lunes, 17 de agosto de 2015

XLII Travesía de Sant Feliu de Guíxols

En días como el de ayer te quedas un poco aturdido, sin saber por dónde empezar. Por eso confieso que escribir es más sencillo cuando no sucede nada y cualquier tema es posible. No obstante y después de todo, estoy mucho mejor y sólo espero que nadie de los que vayan a leer esto empeoren tras apagar el ordenador. 
Me presenté en la travesía con bastantes ganas a pesar de que la semana antes ya había participado en una. Esta vez había que madrugar más pero no importaba. Dicen que sarna con gusto no pica. 
El día nació fresco y con muchas nubes. Mi principal temor la noche antes fue la temperatura del agua, ya que el termómetro había bajado bastante. El clima, si cabe, lo haría más interesante o más épico. Podría ser un día para los valientes, pensé, o para empezar a serlo porque casi nunca es tarde. 


Se fue arreglando lentamente el marco, salió el sol, calenté un poco y toqué el agua. Como tampoco pretendía un jacuzzi con modelos y vi que había mucho valiente, me pareció que estaba todo en orden. Con mucha gente pero todo bien ordenadito, como está mandado. 



Antes de venir creí ferozmente que el recorrido me iría bien. Era más corto que la semana anterior y sólo tenía que atravesar la entrada de una cala pedregosa, salir a mar abierto y girar en dirección hacia la orilla. Incluso en caso de que hubiera olas, por pura lógica estas nos favorecerían. 



La miga estaba al principio. Se salía desde dentro del agua y supongo que esto lo hacen para evitar embudos y porrazos pero los hay igualmente. Entre los 300 participantes ocupamos casi todo el ancho de la cala y en pocos metros sabíamos todos, o casi todos, que se podía armar un jaleo importante al hacer el giro para encarar la eterna recta hasta la playa. 



Sonó la bocina y empezó la pesca. Lo que era un mar sosegado se convirtió en un vaivén de olas y muchos tragos de agua salada. Iba acelerado y me costó una barbaridad llegar hasta lo que tenía marcado como punto clave. Además, cuando lo hice me encerré de mala manera y tuve que ceder. No había cogido mucho ritmo aún y me costaba tener una respiración uniforme. Lo que me prometí que haría, no lo hice y en ese giro me frené y permití el avance de unos cuantos que fueron muchos y que tuvieron más agallas que yo. 
Digamos que no tuve ambición ni mirada asesina para cuadrarme y meter el hocico en ese revuelo. Me repetí tantas veces que no lo permitiría, tanto lo dije y tanto me lo aprendí, que fue imposible cumplirlo. A lo mejor jamás seré más que alguien normal después de eso. Si la honradez es virtud, quizá la timidez no lo sea tanto. 


Cuando pude colarme y retomar las brazadas, noté olas y corrientes que me llevaban a todos los sitios posibles menos a la meta.  
Me tranquilicé como pude pero me notaba pesado a pesar de llevar muy pocos minutos en el agua. También es cierto que cuando más fatigado me encuentro, mejor nado. Me concentro más en la técnica y tengo la sensación de aprovechar más los movimientos. El cansancio lo limpia todo. 


Dadas las circunstancias, encaraba una nueva situación de carrera, con más espacios y sin tantos nervios y eso me fue mejor. Notaba más deslizamiento y un nado más fluido. Tanto es así, que intenté un arreón para adelantar a una manada que tenía a pocos metros pero el arranque se me hizo demasiado largo, así que volví a mi ritmo. Como acto de valentía había sido impecable. Como estrategia militar, paupérrima. 
Pisé tierra y vi que había hecho un tiempo similar al de la semana pasada a pesar de nadar entre 200 y 300 metros menos. Puede que fallen los relojes, las mediciones o los que miden. Ayer fallé yo, como casi siempre, y falló algo más, aunque eso es lo de menos. 


Salvando las distancias y aunque la comparación probablemente no sea la más idónea, soy un palestino del agua. Mi única opción es tirar piedras a los tanques enemigos. No doy más de mí y con tal bagaje, lo raro sería hacerles un mísero rasguño. 
A falta de momentos geniales, siempre obtengo suculentos premios por mi eterna constancia. Una camiseta, una bolsa de gominolas, un vaso de refresco, un trozo de pastel, una medalla que acabará dormitando eternamente en algún cajón perdido o una simple foto. De momento cualquiera me vale. Lo seguiremos intentado. 


lunes, 10 de agosto de 2015

Tri1day Sant Antoni de Calonge

El Tri1day es una jornada deportiva solidaria que se celebró el pasado sábado 8 de agosto en Sant Antoni de Calonge. Entre las actividades propuestas había una travesía a nado de 1500 metros, correr una milla, correr una carrera nocturna de 5 kilómetros o una caminata solidaria. 
Si te apuntabas a las tres primeras y las completabas, eras considerado como finisher del Tri1day que este año llegaba a su segunda edición. 



El evento tenía lugar al lado de casa y a un precio asequible y aunque mi estado de forma no era el más óptimo, decidí inscribirme en el Tri1day. Acabar las tres carreras no iba a suponerme problema alguno pero ocurría que llevaba tiempo notándome lento y pesado corriendo. Mis tiempos no eran buenos y las sensaciones, peores. El día antes miré el listado de inscritos y vi que se habían apuntado 24 personas al reto. 

3ª Travesía de Sant Antoni de Calonge



Era la primera travesía que hacía pero no estaba nervioso. El mar andaba calmado y con buena temperatura. Mi única preocupación fue la de buscarme un sitio en la salida, que se daba en una cala muy pequeña y que cuando yo llegué ya estaba hasta la bandera. 



Calenté poco y me coloqué en las últimas posiciones pensando que al final cada uno acabaría en su sitio, así que daba igual donde salir. Calculé que estaría una media hora nadando y se dio la salida. 



En los primeros 100 metros se formó el caos y por eso había que ir con suma cautela para esquivar a los que se cruzaban o evitar a los que frenaban extrañamente. Nadaba tranquilo, alargando al máximo cada brazada y sacando la cabeza de vez en cuando para ver si seguía la hilera imaginaria que marcaban las boyas. 
No notaba las típicas molestias que suelo tener en mi brazo derecho hasta que lo caliento debidamente, cosa que me puede ocupar 300 o 400 metros de nado. Iba todo bien: ni golpes ni rasguños ni ahogos ni dolores. 



Al llegar al puente que cruza el río, decidí incrementar levemente la marcha y empecé a rebasar a gente. No se me estaba haciendo largo y no estaba cansado, así que podía mantener ese ritmo sin problemas. 
Mi vista agradeció llegar a la parte del espigón porque el fondo monótono arenoso se convirtió en un desfile de peces que se escabullían entre las rocas. Este era el último tramo mental que tenía que superar antes de enfilar la recta final de camino a la orilla. 
Toqué tierra y troté suavemente hasta cruzar la meta. Tardé menos de 24 minutos, prácticamente no me había cansado y tampoco salí desorientado. Acabé en el puesto 102 de 164 nadadores. 
Conseguí, por fin, un tiempo decente en natación y sin haberme preparado específicamente para ello. Ya dicen que aquello que acostumbra a buscarse con ansia suele llegar cuando uno menos se lo espera. Sucede lo mismo con los amores adolescentes.  



20ª Milla Urbana 


Sabía de antemano que iba a suponerme la carrera más difícil de las tres. Era la más corta y la más explosiva y a mi no me van bien este tipo de esfuerzos. El riesgo y la vergüenza de llegar el último arrastrándome eran más que evidentes. 
Tampoco tenía referencias del tiempo que podía o debía tardar porque es una distancia que no había entrenado nunca. 
El recorrido consistía en dar tres vueltas de 500 metros antes de encarar la recta final. 


Cada franja de edad tenía su salida propia y a mi me tocaba salir en la última de las tandas, la número 13 a las 20:10 de la noche. O sea, que tendría apenas una hora para descansar y recuperarme antes de afrontar la carrera nocturna. 
Ya en los prolegómenos pude observar como se preparaban los centauros que iban a salir en mi serie. Auténticos atletas a quienes iba a ser imposible seguirles la estela durante mucho tiempo. 
Creo que calenté bien pero no sirvió de mucho porque la salida se retrasó media hora, así que tuve que ingeniármelas para no enfriarme bajo la fina lluvia que empezaba a caer esporádicamente. 
Mientrastanto, iba urdiendo mi fantástico plan. En esta ocasión, el triunfo era que esos cuerpos celestiales no aparecieran por detrás y me aplastaran, el cometido era viajar por delante de ellos sin ser devorado. Evitar que me doblaran me pareció el único modo posible de afrontar la carrera. Lo mejor, concluí, era incrustarme en sus nucas hasta que su ritmo acabara conmigo. 


El señor de rojo disparó y los galgos arrancaron como si no hubiera mañana. Seguí a esa manada terrorífica mientras mi cuerpo dio de sí.

video

Noté que iba rapidísimo y miré el reloj. En ese momento, había recorrido 300 metros e iba a una velocidad de 20 km/h. Eso, para un terrícola, está más que fuera del sistema. Por eso y por el riesgo evidente de agotar demasiado rápido el depósito de gasolina, aminoré el ritmo aunque continué yendo todo lo rápido que podía, sin rendirme y ya sin volver a mirar el reloj para no asustarme o para no desanimarme, según se mire. 
Al empezar la última vuelta adelanté a uno que fue mucho más optimista que yo y que iba dejándose jirones por el paseo marítimo. Por detrás notaba demasiados pasos y aún más aliento pero no me apetecía mirar. Se corre más cuando se huye que cuando se persigue. 
A falta de 200 metros se me emparejó un corredor y cambió el ritmo. En un alarde corajudo, apreté los dientes y lo intenté aguantar mínimamente pero no me quedaba nada y entró en meta un segundo antes que yo. 


Fui instigado por la rabia y vencido por las piernas. Jugó mejor sus cartas y lo felicité entre jadeos en la llegada. La superioridad es simplemente eso. Observar antes, tomar perspectiva, escoger el momento y conocer el futuro. 

video

Crucé la meta con un tiempo de 6' 5", en la posición 15 de 19 participantes y habiendo corrido un ritmo medio de 3' 47", casi a 16 km/h.
La peor de las pruebas había pasado y creo que lo hice lo mejor que pude. No pensé en que tres cuartos de hora después tocaba la carrera que mejor me iba y no me guardé nada. Lo que pasa es que, como dije antes, es una prueba que simplemente no me va. Supongo que debe tratarse de una cuestión de iluminación, prisma y actitud. Hay espejos que te favorecen y otros te escupen el reflejo. 

3ª Night Run 5 km

A priori era la carrera que más me apetecía correr y que mejor se adapta a mis características pero ya estaba bastante fatigado y con poco tiempo para reposar. 
Si antes de venir ya pensé que acabarla en 22' 30" era un buen tiempo visto que en los últimos meses mis marcas estaban siendo bastante malas, tras una extenuante milla y con menos de tres cuartos de hora de descanso, quizás mis mejores previsiones fueron demasiado optimistas. 
Lo cierto es que al acabar la milla no sabía si era mejor estirar, seguir corriendo, calentar o sentarme. Además, la lluvia fina empezó a engordar y a ser más persistente, así que había riesgo de enfriarme demasiado. 
El recorrido consistía en dar dos vueltas a un circuito cerrado de 2'5 kilómetros. 



Aguanté la temperatura corporal como buenamente pude a base de estirar y trotar suavemente. Viendo que en esta carrera salía toda la manada de golpe, rápidamente me dirigí al arco de salida para coger el mejor sitio posible. Aún y así, me ubiqué en el centro del pelotón, con lo que me tocaría trepar, saltar y hacer de todo hasta encontrar mi lugar en la carrera. 



Y ahí se dio la última salida del día. El primer kilómetro lo pasé esquivando, adelantando y a veces arriesgando hasta llegar a una posición cómoda. No me acordaba del reloj y sonó al recorrer los mil primeros metros. Los completé en 4' 17". No era para tirar cohetes pero la verdad es que podía haber sido peor. Manteniéndolo podría conseguir bajar de la marca que había previsto. 



Al empezar la segunda vuelta vi que había invertido 11 minutos clavados en completar la mitad del recorrido. En ese punto iba emparejado con la tercera mujer y los dos primeros niños de no sé que categoría. La moza, que tenía una zancada de libro, nos dio un arreón mortal y se fue sin pestañear. La elegancia en el deporte, y tal vez en la vida, es hacer lo extraordinario sin aparentar esfuerzos, sin escorzos ni crispaciones. Eso es tener clase, sin más. 
Por mi parte, empecé a notar la actividad cuando me quedaban sólo un par de kilómetros. Me vino un cansancio repentino cuando menos lo esperaba, cuando quedaba tan poco. En ciertas ocasiones, los dados, malditos, sí que tienen memoria. 
Me quedé con los dos chavales y corrimos juntos hasta que cuando restaban 500 metros, uno cambió el ritmo y se marchó en solitario. El otro, exhausto, no lo pudo seguir y nos quedamos los dos juntos. Le dije que siguiera, que quedaba poco y que toda la gente lo estaba animando para que atrapara al de delante pero se quedó vacío.  
Aflojé cortésmente la marcha en los últimos metros para que entrara solo en meta como el segundo clasificado de su categoría. Al llegar, lo felicité y el niño, entre muchos jadeos y más gotas de lluvia, me dio las gracias por echarle una mano aunque al final no sirviera para nada. 
Por mi parte, cumplí mi objetivo y acabé con un tiempo de 22' 17", sobrándome sólo unos pocos segundos. Ocupé la posición 79 de 240 participantes. 



Fue una jornada deportiva muy bonita, muy bien organizada, con un marcado carácter solidario y en la que participó mucha gente. 
En la clasificación final del reto Tri1day, figuro en la posición 11 de 24, en la primera mitad de la tabla clasificatoria. 




Quizás el hecho de improvisar y presentarme sin habérmelo pensado mucho, hizo que fuera sin tensión y sin nada que perder. También ayudó que, a diferencia de otras veces, lo di todo en cada una de las tres carreras sin pensar en el después y no me dejé nada, siempre dentro de mis posibilidades. 
El resumen más claro es que siempre tuve fe hasta que tuve algo de fuerza. Esto último, igual que la esperanza, no es lo último que se pierde: la razón es lo que entregamos cuando ya no nos queda nada más. 



viernes, 22 de mayo de 2015

La Rioja Bike Race 2015 (Epílogo)

Si te gusta la bicicleta de montaña, es una carrera altamente recomendable. El recorrido es variado y cada día tienes de todo: pista ancha hacia arriba y hacia abajo, bajadas técnicas, rampas duras, subidas complicadas o tramos llanos en los que volar. 
Los lugares por los que se circula son, en su mayoría, zonas boscosas con paisajes realmente bonitos, casi de postal. Sólo pisas el asfalto para entrar y salir de Logroño.  
Está muy bien organizada, con muchos servicios al corredor, avituallamientos generosos y variados, voluntarios muy amables y predispuestos y con una señalización que no da lugar a confusiones. 
El ambiente que se respira también es magnífico. La mayoría de los que se inscriben lo hacen para pasar tres días haciendo lo que más les gusta y eso se nota. Entre todos nos ayudamos y así la carrera se hace mucho menos dura. 
Mención a parte se merecen las personas que había en cada rincón por los que pasé con mi bicicleta. Fue impresionante como nos animaban. Incluso a veces llegabas a sentirte como aquellos ciclistas que ves en la televisión rodeados de gente anónima apoyándoles. 
El único pero, quizás, es que hay demasiada gente inscrita y se forman muchos tapones que hacen que estés mucho rato parado o que tengas que caminar con la bicicleta a cuestas. 




A nivel personal, pude completar el mayor reto deportivo que me había planteado hasta entonces. El único objetivo era acabar y será por eso que fui con pies de plomo durante los tres días. A lo mejor fui demasiado conservador, pecado mortal salvo que en realidad uno amarre por agotamiento y tenga muchas ganas de correr pero ninguna fuerza.  
Mucha parte de mi pequeño gran éxito personal se lo debo a mi bicicleta. Sigo diciendo que era la peor de todas las que ahí se juntaron pero no me dio ni un solo problema en los tres días de carrera. Aún no entiendo como puede quererme tanto con las cosas que le digo. 
Mis dos compañeros hicieron una carrera mucho mejor que la mía, cosa que también era evidente. Son mucho más técnicos que yo y bajan como un tiro. Aunque no sé porque arriesgaron tanto si a los tres nos iban a dar la misma medalla. Les felicito porque también se lo merecen. 




Pasé algunos momentos complicados que me hicieron dudar sobre mis posibilidades. En el primer día, el frío, la lluvia y mi mala gestión, me hicieron preguntarme una y mil veces qué diantres estaba haciendo ahí arriba. Me desperté al día siguiente con ganas de volverme a acostar y en cuestión de poco tiempo se me estropeó el cuentakilómetros, perdí una barrita y se me torció la cala de la zapatilla derecha. Pero de vez en cuando, y sin que se convierta en costumbre, se hace justicia. De pronto, se endereza lo que parecía tan retorcido como las tripas del infierno. Los protagonistas somos humanos y el esfuerzo es terrenal pero la inspiración siempre es mágica y es lo que te hace avanzar. 
Este hito minúsculo se lo tengo que dedicar a los que me apoyan a diario: familia, amigos y compañeros de trabajo y, en especial, a quienes están tan cerca de mí que son casi yo. A mi novia, a mi hermano, a mi padre y a mi madre que, aunque no me lo digan, creen más en mí que yo mismo. Eso es lo más grande que puede ocurrirle a uno. 
Al final, siempre al final, es cuando haces balance y piensas si lo que hiciste tiene un sentido. Y aunque ahora la tentación es muy grande, no diré que fue bonito mientras duró porque esta sensación será eterna. Lo que se hace con el corazón no debería olvidarse nunca. 
La vida no es tan fácil, dirán algunos. Pero la enseñanza sirve y lo sueños se cumplen, a veces de una tacada. Yo logré conseguir lo que había imaginado mucho tiempo antes. 



jueves, 21 de mayo de 2015

La Rioja Bike Race 2015 (Etapa 3)

Abrí los ojos muy animado y con ganas de acabar el reto. Físicamente seguía igual de lastimado pero además me aparecieron unas molestas rozaduras en las nalgas. Esto ya me preocupaba más aunque tampoco podía hacer mucho más que ponerme vaselina. Mis compañeros no estaban mucho mejor: uno con el estómago en cuarentena y otro con las rodillas desengrasadas. 
Si la bicicleta seguía sin averías, todo sería más fácil. Hasta el momento no había sufrido ningún desajuste de frenos o de cambio, ni roturas de cadena, ni pinchazos. La máquina se estaba comportando impecablemente y seguro que era la que presentaba las peores prestaciones de todas las que había en la parrilla. Y con sus quince kilos de peso. 
El postre eran sesenta y siete kilómetros con un desnivel positivo acumulado de dos mil metros. En la salida se comenta que las subidas hoy tendrán más inclinación que ayer. 



Salimos algo más tranquilos y con un ambiente más distendido si cabe. El primer tramo es llano y se rueda bien hasta que en el kilómetro ocho aparece el primer tapón del día en una larga rampa de subida un poco técnica pero que creo que podría hacerse bien. La pateada dura un buen rato y, una vez arriba, se puede volver a rodar por pistas más anchas pero siempre en terreno ascendente. 
Se pasa por Clavijo y se atisba a lo lejos su castillo a través de un terreno duro y empinado, con rampas cuyos desniveles son más que serios. A diferencia de los dos primeros días, hoy sí que me paro en el primer avituallamiento y cargo de lo lindo porque el segundo está a más de treinta kilómetros. Hoy hace más calor y voy igual de abrigado que ayer, así que es probable que necesite más líquido. 
La mala suerte de ayer se invierte. Además de gozar de unos paisajes más agradecidos y bonitos que en las dos jornadas anteriores, el perfil de la etapa que llevo enganchado en el manillar me la juega a mi favor. Cuando creo que me deben faltar un par de tediosos kilómetros para acabar la subida, resulta que empieza la bajada. En ocasiones así, en las pocas veces que todo sale bien y el viento nos infla la camisa, la lástima es no tener un casino cerca. Además, resultó ser la bajada que más me gustó de todas las que hicimos y la disfruté mucho.  
Pasado el momento de gloria, se volvió a enfilar un tramo ascendente por pista ancha que duró unos pocos kilómetros. También fue la subida que más me acabó gustando: el piso era firme y las rampas largas y tendidas, un trazado acorde con mis características. 
Parece que los peores desniveles ya han pasado y me motiva ver que me queda menos de la mitad de la etapa. Nada empequeñece tanto como la pérdida de confianza y nada engrandece más que la seguridad en uno mismo. 
Quedaba pasar por la senda del monolito en Nalda, un tramo descendente, pedregoso, estrecho y divertido que seguro que disfrutaron aquellos que son más técnicos y que tienen más bemoles. 
Quise animarme en algún momento con la bajada pero estuve a punto de darme de bruces un par de veces. Cuando quería intentar soltarme no tuve mucho éxito aunque creo que mi actitud fue bastante digna. La eterna realidad es que no lucho contra nadie, sino que me rebelo contra mis propias debilidades. 
Acabé el tramo complicado y me avituallé antes de encarar un largo tramo favorable de llanuras y viñedos interminables antes de dar paso al sube baja final de siempre. 




A falta de cinco kilómetros, me apeé de la bicicleta, me quité el cortavientos (hacía bastante calor) y llamé a mis compañeros para que estuvieran preparados y me hicieran una foto y/o un vídeo en la llegada. En menos de 10 minutos estoy ahí, les digo. Que tengan que esperarte tiene estas cosas. 
La sensación de vivir un momento personal importante me empujó tanto como las ganas de adelantar a alguien en los metros finales. Hubiera alcanzado a algún corredor de no ser porque la gran mayoría ya estaba de vuelta a casa tras haberse impregnado de la fragancia que dejan las nubes del Olimpo riojano. 
Fue glorioso, espectacular, hermoso, increíble. Yo corrí, yo lo viví y jamás podré olvidarlo. 




miércoles, 20 de mayo de 2015

La Rioja Bike Race 2015 (Etapa 2)

Cuando me desperté, mi estado anímico rondaba entre el sueño y la tristeza. Puede añadírsele algún tipo de disgusto primario, quizá infantil. De tanto en cuanto, los niños hacen huelgas de brazos caídos, de muecas apagadas. En ocasiones los niños deciden no pasárselo bien y entonces es cuando lo pasan francamente mal. 
Me dolían casi todas la partes del cuerpo aunque el día antes puse especial atención en ponerme cremas frías, comer y beber recuperadores y tomarme un antiinflamatorio antes de acostarme. 
Estaba literalmente destrozado y con ganas de nada. Incluso llegué a pensar en no presentarme en la salida. Se puede andar mal de inspiración o de talento pero la falta de pasión resulta imperdonable. Morder es el mínimo requisito para quien se mide a un adversario superior, que son casi todos, o a un recorrido demoniaco, que los hay a patadas. 
El problema era únicamente mío. No hay buenas ideas sin buenas piernas ni se puede exigir demasiado valor a quien le escasea el aliento. 
Para colmo, se disputaba la etapa reina y tocaba recorrer casi ochenta y tres kilómetros con un desnivel positivo acumulado de dos mil tres cientos metros. 



Según mis cálculos, si ayer estuve casi cuatro horas y media encima de la bicicleta, hoy podría irme hasta las siete. 
La meteorología parecía algo mejor que la de ayer pero decidí ponerme un cortavientos encima del maillot y me llevé la mochila para guardarlo por si pasaba calor.  
El orden de salida de la etapa se estableció según la clasificación del día anterior, así que me tocaba salir de los últimos, cosa que no me desagradó en absoluto aunque tampoco cambió nada: se volvió a salir a cuchillo. Cuando quise ver si íbamos tan rápido como ayer, vi que el cuentakilómetros no funcionaba. Lo recoloqué varias veces pero seguía sin marcarme nada. O se había roto o el sensor se habría movido. El caso es que sufrí el primer contratiempo (leve, para que engañarnos) nada más empezar. 
Un llano muy largo nos llevó hasta las calles de Viguera, donde empezó una subida por rampas hormigonadas con pendientes de hasta el veinticinco por ciento. Acabada esta tachuela, llegaba el primer avituallamiento, en el que tampoco me paré, y seguidamente la calzada romana que une Viguera y Torrecilla en Cameros. Si bien nos dijeron que era un tramo bonito de hacer, también nos advirtieron que habría tapones y que se convertiría en una ratonera con tanta gente. No fallaron nuestros guías. Tardé una hora en poder recorrer siete kilómetros, la mayoría a pie, obviamente. Además, hubo algún accidentado serio que tuvo que ser evacuado. 
No recuerdo como fue pero noté que la cala de la zapatilla derecha se me torció al rato de pasar por el segundo avituallamiento. Estaba llena de barro y uno de los tornillos se había perdido. Me resultaba imposible arreglarla en ese momento y la única opción era hacer los cuarenta y cinco kilómetros restantes sin calar el pie derecho. No era un drama insalvable pero era un momento delicado. 


Además, también me di cuenta de que había perdido la barrita que tenía previsto comerme en pocos minutos. Estaba siendo golpeado por el fuego de morteros. Así ataca de vez en cuando el infortunio, con artillería ligera. 
La verdad es que al principio se me cayó la casa encima. A veces ocurre. Y para que suceda no es necesario saltar sobre el tejado. De pronto, el techo se viene abajo, vaya usted a saber por qué: movimientos sísmicos, pensamientos negativos o simplemente por el aterrizaje de un raquítico gorrión. 
Existe la certidumbre de que, en un mundo tan caprichoso como el que nos ha tocado conocer, sólo hay dos maneras posibles de soportar la injusticia, sea divina o humana: resignándose a sufrirla o aliándose con ella. Por eso me recomendé ponerme bailar y dejar de pensar en la muerte. Por eso en mitad de un naufragio cualquier tabla astillada puede resultar tan acogedora como un camarote con balcón. 
Dándole vueltas a la cabeza casi me olvidé de Moncalvillo. Había que trepar por el mismo muro que ayer pero por otra vertiente. Sólo deseaba dos cosas: que la subida fuera más sencilla y por pista ancha (sin calas en subidas técnicas tienes poco que hacer) y que no hiciera tanto frío. Lo primero lo conseguí aunque la ascensión se me hizo más larga. Igualmente, los repetidores de Moncanvillo seguían ahí, intuyéndose entre la niebla pero hoy sin lluvia, al menos. Cuando lo coroné llevaba ya cinco horas de carrera pedaleando sin descanso pero moviéndome como un autómata, sin sentimientos y sin pizca de fe. 
El siguiente paso era bajar por el Sendero de las Neveras, que era una bajada muy técnica y larga y que pude completar a mi ritmo, sin apearme de mi máquina y sin muchos problemas. 
De ahí a meta, casi lo mismo que el primer día pero con más tralla en el cuerpo. 



Los últimos cuatro kilómetros los hice con dos participantes más. De cachondeo, acordamos que nos jugaríamos la victoria al sprint. Les advierto que ayer ya gané uno pero que hoy voy con un pie sin calar y que esa era su ventaja. Nos reímos los tres y vamos dándonos relevos hasta el tramo final. Aguantamos el ritmo y habíamos llegado demasiado lejos como para dejar de luchar aunque en juego no hubiera nada. Cada uno contaba con una esperanza y con un plan. Cada cual tenía una bala. La que acertó fue la mía, otra vez. Llegué a meta tras más de seis horas y media de etapa y habiendo disputado otro sprint inútil. 
"Y ahí está con el dorsal 719, Iván Fernández Murillo, llegando a meta...", escuché. El speaker me había nombrado. Supongo que es una de las ventajas de llegar en el grupo de los cadáveres. 
Mis dos compañeros habían llegado mucho tiempo antes que yo, igual que el día anterior. No sufrieron ningún percance y llegaron sanos y salvos. No esperaba menos de ellos. 
Sumé cansancio al cuerpo pero sabía que la misión estaba casi concluida. En ese momento cambió mi estado de ánimo. Me vine arriba mientras iba caminando hasta el apartamento tras dejar en el pabellón la bici limpia, engrasada y ajustada para el día siguiente. Fue media hora de paseo tranquilo y con la alegría de saberme casi superviviente.  
Arreglé tranquilamente el problema de la cala e igual que ayer, los tres lo dejamos todo listo para la última pelea y nos fuimos a descansar pronto. 
Leí una vez que en las competiciones por etapas nunca debes fiarte del último día, por más sencillo que te parezca. Hay que acabar como sea, se dice siempre, y a eso se le llama tenacidad, que no es más que la certeza de que, se gane o se pierda, uno cumple con su obligación. 

martes, 19 de mayo de 2015

La Rioja Bike Race 2015 (Etapa 1)

Amaneció con frío, nubes y viento y no sé como vestirme. Esta época del año es la peor para elegir la ropa adecuada. Creo que no lloverá y que a medida que pasen las horas se abrirá el cielo y no hará tanto frío aunque ahora sople bastante viento. Optimista como nunca. 
Me visto de verano pero debajo me pongo una camiseta de manga corta. Decido que hoy no me llevaré mochila y las barritas y los geles me los guardo en los bolsillos del maillot. 
Hacemos el trayecto desde el apartamento hasta el pabellón en bicicleta y tengo algo de frío. Llegamos a la parrilla de salida y veo que la mayoría de la gente va muy abrigada. No hay vuelta atrás y sólo espero que mi previsión se cumpla. Pensándolo ahora, si los vascos iban abrigados es que hacía frío. 
Los mil cien participantes se dividen en cinco bloques para tomar la salida según la franja de edad y/o los puntos que tengan. Yo ni tengo puntos ni estoy federado. Soy un infiltrado con derecho, básicamente. A mis dos compañeros les toca salir por la primera puerta con los profesionales y a mi por la tercera. Estoy en la mitad del meollo y no me gusta un pelo. 
Se da la salida y la gente va a fuego. Arrancan como si lo fueran a prohibir y me van pasando a pilones por todos los sitios. El público nos anima y de qué manera. Tomo precauciones para no caerme o que me tiren y me aparto a un lado, aunque haya baches. En el llano se va muy rápido y aquí casi todos parecemos buenos. Desde aquí os digo que ya le podéis dar las gracias a los rebufos y a la física. Mi cuentakilómetros marca algún pico de treinta por hora a pesar de que tenemos viento en contra. De locos. 
No sé porque hay tanta prisa teniendo en cuenta que nos esperan casi sesenta y un kilómetros con algo más de mil ochocientos metros de desnivel positivo acumulado.  




En el kilómetro siete llega el primer tapón de los infinitos que habría a lo largo de los tres días. Se trata de una subida de pista un poco estrecha, con pocas piedras y menos regateras pero que no parece complicada. En estos casos, suele ocurrir que a la que uno se para o se cae, el resto no tienen más remedio que imitarlo. Y con tanta gente se forma un parón importante. 
Me sorprende ver la cantidad de averías que sufre la gente. Unos arreglan pinchazos, otros toquetean el cambio o hurgan en la cadena. Hasta los más preparados sufren percances de distinta índole. El destino, ya lo dicen, es un nido de ametralladora. La suerte, siempre la mala, no distingue entre soldados y capitanes. Caemos todos. 
La carretera picó hacia arriba desde la salida hasta el kilómetro veintiocho, más o menos. Lo que ocurrió fue que a medida que esta se inclinaba más y que los caminos se retorcían, los grupos se fueron desmenuzando y el pelotón pasó a ser un lento hormigueo monte arriba. 
Por lo que a mi respecta, iba bien de fuerzas aunque estaba medio helado. El viento seguía soplando de lo lindo a pesar de ir buena parte de la subida camuflados entre bosques. No quería irme de punto y menos aún sin conocerme el recorrido.
Viendo que sería largo, desconecté y empecé a pensar en mis cosas. La subida tampoco requería mucha atención puesto que no era dura ni complicada. 




Obvíe el primer avituallamiento porque tenía comida y bebida de sobra pero empecé a tener mucho frío. Había que ascender hasta Moncalvillo (1495m) y luego el resto de la carrera era picando hacia abajo. Quedaban aún cinco kilómetros de una subida que se hizo larga y empezó a llover. 
Si el fin del mundo existe, se parece mucho a lo que vi allí arriba. Niebla baja y espesa, lluvia fina, viento gélido, nubes negras y gente dándole a los pedales. Una especie de Mordor a la riojana. Dejé de sentirme los dedos de las manos, se me heló la cara y las piernas y los brazos me pinchaban. Pasé un rato muy malo y un frío terrible y en ese momento tenía que afrontar una bajada técnica sin tacto en los dedos.
A medida que íbamos bajando, la temperatura subía y también volvían a aparecer los tapones. Encaramos un tramo que hubiera sido muy divertido de haberlo hecho entre cuatro amigos. Sendero estrecho con algunas piedras y raíces y flanqueado por una acequia y una alambrada. Mi misión aquí era no caerme hacia ninguno de los dos lados, está claro. Lo cierto es que era más complicado pedalear que caerme porque con tanto tráfico era imposible rodar más de veinte metros seguidos. 
En el segundo avituallamiento sí que me paré para llenar reservas. Al retomar la marcha, se empezaba un descenso por pista ancha con piedra suelta. Embalarte era sencillo y temerario. Lo hice sin querer y casi me cuesta la carrera. Arriesgar sin creer mínimamente en tus opciones es tan peligroso como afeitarse con una katana. Disfrutas del apurado hasta que aparece el primer punto de sangre. Ahí es cuando se plantea la encrucijada: aterrarse o disfrutar del lunar rojo. Y a mi, sinceramente, no me gusta el rojo. 
Por suerte, salvé una caída seria y aún no sé como. Solté los pies, frené con los dientes y creo que hasta cerré los ojos. Los milagros existen y los insensatos también. 
Siguió un llano largo de los que a mi me gustan y enlazamos con el tramo final que luego resultó ser común en las tres etapas. Un sube baja constante por pista a ratos ancha y a ratos más técnica, seguido de unos cinco últimos kilómetros muy favorables. 
En una de esas bajadas, sufrí el primer percance serio y me caí en un zarzal. Me magullé las piernas y la bicicleta se vino conmigo. Chapa y pintura, que dicen los profesionales. 




En ocasiones, no muchas, la furia es la respuesta y el choque es el efecto. Mejor será morir con vendas que vivir sin gloria, dicho sea metafóricamente. 
El decorado de vallas y carteles anunciaba la inminencia de la pancarta final, una especie de Ítaca con azafatas invisibles pero con muchos voluntarios entregados a la causa. 
Al final, conseguí resistir las embestidas de un recorrido que me resultó muy fatigoso y pude cruzar la meta ganando un sprint insignificante a dos corredores más. 
Comí, me duché, me cuidé tanto como supe y me puse a pensar mientras intentaba dormir. Un día menos. Una cana más. 

lunes, 18 de mayo de 2015

La Rioja Bike Race 2015 (Prólogo)

Suponía el mayor reto deportivo que he afrontado nunca. Consistía en recorrer en bicicleta de montaña un total de 210 kilómetros y 6100 metros de desnivel positivo acumulado repartidos en tres etapas sin descanso, de viernes a domingo. 
La verdad es que tenía mis dudas sobre si sería capaz de acabar la competición. No entreno específicamente la materia y, a pesar de que me gusta bastante y de que físicamente estoy en una condición buena, reconozco que no es lo mío. 
Mi perfil es claramente rodador, con condiciones normales para llanear, más flojas para subir y muy malas para bajar. Podría decir que me defiendo como puedo a pesar de mis limitaciones, que son bastantes. 
Poco amante de los recorridos muy técnicos, piquen para donde piquen, intuía que por La Rioja me encontraría de todo cada día y me daba cierto pavor el hecho de pensarlo.  
Así pues, mi única idea era aplicarme en la tarea con el entusiasmo de quien tiene un objetivo concreto (acabar la carrera) y la ambición de vencer a un perfil, a priori, bastante inabordable. 
Nos íbamos a Logroño un servidor y dos compañeros de fatigas, quienes dominan mucho más que yo el tema de las carreras. 



Siendo poco amigo de las improvisaciones, lo llevaba todo preparado, sobretodo en lo que respecta a las comidas. No tenía intención de hacer algún invento de última hora que pudiera removerme el estómago, así que me llevé hasta el desayuno de casa para evitar sustos. 




Tras un viaje que se nos hizo bastante largo, llegamos al punto de reunión cuando hacía sólo media hora que habían abierto sus puertas. La temperatura era bastante más fría que la de casa, del orden de unos 14 grados menos. 
Enseguida vemos que todo está perfectamente organizado y que se ofrecen múltiples servicios a los participantes (fisioterapia, aparcamiento cerrado y vigilado de bicicletas, restaurante, lavado, asistencia médica, guardarropa...). Recogemos los dorsales y nos vamos al apartamento a preparar las cosas para la primera batalla, a cenar y a descansar todo lo que se pueda. 
Hoy estamos frescos, risueños y con ganas de empezar. A las diez y poco de la noche estamos todos metidos en la cama. No tengo ninguna molestia y mi cabeza quiere correr. Creo que estoy preparado.