horas y 10 minutos en hacerlo.

 
Si la salida de una carrera se da en un sitio que está a cinco minutos caminando desde la puerta de tu casa significa que puedes levantarte y desayunar más tarde y que si te dejas algo, siempre puedes volver a recogerlo. Por lo tanto, me lo tomé todo con más calma que de costumbre. Más aún teniendo en cuenta que mi semana previa no fue del todo bien en cuanto a nivel físico. Estuve muy cansado por la media maratón del domingo anterior y no hubo noche que durmiera más de 6 horas. Además, el día antes anduve con problemas estomacales que me dejaron bastante debilitado. Con este panorama y sin lamentaciones (no se trataba de ganar nada) tenía que hacer algo que estaba esperando hace mucho tiempo.
La verdad es que no esperaba que hubiera tanta gente teniendo en cuenta que coincidían varias marchas y carreras por la zona. El dorsal más alto que llegué a ver era el 297.
Cuando pasaban pocos minutos de las 9 de la mañana se dio la salida. Me costó unos cinco quilómetros engancharme a un grupo que consideré decente para mi ritmo. La primera dificultad del día era un puerto de 4 quilómetros que subí muy rápido. La bajada siguiente también la hice muy rápido. Iba tan rápido, y perdón por reiterarme tanto, que en la primera hora de carrera completé 32 quilómetros. Como se nota la diferencia de ir sólo a ir en grupo...
La segunda ascensión de la jornada consistía en un puerto largo de 16 quilómetros cuya parte realmente destacable son los 7 últimos, en los que hay alguna rampa digna.


Aquí el grupo se disgregó en muchos subgrupos e incluso en unidades de ciclistas que no aguantaban o que, simplemente, se reservaban. Como no conocía a nadie tampoco podía saber que estaban haciendo. Yo me sentía realmente bien pero tenía miedo de estar yendo demasiado rápido y pagar luego el esfuerzo.
Miré el cronómetro y vi que en dos horas habíamos completado ya 60 quilómetros, más de la mitad de los previstos. Sorprendido, sabía que ahora enfilaba el sector que se me atragantó hace un mes.
Hasta el momento había llaneado y subido muy bien y había bajado peor. En otros términos: lo que ganaba subiendo lo perdía bajando y al revés. Aún y así, iba enganchándome a diferentes grupos de 4 o 5 unidades y estaba disfrutando mucho de mi primera carrera.
El tercer puerto que indicaba la organización era una rampa bastante pronunciada de 2 quilómetros y que precedía a una bajada larguísima hasta Tossa de Mar, punto en el que empezaba un tramo de 20 quilómetros de subidas y bajadas constantes, lo que un servidor considera un rompepiernas que te las parte directamente si llevas ya dos horas y media de carrera. Se levantó algo de viento justo al iniciar los toboganes, cosa que podía complicarme aún más la existencia pero que me frenó tanto como me aceleró.  
Psicológicamente estaba animado porque había ido rápido, me encontraba bastante fino y estaba en un grupo de 15 corredores, con lo cual me sentía bastante bien acompañado. Además, visto que subiendo iba bien pero que bajando no, me conciencié para aguantar en grupo esos 20 quilómetros como fuera. No quería quedarme en tierra de nadie en un terreno que me va tan mal. Pensé que no sería ni una hora teniendo en cuenta la velocidad a la que íbamos. Lo estaba haciendo bien y tenía que sufrir un poco más. Si lograba salir en grupo de allí, tendría bastante ganado. De lo contrario, sabía que podía hundirme y que se me haría interminable.
El caso es que lo conseguí, sufrí como hacía tiempo que no sufría en una bicicleta pero logré pasar el peor sector. Los ánimos enérgicos e inesperados de un par de amigos ya casi al final se agradecieron mucho e hicieron que todo fuera más llevadero.
Tras una bajada larga quedaba la última subida del día, según las indicaciones. Casi 2 quilómetros que se hicieron eternos teniendo en cuenta el ajetreo de piernas que llevábamos. Siguió otro descenso rápido, más llanos y alguna rampa que picaba pero ya estaba todo hecho. Supongo que todos los allí presentes se habían ganado la medalla que nos daban al llegar.  



Pasé el arco azul y el cronómetro de mi bicicleta marcaba que había completado 107 quilómetros en tres horas y media, yendo a una velocidad media de 30 quilómetros por hora. Hace un mes tardé 40 minutos más.


¿A qué se debe la diferencia de tiempo entre hace un mes y hoy? Correr en grupo mejora las prestaciones individuales, sin duda. Y también está el trabajo y el entreno: darle a las piernas, a los brazos y a la cabeza. Y querer sufrir y saber sufrir. Y no creerse nada.