No es tan fácil intentar ser alguien por mucho que te empeñes en ello. Tampoco tienes que ser reconocido por todo el mundo o ser el típico a quien todos conocen por algo. Yo prefiero pasar desapercibido y desconfiar de todas las alabanzas. Llego, observo, callo y me marcho. Punto y final. Sólo intento ser yo sin querer ser nadie más porque no lo necesito. He abdicado de todas las opciones que podían alzarme los pies del suelo y subirme un poco más arriba. Prefiero seguir como hasta ahora y no pensar en ser nadie porque tampoco quiero ser como nadie. Ni busco ni espero porque no quiero nada más. Ya me conoces y sabes que no miento. El cielo está mucho mas cerca de lo que te imaginas.
Menudo estrés que llevo encima hoy. Desde que me levanté a las siete y media de esta mañana no he parado. Nada más acabar de trabajar, me he ido al gimnasio y ahora estoy haciéndome la maleta porque mañana me voy con mis amigos todo el fin de semana a esquiar. Lo de esquiar es un decir, está claro. Sólo he ido una vez y fue hace diez años con el instituto, así que sé bien poquito. Creo que ahora mismo no sería capaz ni de ponerme las botas pero lo intentaremos y a ver que sale. Así pues, mañana a las cuatro de la tarde nos vamos a Andorra hasta el domingo, que volveremos a casa en cuanto nos echen del apartamento donde nos hospedaremos. Ya os contaré cuantos huesos me he roto. Nos vemos pronto.
Si no tenéis nada que hacer un viernes por la noche, a eso de las diez y cuarto de la noche en TVE se emite "La hora de José Mota", un programa de humor que, a mi modo de ver, es realmente divertido. Dura una hora aproximadamente (no hay publicidad) y tiene un estilo similar a Muchachada Nui, que también lo emite TVE. Ambos consisten en una sucesión de escenas con un toque de humor sencillo y absurdo y que acostumbran a sacarnos unas buenas risas. Son dos programas que merece la pena ver. Lo protagoniza José Sánchez Mota (el moreno de Cruz y Raya), el mejor humorista que he visto nunca.
El 1 de febrero de 2009 empecé con esta historia. Hace mucho tiempo que tenía ganas de escribir un blog y decidí ponerme en serio a ver que es lo que salía y he aquí el resultado. Este blog cumple hoy un año y todos sus departamentos (redacción, producción, mantenimiento y demás) están muy contentos con él, con lo cual es muy probable que le renueven el contrato. Habrá que ver por cuanto tiempo...
Todo es insulso en la penumbra de este invierno melancolioso. El cimbrear de las cañas a pie de río, la marabunta de recuerdos que se reúnen inútiles, músicas que no escucha nadie, soledades devastadoras, sombras e incógnitas que llenan el espejo del miedo. Todo es insulso menos el amor que hacemos y deshacemos a pesar del mundo, cuerpo a cuerpo, piel contra piel, verso a verso. El amor que no entiende de promesas, de futuros lejanos, que huye de todos los papeles, cabalgando el instante supremo en el que gritas mi nombre. Todo es insulso menos el amor que nos libera de las máscaras sutiles. Los labios ardientes de verdades, las espaldas cargadas de buenas voluntades, la fragancia que se torna inconfundible, los momentos mágicos e inenarrables, tu benefactora presencia.
Lo leí cuando tenía 17 años. Cursaba 1º de bachillerato y en la asignatura de lengua castellana y literatura tenía la opción de leer libros de forma voluntaria y optar así a un incremento en la nota final, previo examen totalmente relacionado con el libro en cuestión. No lo escogí por nada en especial aunque recuerdo que el título me hizo gracia, nada más. Lo encontré muy entretenido y me lo leí bastante rápido, señal inequívoca de que me gustó mucho. Del posterior y correspondiente examen ni me acuerdo, la verdad. Holden es un adolescente rebelde, desagradable, maleducado y vago que ha sido expulsado de varios colegios. Nadie sabe ni lo que le pasa ni lo que quiere hacer con su vida hasta que un día su hermana Phoebe, unos cuantos años menor que él, le pregunta si hay algo en el mundo que le motive, algo que desee hacer. Holden le dice que le gustaría ser el guardián entre el centeno, un centinela que velara a lo largo y ancho del campo donde jugaran los niños para poder salvarlos cada vez que estén a punto de cruzar el borde y llegar a ser adultos. Gracias a Jerome David Salinger todos hemos querido ser alguna vez ese guardián entre el centeno, con algún u otro cometido. Otra cosa es que lo hayamos logrado. Descansa en paz.