martes, 22 de noviembre de 2016

Cuando nadas

Pensaba en como diantres lo hacían para nadar con la cabeza bajo el agua, apenas girando un cuarto de vuelta el cuello para respirar. Tampoco lograba saber como podían aguantar tanto tiempo yendo de un lado hacia el otro, como una simple pelota de ping pong. Tenía que ser extremadamente cansado pero ellos no paraban. Voltereta y hacia el otro lado. Y así una vez y unas cuantas más. 
Alguna vez intenté nadar de una punta de la piscina hasta la otra sin parar, a mi manera, y no supe. Me paraba a media afrenta, casi sin habla, medio ahogado y queriendo salir de ese caldo azulado. No sabía ayudarme con mi cuerpo y tampoco era capaz usar decentemente mis pulmones. Estaba negado.
No recuerdo exactamente ni como ni porque pero me empeñé en aprender como fuera. Supuse que lo esencial era aprender a combinar el desgaste físico con una respiración acompasada para evitar el cansancio derivado de una mala combinación de movimientos. Eso implicaba aprender, básicamente, técnicas de respiración y de nado. 
Perseveré tanto como supe y pude y en pocos meses y tras muchas sesiones, empezaba a alargar las piscinas recorridas. Terminaba exhausto pero algo me decía que lo estaba haciendo bien, que progresaba lentamente. 
Aprendí, además, que el físico no era suficiente: necesitaba saber sufrir mentalmente para saltar continuamente el muro que supone saber que todo el rato estás allí mismo, que no existen ni los paisajes ni las bajadas. 
Es curioso el deporte. Aunque nos gusta cantar la perfección de los cuerpos, la actividad física tiene una absoluta dependencia de la mente, hasta el punto de que no hay campeón que no sea capaz de doblar cucharillas con su determinación. 
Así llego hasta hoy, donde nado semanalmente mis seis mil metros de rigor. Doscientas cuarenta piscinas repartidas, normalmente, en dos sesiones de ciento veinte cada una o en tres sesiones de ochenta largos. 
Me planifico mi sesión y la divido en bloques para hacerla más amena. Estoy entre tres cuartos de hora y una hora y cuarto nadando. Cada largo son diecisiete brazadas. Cada piscina son unos treinta segundos. A veces he acabado acalambrado y otras, como una rosa. 
Si un día, por cualquier motivo, lo veo crudo, el método es sencillo: a escasez de fuerzas, se le echa valor y apego a los huesos propios y a la lycra del bañador. También se tira de ambición porque de eso hay que ir sobrado aunque dar la vuelta cada veinticinco metros pueda parecer un suplicio mental. 
El resumen es que yo he podido. La enseñanza es que todos podemos.  




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