domingo, 1 de mayo de 2016

Pirinexus Half P360 Gravel

Tenía que completar 125 kilómetros guiado por un GPS que improvisé en el manillar de mi bicicleta con unas cuantas bridas. 
El recorrido era circular y me conocía perfectamente la segunda mitad. El plan volvía a ser resistir porque de este largo jornal no debía salir un ganador, sino muchos supervivientes. 

 

No era una prueba que tuviera prevista para este año y aunque me pareció una buena piedra de toque sobre la que me informé tarde, iba bien de ánimo pero quizá algo corto de entreno. Las aventuras poco planeadas acostumbran a quitarte mucho más de lo que podrían llegar a darte. 
Era la distancia más larga que había afrontado hasta el momento en bicicleta de montaña y desde pocos minutos antes de salir supe que la meteorología iba a estar en contra de todos los allí presentes. 
Empezó a lloviznear y hacía bastante frío para lo que suele hacer en esta época del año. A mi traje de manga corta y unos manguitos, sumé unas mallas y un chubasquero a última hora que resultaron cruciales con el paso de las horas. 
Se dio la salida y con cinco minutos tuve bastante para calarme hasta los huesos y unas cuantas horas fueron las que estuve lleno de agua, barro y frío mientras pedaleaba con el único objetivo de volver al sitio del que había partido. 
Tras un tramo asfaltado y un cuarto de hora de jarreo continuo, la lluvia nos dio un pequeño respiro mientras empezamos a seguir el cauce del río Ter por senderos enfangados y maltrechos por el agua. 
Entre chaparrones, lodo y una bicicleta que engordó unos cuantos kilos en un par de horas, llegamos al primer avituallamiento. Había recorrido apenas 42 kilómetros y, tras una parada breve para llevarme a la boca un poco de membrillo y un par de galletas, retomé la marcha. 
En este punto, dejó de llover durante media hora e incluso noté que se estaba secando el chubasquero. Después de ese lapso temporal de alegría efímera, volví a la cruda realidad, que no era otra que pedalear silenciosamente bajo una lluvia inquebrantable. 
Recorrida la primera mitad de carrera, hice dos lecturas. La positiva es que no estaba teniendo frío y que no soplaba viento. La no aparición de esos dos factores era un acicate importante para seguir dando pedales sin descanso. La negativa, que el poco desnivel que había que salvar estaba a partir de ese punto. 
Con ese panorama, llegué al segundo y último avituallamiento. Me explayé demasiado con las gominolas y, ahora sí, cogí algo de frío pero no era momento de lamentarse: había que volver a salir al ruedo. Quedaba poco más de un tercio de una nueva hazaña personal fabulosa. Quedaba confirmar un sueño, una esperanza: que hay una alternativa a la victoria. 
Al encarar el sector consistente en un tramo de ascenso suave pero continuo, empezó a soplar viento en contra. Muscularmente estuve impecable hasta que quise forzar más de lo necesario para salvar ese momento. A veces uno desafía al estado y le vence el sistema, la banca y los bancos. Como suele suceder. Ese fue otro acierto: aminoré el ritmo y dejé que las piernas hicieran lo que quisieran. 
Cualquier otro día me lo hubiera hecho con la gorra pero no era el día más favorable para las florituras y menos aún teniendo en cuenta que el agua dio paso al viento ya hasta el final.  
Me escudriñé levemente a pocos kilómetros de acabar. Dejando de lado mi aspecto desaliñado y repleto de lodo por todas partes, físicamente estaba muy entero: sin dolores ni achaques relevantes y con unas piernas intactas. Nuevo punto positivo: supe dosificarme y alimentarme como es debido. 


Crucé la meta entero, sano y salvo y con unas ganas tremendas por ducharme a mí y a mi bicicleta, que llegó conmigo desajustada, embarrada hasta la bandera y, paradójicamente, con la cadena totalmente seca. 


La grandeza del ciclismo radica en la cantidad de valores que parece reunir. Hablamos de ciclistas valientes, colosos o astutos, y en la orilla contraria decimos que otros son conservadores, chuparruedas o timoratos. Nos olvidamos, demasiadas veces, de que el ciclismo es, en primera y última instancia, una cuestión de fuerzas y sin ellas no hay valientes ni colosos ni astutos; simple y llanamente, hay supervivientes. 


Fue el día de quien se pasa el resto del año trabajando en silencio mientras ve como posan los demás. Un tipo instruido, sufrido, disciplinado y limitado. Alguien que en esto del deporte habitaba humildemente incluso por debajo del limbo en el que moran los mortales. Vivía, digo. Desde hace unas cuantas horas estoy alquilado en una nube.  

sábado, 2 de abril de 2016

Volcat 2016 (3era etapa)

Sin duda, me interesaba resarcirme de la ausencia del día anterior. Me movía la rabia y el ansia, sensaciones nuevas, pero también la impaciencia, que es un viejo problema que arrastra uno. 
Esta vez, todo empezó mejor. Llegamos con antelación suficiente a la parrilla de salida para coger un sitio un poco más óptimo y lo conseguimos. No era para tirar cohetes pero al menos no volvía a salir en la cola del grupo. 
La salida fue una retahíla de anarquistas que abrieron fuego contra el archiduque Francisco Fernando, como en aquel atentado que desencadenó la Primera Guerra Mundial. Fue tal el zafarrancho, que en caso de que físicamente fuese factible, más de uno me hubiera pasado por encima. 



Me costó coger el ritmo y me faltaba el aire en los primeros compases. La musculatura aún no estaba caliente y el principio fue rápido y complicado porque soplaba viento de costado, aunque no era excesivo ni totalmente lateral. Aquello no pasaba de ser un desfile prolongado de ciclistas altos conmigo como excepción, regatistas a bordo de dos ruedas. Hasta que de repente la cuerda se rompió delante de mí. Sucede cuando la fila se adelgaza tanto que el corredor pierde la protección del viento. El ciclista que tenía delante aflojó estrepitosamente la marcha para luego abrirse a la derecha y deshincharse por completo. Me vi comandando un grupo de cinco unidades y a escasos metros de volver a subirnos a la ola buena. Hacía falta que algún forzudo se pusiera a dar zapatazos y nos sacara del atolladero porque con mis cualidades, en campo abierto, era imposible. Miré hacia atrás varias veces pero no hubo nada. Me exprimí inútilmente pero el grupo delantero se fue alejando metro a metro en una recta interminable mientras las fuerzas me abandonaban por completo. Las pesadillas siempre tienen argumentos peores. 
Pasado un primer tramo ventoso repleto de toboganes, empezó una parte más técnica y boscosa en la que tocaba menos aire. Aún estaba recuperándome del primer impacto pero decidí que hoy no era día de guardarme nada y le di a las piernas tanto como pude. Ocurre cuando no tienes nada que perder. 
La primera enseñanza es que los deportistas no son dóciles, sino que se rebelan, y que no hay más estrategia que la que marca cada cuerpo. La siguiente lección es corta: carpe diem. Si uno siente que ya le ha llegado el momento, que vuele. Que no se acomode en la prudencia de los que siempre recomiendan paciencia. 



Los kilómetros pasaban rápido y estaba haciendo una buena carrera. Exceptuando un par de tapones que tuve que soportar, disfrutaba de un recorrido ameno y más divertido que el del primer día y las partes más difíciles, las estaba salvando bien, así que nada hacía presagiar un final diferente al esperado, que no era otro que llegar sano y salvo. Intuir el desenlace de una historia no evita la emoción y de eso, precisamente, llevan viviendo toda la vida las películas de 007. 
Igual que hice en la primera jornada, obvié todos los avituallamientos por los que pasaba porque tenía alimentación de sobras. Seguí con mi estrategia en cuanto a comida y a bebida y no me noté vacío en ningún momento. 
Ya casi al final, apareció un tramo con un fango maloliente y resbaladizo que hizo que estuviera a punto de rebozarme en él un par de veces. Eché el pie a tierra cuando el peligro era evidente y me llevé de camino a la meta unos cuantos gramos y centímetros de barro incrustado en mis zapatillas. El maillot y el físico, intactos. 



En el circuito cerrado previo a la entrada a meta, me adherí a un grupo de ciclistas que iban con el cuchillo entre los dientes dispuestos a disputarse el sprint final. Tras unos metros viendo como intentaban despegarse entre ellos, aflojé para evitar un último susto innecesario y me dejé llevar. 
Encaré los escasos cien metros de la recta de meta en solitario esperando una fotografía en la que no saliera más gente que uno mismo. De esas instantáneas que te gustaría guardar en un álbum por si alguien más quiere verla y que llevas siempre contigo aunque no puedes enseñarla. Ese fue el fin. Ese fue el último momento.  
El eterno anhelo que tiene uno es que ojalá, algún día, coincidan la victoria con el esfuerzo y la integridad. Pero el mundo real es otro y sólo regala una baza: volver a intentarlo pronto. Veremos cuando y donde. 


viernes, 1 de abril de 2016

Volcat 2016 (2da etapa)

La realidad es que no hubo segunda etapa. Al menos ni en mis piernas ni en mi cabeza. 
Amanecí peor que me acosté y decidí no presentarme en la salida. La rodilla seguía hinchada y me dolía bastante. Además, pasé una mala noche en la que dormí poco a pesar del cansancio del día anterior. Me notaba malestar general y dormí desarropado porque tuve mucho calor. Quizá tuve fiebre pero sin un termómetro eso sólo puede saberlo una madre. 
Lo único positivo es que conseguí arreglar la bicicleta tras la primera etapa. 
Mi racha de infortunios ayudó a que mentalmente no fuera capaz de afrontar lo que se acercaba. No estaba en condiciones físicas y tampoco psicológicas de nada. Saber con antelación que sólo vas a tener que sufrir durante unas pocas horas para obtener algo que llevas esperando tanto tiempo, tampoco fue motivo para empujarme a coger la bicicleta. 
Pensé que había riesgo de empeorar mi salud y guardando reposo al menos podría intentar salir al día siguiente aunque perdiera todas las opciones de acabar la prueba con todos los honores al no finalizar las tres etapas. 
Me costó aceptarlo porque era la primera vez que abandonaba una carrera pero a día de hoy sigo creyendo que fue la mejor opción. Aún no me he arrepentido de la decisión tomada y eso creo que significa algo. 
La conclusión es que del choque de dos fuerzas descomunales como son el cuerpo y la mente, puede brotar una cordillera o puede resultar un cero, una nada abrumadora, un vacío sempiterno. El todo o la nada. La vida no es tan sencilla y el amor casi nunca es para siempre.    


miércoles, 30 de marzo de 2016

Volcat 2016 (1era etapa)

La intención estaba clara: acabar la prueba. El tiempo cedido respecto a cualquiera era lo menos preocupante. Como gotas en el océano, tan insulsamente triviales. 
Consciente una vez más de lo que puedo dar y de lo que soy, mi planteamiento no podía ser otro que recorrer, sin pausa pero sin prisa, metro tras metro. Uno no es más que eso: un motor diésel de gama baja pero que no sufre averías. 
Las pretensiones, pues, estaban claras de antemano. El buen hacer es el primer atajo, el mejor camino y, aunque los buenos propósitos no eliminan la posibilidad de fracaso, al menos aseguran la felicidad del viaje. 
Probando la bicicleta justo antes de empezar, me percaté de un fallo mecánico garrafal y sólo achacable a quien escribe. Cambié la cadena debido al desgaste que llevaba pero no recordé revisar otros elementos directamente relacionados con ésta. Conclusión: me quedé sin poder usar el plato mediano y las dos coronas inferiores de los piñones porque la cadena saltaba y existía un claro riesgo de romperse. Tendría que hacer la primera etapa con la mitad del juego de marchas y en caso de acabar bien el día, intentar solucionar el problema un Viernes Santo por la tarde. Un plan genial. 
Me alisté a sólo diez minutos de que se diera la salida y me ubiqué muy atrás en la parrilla, con la gran mayoría de las 700 bicicletas presentes por delante. El ambiente era cordial, sano y nervioso, como suele ocurrir en este tipo de carreras. Algunos creen que estaría bien que los ciclistas se retaran antes del banderazo de salida, como los boxeadores, pero no es posible. Sin quererlo, nos convertimos en amigos circunstanciales. Falta esperar que algo grande se interponga entre nosotros. Una cruel montaña podría valer. 
A partir del toque de cornetas, mi batalla fue constante y hubo muchas heridas, algunas invisibles. Y éstas, aunque puede decirse que empezaron con la limitación expuesta antes, continuaron cuando no podía seguir los ritmos iniciales de la manada porque mis piernas no se correspondían con mis deseos. Quise tirar de plato grande para avanzar posiciones sin haber calentado y pronto empecé a quedarme sin aire, así que tuve que rebajar rápidamente las pretensiones. Hay flechas que salen con ventosa. 



Tocaba asegurar el tiro y dosificarse. Con esa idea llevaba transcurridas casi un par de horas que me resultaron un tanto aburridas. El recorrido me parecía bastante soso y me costaba restar kilómetros. El punto de inflexión mental previsto tenía que ser sobre la mitad del trazado y lo fue, pero no por lo que tenía que haber sido, sino porque me caí. 
En un descenso rápido pero sin peligro alguno, al acometer un giro a la derecha, frené demasiado con la rueda delantera y me di de bruces contra el suelo. Caí lateralmente y me arrastre unos cuantos metros por un terreno duro y seco. Me golpeé y me rasqué las rodillas. La derecha, concretamente, empezó a dolerme y se me acabaría hinchando con el paso de las horas. También me desanimé y mucho, no voy a negarlo. Me volví a quedar pasmado, burlado de nuevo por el destino. 



Se encendieron las alarmas, como es natural. Me anticipé al efecto de la crisis y acepté que mi carrera estaba muy cerca de cambiar. Tomé referencias mentales. Miré al cuentakilómetros varias veces e hice lo propio con mis lastimadas rodillas. Traté de averiguar el ritmo de la pérdida, de avistar lo que faltaba ante tan repentina debacle porque no estaba ni a la mitad del camino. Viví, en resumidas cuentas, todo lo que puede darte una bicicleta. Y eso tiene un valor incalculable. 
A partir de ese instante se escribieron dos novelas. Una de superación, sobre la soledad y la desgracia del corredor de fondo, y otra de intriga, sobre la ambición y el deber de quien quiere derribar un muro. 
Retomé la marcha con poco ánimo. El trazado no ayudaba mucho y los kilómetros seguían pasando lentos. Las fuerzas no me acompañaban y eso que estaba bebiendo y comiendo continuamente. Los problemas de mi bicicleta seguían ahí pero ahora aliñados por el polvo que íbamos tragando todos y que se colaba por cualquier sitio imaginable. 
A esas alturas andaba uno bastante desmadejado, fulminado por el desánimo. Estar tanto tiempo a la deriva me demostró una vez más, y ya van unas cuantas, que se corre con la cabeza aunque las piernas siempre tengan algo que ver. 



Para colmo, volví a caerme cuando quedaban unos quince kilómetros para llegar. Esta vez con público pero, afortunadamente, sin daños. La integridad quedó a salvo. El prestigio, no tanto. 
Cuando faltaba poco para llegar al destino, empecé a sufrir calambres y tuve que apearme forzosamente de la bicicleta. Lo peor es que estuve un buen rato intentando volver a montarme porque mis piernas no me lo permitían. Estaba totalmente tieso. Y desde ahí hasta la meta, los malditos seguían ahí, asomando el hocico en cada pedalada. 
Poco tiempo después y tras cuatro horas de carrera, llegué a mi destino sin ánimo ni fuerza, como el que abre la puerta de casa pensando en encontrar su cama justo detrás, después de un día para olvidar. 
En cualquier recodo se esconde una oportunidad. Esta vez faltaron energías y herramientas y sobró la mala suerte, pero es posible que en otra esquina coincidan las opciones, el trasiego y los valientes. 
Yo sigo creyendo que hay que llegar hasta el final, hasta donde tu bicicleta diga basta. "No dejar de pelear hasta que la pelea termine". Lo dijo Eliot Ness. 


domingo, 22 de noviembre de 2015

Sólo 10 cosas del Real Madrid - FC Barcelona, por un humilde juntaletras

1 – Benítez pone a un equipo que no se cree y no sé si lo hizo para que la gente lo vea y esté contenta o porque se lo dijo alguien. No entendí esa media presión con la defensa tan adelantada con los jugadores que tenía y me parece que muchos tampoco entendieron nada.

2 – Sergi Roberto tenía que jugar ayer igual que se ha merecido jugar siempre hasta ahora. Y ojo, que también se ha merecido que le dejen jugar mañana.

3 – Los centrocampistas del Madrid en sus equipos anteriores eran mediapuntas y muy buenos, por cierto. Siguen siendo muy buenos pero no juegan en su sitio. Tienen que correr para arriba, para abajo y por los tres de arriba. Y acaban sin piernas, sin pulmones y sin ideas.

4 – Suárez y Neymar son muy buenos pero nunca serán como Messi. En parte, porque tendrían que aprender de él o de Iniesta a no tirarse cada vez que les tocan.

5 – El Madrid tiene tres mantas arriba y urge, por el bien del fútbol y sobretodo por respeto a la afición, que corran, que se muevan o que suden.

6 – Dejé de entender a Benítez cuando cambió a James, que estaba siendo y que es el mejor jugador del Madrid, por Isco, que no es jugador para el Madrid.

7 – La reacción del Madrid duró ocho minutos y se acabó en cuatro, que fueron los que pasaron entre el gol de Iniesta, el inexplicable cambio de James y la entrada de Messi.

8 – La afición del Madrid es extraña. Un día aplauden a Ronaldinho o a Iniesta y otro corean el nombre de Isco por autoexpulsarse con una entrada lamentable o ponen pancartas a favor de Mourinho.

9 – El Barça pudo haber metido tres goles más si no es por Munir, igual que el Madrid pudo haber marcado un par si no es por Bravo, no lo olvidemos.


10- Cristiano Ronaldo no le llega a Messi ni a la suela de los zapatos. Ni ayer, ni anteayer, ni hoy, ni mañana. El que crea que son los dos mejores jugadores del mundo, que siga engañándose y vuelva a repetirme los goles que mete cada uno. Mientrastanto, yo seguiré viendo partidos de fútbol. 

miércoles, 18 de noviembre de 2015

XXVIII Marxa Popular dels 20kms de Platja d'Aro

Llegaba habiendo corrido poco y mal desde hacía tiempo. Ha sido un año en el que he acumulado muy pocos kilómetros a pie y en el que creo que me he estancado. Los ritmos no han mejorado aunque tampoco he puesto mucho de mi parte, sinceramente. Incluso ha habido semanas en las que no he salido a correr y siempre he encontrado alguna excusa de mal pagador para no ponerme las zapatillas. La pereza se paga como todas las facturas. 
El pasado domingo tuve que luchar durante poco más de dos horas contra mi mismo, contra un cuerpo que no respondía a lo que le pedían las neuronas; una pelea interior de aquellas que crees que recordarás toda la vida porque te enseñan más de lo que imaginaste. 



La salida fue rara por lenta. Al contrario que otras veces, se despegó tranquilamente. Quizá es que mucha gente sabía por donde íbamos a meternos, ya que en apenas tres kilómetros empezaba una subida larga y que tenía pinta de ser dura. 



Esta era la única parte del circuito que no conocía pero pude hacerla bastante bien. Habíamos llegado al techo y al primer avituallamiento. Una parte difícil estaba completada. El drama es que aún quedaba mucho. 
Tocaba economizar esfuerzos para encarar una bajada larga por pista ancha y luego un llano entre campos que nos dejaría en un camino de ronda plagado de escaleras y con unas vistas preciosas. 



Con quince kilómetros en las piernas y con dos ediciones consecutivas a mis espaldas, sé que este sector puede ser fatal si no te has regulado. Dosificarse puede implicar bajar la cadencia, ponerse a caminar, apoyarse en un árbol y jadear varios minutos o bien sentarse en el suelo con la cabeza agachada y la mente en quien sabe donde.



Con dificultad acabé el sube baja para recorrer unos metros de playa. A esas alturas, empezaba a estar muy tocado. 



Al final del tramo arenoso, se empezaba a subir escaleras y a trepar por rampas durante un buen trecho. Y fue ahí, ya con casi dieciocho kilómetros encima, cuando empecé a recordar como arde el infierno. Pulsaciones rápidas, pasos lentos. La explicación es obvia y el cansancio también. 



Llegué a la cúspide, miré el reloj y vi que no podría acabar en menos de dos horas ni aunque me hubiera subido en un avión. Me castigué un poco y maldije a todo lo que veía y a mucho de lo que pensaba. Hubiera sido un buen tiempo tal y como se presentaba la afrenta. Se tiran más toallas con la mente que con las manos. 



Maltrecho de arriba y de abajo y sin quererlo, estuve por asegurar para siempre que correr es una porquería. Craso error. El deporte nos pertenece y hay que quererlo del mismo modo que se quiere a la familia, adorable en ocasiones, latosa muchísimas veces, pero siempre entrañable; gente que no te juzga por tu última estupidez sino que hace media con todas las anteriores. 
Los últimos tres kilómetros fueron los más largos que recuerdo. Los hice por inercia y porque iba acompañado. Si llego a estar solo, creo firmemente que aún estaría caminando alrededor del río. 



Cuando por fin crucé la meta, lo festejé interiormente y sentí un alivio importante. En ese instante me daba igual la posición, el tiempo y todo lo demás. De hecho, cualquiera que llega tarde a un sitio puede celebrarlo porque a veces lo único que sirve es precisamente eso. La historia del mundo está jalonada de ejemplos de júbilos vanos e inconscientes, desde los que llegaron al Polo Sur y se encontraron otra bandera plantada, hasta los que descubrieron que ella tenía novio una vez iniciado el desembarco en Normandía. 



Con las piernas bloqueadas, intenté pensar en algo que me hiciera feliz pero no pude. Ni el bocadillo final, premio de honor para todos los que estábamos allí, era estímulo suficiente para valorar el trabajo que había hecho. 



Algo consternado y bastante lastimado en cuerpo y alma por haberme pasado cinco minutos del tiempo previsto, me fui por donde vine como Humphrey Boghart de Casablanca: sin la chica pero con la eterna aspiración de los que estamos habituados a quedarnos sin ella. 

lunes, 2 de noviembre de 2015

Gerunda Road 2015

Lo que sucedió entre el principio y el final es interpretable y vaporoso. Podrían darse 500 y pico versiones de lo que fue la carrera, una por ciclista. Los que hicieron la marcha corta, los que nos aventuramos con la larga y los que acabaron mezclando un poco de cada una porque se arrepintieron a tiempo y optaron por no asomarse por el embalse. Todos, incluso los que no pudieron acabar por algún motivo o los que estuvieron al pie del cañón organizando, dirigiendo o ayudando, tienen su historia.  
El recorrido largo constaba de 135 kilómetros con un desnivel positivo de 1700 metros, destacando la subida al alto de la Pedrallarga (20kms al 3,5%), al alto de Nafré (4kms al 6,5% con rampas del 14%) y al alto de les Encies (3,5kms al 4%). Sumémosle alguna trampa final que no estaba prevista de inicio y nos saldrá una marcha cicloturista mucho más que decente. 




La estrategia estaba clara. La idea era beber cada 15 minutos, una vez agua y otra sales y así hasta llegar quien sabe cuando. Además, tenía que comer cada tres cuartos de hora, empezando por las barritas y siguiendo por los geles, también hasta el final. 
Precavido que es uno, me presenté en la salida con dos horas de antelación. Me dio tiempo a desayunar, a vestirme, a hacerle las últimas comprobaciones a la bicicleta y a ver salir el sol, aunque se hizo de rogar. 



Las previsiones meteorológicas daban lluvia en algunas de las poblaciones por las que íbamos a pasar. Por eso y por el mal recuerdo de la casi hipotermia de La Rioja Bike Race, desde entonces y ante la mínima duda, la solución pasa por llevarme una mochila con un chubasquero aunque sólo sea para pasearlo durante horas, como en este caso. 
La temperatura era perfecta porque no iba a hacer ni frío ni calor pero cuando el termómetro es idóneo, el problema es como vestirte. Algunos van muy abrigados y otros van como si fuera pleno verano. Yo decido hacer una mezcla y me voy hacia la parrilla de salida. 
Nos advierten de que hay tramos peligrosos debido a la lluvia que ha caído en las ultimas horas y a que hay zonas muy húmedas y sombrías. Piden y vuelven a pedir mucha precaución, sobretodo en los tramos de bajada. 
Y se salió como si no hubiera mañana. Rodando en pelotón no tienes que preocuparte por muchas cosas, salvo por no tirar ni ser tirado. Así transcurrió la primera hora de carrera, salvando alguna complicación y sumando 31 kilómetros, algunos ya metido en el primer puerto del día. 


Esta subida es realmente larga pero entretenida. No tiene porcentajes duros y se hace cómodamente, amenizada sobretodo por las bonitas estampas que se van dejando atrás en cada giro. Las hojas muertas del otoño ayudan lo suyo. 


Iba ascendiendo en medio de un silencio majestuoso, roto a veces por los disparos de algún cazador. 

Tras coronar, me paré en el mejor avituallamiento que he visto nunca. Daban ganas de quedarse a vivir allí para siempre pero tras tanto rato subiendo, ahora tocaba bajar con cautela. 
Después de un descenso vertiginoso en el que fui adelantado por varios kamikazes, un par de motos de los Mossos d'Esquadra y una ambulancia, era el momento de enfilar la segunda subida del día y la más dura, según mi punto de vista. 


Había que retorcerse a ratos, no quedaba más remedio. La velocidad bajó considerablemente y desde mi posición, mirara a donde mirara, podía ver a un reguero de ciclistas cabecear cuando se pasaba por las rampas más empinadas de esta carretera tan preciosa como solitaria y que nos llevaba casi al techo de la presa de Susqueda.   
Se acabó subir y tocó bajar por un piso peligroso, medio mojado y a ratos bacheado que hacía presagiar caídas y/o pinchazos a mansalva. Tenía unas ganas tremendas de irme de ahí y salir a tierra firme porque había sufrido un pinchazo la semana anterior y esto va por rachas, como casi todo. Las vistas tan bonitas que iban sucediéndose mientras bordeaba el embalse a toda velocidad no sé si compensan el alto riesgo de incidente que había en ese tramo. 


Toqué asfalto noble y, a pesar de ello, no me sentí muy liberado porque sabía que el nuevo panorama no era el más adecuado en ese momento. Había que salvar un falso llano de 10 kilómetros que siempre picaban hacia arriba y que acabaron haciéndose larguísimos. Las rectas interminables me pesaron demasiado en la cabeza y las piernas, que hasta el momento iban finas, empezaron a molestarme.   
Tras 90 kilómetros, empecé a notar la fatiga repentinamente. El ciclista no es más proclive a la tentación que cualquier otro ciudadano. Lo que le distingue es el estado de extenuación. Agotadas las fuerzas, las debilidades mandan. Es el cuerpo llevado al límite el que invita a la mente a tomar atajos. A nadie hace más caso un enfermo que un médico. Por eso la única opción posible era la que me ofrecieron: chupar rueda. 
Así llegué al segundo avituallamiento, colocado en el pie del tercer puerto del día: echándole el aliento en el cogote a un forzudo. No valen más interpretaciones, por favor.  

Ascensión muy llevadera en condiciones normales pero que a esas alturas de la película no permitía muchas virguerías. 
Un compañero de fatigas no tan apuesto como el anterior, me ofreció colaborar y dudé un instante. Ante retirarme o insistir, decidí sucumbir en el intento, gloriosamente. La subida se pasó volando y, tras mirar el cronómetro, vi que podría acercarme a las 5 horas en la llegada si me daba algo de prisa. Por un momento, la sorpresa se insinuó pero la naturaleza iba a acabar por imponerse, como casi siempre. 
Siguió un tramo aburrido, también con muchas rectas de película de Alabama aunque esta vez tenían tendencia descendente. La buena noticia es que quedaban unos 25 kilómetros. El presente estaba siendo un tanto plomizo pero el futuro inmediato se avistaba deslumbrante. 


Antes de empezar el último tramo de subida, recibí un par de amagos de calambres que no pasaron de ahí. Nada preocupante mientras se navegue por mares en calma. 
Según mis cálculos, quedaban unos 6 kilómetros ascendentes con un porcentaje medio del 3,5% y el resto ya era bajada. No tenían que ser duros pero para mi lo fueron bastante. Había poco desnivel pero soplaba viento en contra y yo siempre pierdo contra el viento. 
Ahí sí que empecé a notarme cansado de verdad, de arriba y de abajo. Era el momento de la mente, de buscar algo que pudiera darle a los pedales. Si algo dignifica a los deportistas de a pie es la fuerza de voluntad y la ambición que tienen para ir superando las dificultades que van surgiendo en el camino. Hablando en plata: tener que sufrir para poder disfrutar. Y eso no es fácil, es casi imposible. Significa depender de uno mismo y saberlo. Significa tener que liberarse a ratos de todo lo demás. Significa ganar al cansancio y a la pereza y pactar las tablas con la suerte. Significa ser superior a todo lo anterior y darle chispa al cuerpo y a la cabeza, sobretodo a la cabeza. 


Pero no todo iba a ser rodar, comer y beber. También tuve que arreglar un pinchazo que tuve en plena bajada, cuando únicamente faltaban 8 kilómetros para llegar a la meta. Por suerte, solventé rápido el percance. Y es que todo no puede salir perfecto. Eso lo saben mejor que nadie los padres de tres niños o cuatro niñas, por ejemplo. 
Los últimos kilómetros, los de la satisfacción y el recuerdo, los hago con un grupo de 4 integrantes más. Se intuía un sprint final sano del que tenía ganas de ser partícipe pero me coloqué para avanzar y tracé mal una de las últimas curvas. Por allí me perdí. No obstante, mi desgracia me anima. Ya me tocará otro día, más adelante, quizás cuando se repartan más premios. 
La batalla acabó por todo lo alto, con varios centenares de soldados exhaustos y, por suerte para todos, con un único muerto: la mañana del primer domingo de noviembre.