viernes, 26 de diciembre de 2014

Resumen del año 2014

Lo que pasó fue fantástico y lo que viene podría serlo más. La felicidad es eso también en el deporte. Disfrutar del presente y del futuro que se acerca. Vivir en la antesala de cualquier entrenamiento y al día siguiente despertarse igual. Por eso en el final de las carreras se capturan, rendidos y desarmados, a los que somos aprendices de resistentes, de deportistas sin reparo. También por eso, a sabiendas de que llegar el primero es prácticamente imposible, presentarse en la salida ya es casi como haber ganado. 

Colecciono retos como si fueran dedales y soy consciente de que existe el riesgo de que agote las metáforas, los elogios y los superlativos; de que la emoción por concluir la próxima intentona parezca ya impostada. No caeré, al menos de momento, en esa trampa y cada reto tendrá su propia historia.  

XIII Duatló Ciutat de Vic

El primer duatlón de mi historia. Iba sin presión, ni propia ni ajena, y algo corto de preparación, sobretodo para concatenar esfuerzos. La consecuencia es que salí temeroso y la primera bala me rozó a los pocos minutos de iniciar la marcha. Poco después la segunda. El miedo corta más que las espadas. Acabé con una sensación ambigua: conforme con el trabajo bien hecho pero creyendo que pude haber luchado más. 




Marxa Popular de Vall-Llobrega

La primera carrera de montaña de mi vida: 16 kilómetros por caminos, pedregales, rampas empinadas, senderos y árboles carbonizados. Me sirvió mucho para aprender mentalmente. Si bien se trataba de una marcha popular, se me hizo muy dura y pasé momentos complicados. Lo que más trasciende de ese día es haber superado problemas y podido voltear situaciones adversas, reponerse, crecer, imponerse. Por el mundo hay gente así, que llega a esbozar sonrisas con las películas de miedo. 

XX Media Maratón Ciutat de Girona

Antaño me hubiera parecido imposible plantearme intentar correr más de media hora seguida sin pararme a descansar o a robar oxígeno. Aquí me enfrentaba a casi un par de ellas según mis cálculos. Fui demasiado valiente y corrí mal. Pude acabar la carrera pero no la planteé bien y la satisfacción comedida de las horas posteriores se convirtió en un cabreo que me duró varios días y que me hizo reflexionar mucho sobre lo que hice. Ahora cualquier análisis es ventajista, lo sé, y llenarlo todo de sangre sería muy tentador. Lo evitaré y no por ser elegante, sino porque ya no hay sitio junto a la camilla. Ya no cuenta, ni sirve, ni alivia. Ya no hay premio, sin embargo todavía queda algo de redención.  




I Marxa Cicloturista Palamós - Costa Brava

Pedaleé tres horas y media junto a gente que está harta de ir en bicicleta y que presuponía de un nivel infinitamente superior y con muchas más tablas. Yo hacía año y medio que me subía por primera vez en mi vida a una bicicleta de carretera y afronté con mucho respeto el reto de completar una distancia que hasta entonces sólo había visto por la televisión. Me incrusté en un pelotón de unas 10 unidades que me llevó al límite durante casi todo el tiempo. Lo asombroso es que, pese a descolgarme varias veces, nunca me caí del todo, jamás perdí al grupo de vista. Sufría como un galeote pero de repente remontaba gallardamente. Incluso en los últimos kilómetros me permití la desfachatez de asomar la nariz como si nada hubiera pasado, como si mi cuerpo tuviera varios dueños. Dicen que tener clase es eso: salvar el tipo y salvar la estética. 




III Triatlón Sprint Open Popular de Banyoles

Ante la inminencia de un desastre, no queremos ver, como si no viendo fuéramos capaces de conjurar el peligro, como si así pudiéramos sumergirnos en un sueño que nos permitiera despertar a salvo en otra parte. Por esa misma razón nos cubrimos con una sábana cada vez que intuimos la presencia de un asesino dentro del armario. No es muy lógico, pero a veces funciona. Sé que la paradoja no precisa de un libro de instrucciones. Diré que tuve mucha suerte porque lo malo me sucedió justo al principio y pude salvar el día. Me rezagué muy pronto y tocó encender la moto. Pasé de resignado a satisfecho en lo que dura un partido de fútbol. Bipolar en toda regla. Por eso hay personas que carecemos de gestos intermedios y oscilamos sin transición entre la sonrisa bobalicona y el ceño fruncido. Al final, muy al final, siempre vence la risa. 




SKODA Triathlon Series 2014 Tarragona

No hay novias más guapas que las que uno deja por el camino. Por eso suena tan bien aquello de ajustar cuentas. Fue la confirmación de un cambio, del sentido de un trabajo concienzudo y silencioso. Hay lámparas que hay que frotar durante un buen rato antes de que salga el genio. El tiempo, además, suele correr en favor del más fuerte; el talento, por poco que sea, ayuda a que se inclinen las balanzas. La combinación de ambos factores resulta infalible.




XXXVI Cursa del Carrer Nou de Girona

Seguramente fue la carrera en la que más satisfecho he acabado. Nada indicaba que pudiera hacer un buen papel y al final pude superarme holgadamente. Eso es tanto como hacer que las agujas de un reloj caminen al revés. Tanto como no rendirse. Las apariencias engañan casi tanto como los gestos. 




XI Marxa dels Traginers de Palamós

Fue un día largo en la oficina. Segunda carrera de montaña y más dura y más complicada que la primera. Mentalmente creo que estuve correcto. No me cebé pero tampoco me dormí. Supe gestionar mis fuerzas y psicológicamente acabé muy entero. He ido aprendiendo que la tranquilidad nunca es completa. 




XVII Marxa dels 20 kilòmetres de Platja d'Aro 

Esta es la carrera de la efeméride porque mi historia empezó aquí hace un año. Si por entonces hice una locura, ahora estaba más seguro de lo que tramaba. Regulé mucho en todo momento y me impuse un ritmo soportable. Acabé muy satisfecho y físicamente bien, tanto que podría haber bailado tras cruzar la meta. No obstante, nadie baila para celebrar que el semáforo se pone en verde. Se baila por lo extraordinario, en las bodas o en los Mundiales, se baila ante el poderoso (si hay valor), se baila para aparearse (si hay con quien) y se baila en Fama. Otros bailes no proceden. Ni siquiera el más telúrico y sicalíptico imaginable. 




V Marxa Popular de l'Ardenya (10km)

La oportunidad perdida. Fui bien durante la primera mitad del recorrido y tuve opciones de hacer mi mejor resultado de siempre pero cometí un error garrafal y me perdí cuando iba en tercera posición. Acorté camino sin quererlo y la posibilidad de entrar entre los primeros la arrojé por el sumidero y, con razón, quedé debidamente descalificado. 





Me he ido reinventando, que es algo que requiere mucho tiempo y que es bastante laborioso. Quien lo probó lo sabe. También me siento satisfecho por lo conseguido y por lo que puede venir. De hecho, la felicidad es un estado ideal e improductivo: nadie escribe un buen poema empachado de satisfacción ni ningún dichoso ataca tres vallas sin derribar alguna.

Aquí se cierra el año que acaba porque nacerá otro en poco menos de una semana. Seguiremos trasegando e intentando mejorar en cada largo, en cada zancada, en cada puerto. Y es que he descubierto que soy incapaz de aburrirme porque siempre encuentro algo que me empuja a seguir. Una pequeña motivación, un simple detalle o un bonito recuerdo. Para los que somos así, en el cielo está el límite.





miércoles, 24 de diciembre de 2014

Estadísticas del año 2014

Ahí van unos cuantos números. 

Natación 

- Tiempo total en el 2014: 87h.  

- Distancia recorrida en el 2014: 248km. 

- Entreno más largo: 1h 10' (3.000 metros, 120 piscinas). 

- Mayor distancia recorrida en una semana: 10.000 metros (400 piscinas). 

- Velocidad media más rápida: 3km/h. 

- Distancia media recorrida a la semana: 5.000 metros (200 piscinas).

- Tiempo medio de natación a la semana: 1h 45'.

Bicicleta de montaña 

- Tiempo total en el 2014: 123h. 

- Distancia recorrida en el 2014: 2.760km.

- Entreno más largo: 4h 30' (100km). 

- Mayor distancia recorrida en una semana: 115kms. 

- Velocidad media más rápida: 26,3km/h.

- Distancia media recorrida a la semana: 45km.

- Tiempo medio de bicicleta de montaña a la semana: 2h 30'.

Bicicleta de carretera  

- Tiempo total en el 2014: 133h. 

- Distancia recorrida en el 2014: 2.990km.

- Entreno más largo: 5h 48' (136,3km). 

- Mayor distancia recorrida en una semana: 253kms. 

- Velocidad media más rápida: 36,9km/h.

- Distancia media recorrida a la semana: 70km.

- Tiempo medio de bicicleta de carretera a la semana: 2h 45'.

Carrera a pie

- Tiempo total en el 2014: 131h. 

- Distancia recorrida en el 2014: 1.450km.

- Entreno más largo: 2h 7' (21,1km). 

Mayor distancia recorrida en una semana: 51kms. 

- Velocidad media más rápida: 13,6km/h.

- Distancia media recorrida a la semana: 29km. 

- Tiempo medio de carrera a pie a la semana: 2h 30'. 

Total

- Semana con más horas de entrenamiento: 16h 34'.

- Horas de entrenamiento en el año 2014: 474h. 

- Tiempo medio de entrenamiento a la semana: 9h 30'. 






sábado, 6 de diciembre de 2014

V Marxa Popular de l'Ardenya (10km)

En el cajón de salida de las carreras suelo mirar a mi alrededor. He aprendido que empaparme de lo que se habla en las prolegómenos puede resultarme bastante útil. Intento percibir el nivel de los que tengo más cerca y me gusta escuchar las conversaciones, sobretodo si hablan del ritmo que pretenden llevar o si comentan cosas concretas de partes del circuito como la longitud de una subida o el estado de una trialera.  
Al disputarse cuatro carreras el mismo día y al haberme apuntado a la más corta y sencilla, imaginé que la gente más experta en estas lides llevaba ya un buen rato disfrutando y/o sufriendo por los interminables toboganes de l'Ardenya. Mientrastanto, yo justo acababa de hacer un buen calentamiento para apaciguar el suave fresco que hacía. Así pues, y echando un vistazo rápido a lo que se movía cerca de mí, lo cierto es que no se notaba mucho ambiente competitivo para la disputa de la carrera de diez kilómetros. 
Tanto es así que nadie quería ponerse en la primera línea donde sólo unos pocos estábamos ubicados, justo debajo del arco de salida. Sabiendo que mi sitio no estaba ahí, hice ademán de retroceder unos metros pero ya era demasiado tarde: sonaron las cornetas y tocó picar espuelas. 
Visto el panorama, salí casi de los primeros sin quererlo y pronto vi que la carrera tenía mucho de popular: no había pasado ni un kilómetro y, sorprendentemente, estaba entre los diez primeros. La marcha no era trepidante, como es de imaginar, y los tres primeros kilómetros los hice en doce minutos pelados. Además, iba escalando puestos lentamente y sin apenas esfuerzo. 
Así, y casi sin darme cuenta, había completado la parte más sencilla de la prueba y me encontraba en tercera posición. El segundo clasificado lo tenía a la vista aunque algo lejos y por detrás escuchaba muy de cerca a la manada pisar las hojas secas que cubrían cada metro del terreno que recorríamos. Todos callados y formando una rigurosa fila india. Cada ego tenía su parcela y no invadía la del otro.  
Llegué al primer repecho importante del día y conseguí distanciar a los que me rezagaban sin fatigarme ni cambiar la intensidad de mi marcha. Afronté la pendiente como si se tratara de un entrenamiento más, de una subida cualquiera. Miré de soslayo un par de veces y no vi a nadie. Iba tercero. Todo estaba saliendo demasiado bien. 
En este punto, quien sabe si por la emoción o por la inconsciencia, empecé a creerme que podía hacer un buen resultado, el mejor de mi corta historia deportiva. Si me aguantaba el físico y no perdía de vista al segundo, podría apretar al final y cogerlo. Si seguía a este ritmo y teniendo en cuenta que no venía nadie por detrás, podría incluso hacer podio. Si me adelantaba alguien, no pasaba nada porque a lo mejor podría seguir quedando entre los cinco primeros. O quizá entre los diez. Sería un buen puesto, fuese el que fuese. Quedaba la parte más dura pero los que tuvieran que cogerme tendrían que recuperar mucho terreno. Hice tantas cábalas y pensé en tantas combinaciones que no me hizo falta cantar mentalmente como otras veces de lo entretenido que estaba. Estuve fantaseando como hacía tiempo que no me sucedía. Volver a casa triunfante es uno de esos placeres que el destino reserva sólo a los más afortunados y a lo mejor, por fin, había llegado mi día tras tantos esfuerzos. 
Pero tras la virtud llegó el pecado. Imagino que le di tantas vueltas y que me revolqué tanto en mi jardín, que me abstuve por completo de todo lo demás y me perdí. Entre flechas blancas esbozadas en la tierra, puntos azules marcados en árboles y piedras y cintas rojiblancas enganchadas en las ramas, llegué al avituallamiento y me advirtieron que iba al revés. También me dijeron que iba el primero y que no había pasado aún nadie por allí. 
Ahí se enterraron todas mis esperanzas. Me había equivocado de camino y había atajado sin quererlo. No supe cuanto pero estaba claro que el trecho era importante porque miré hacia atrás muchas veces y no había ni rastro de nadie más. Tampoco me paré a pensarlo y seguí dando inútiles zancadas. Me quedaban unos kilómetros de castigo por mi despiste. Un castigo más que merecido, pensándolo bien. Mis buenos propósitos y mi esfuerzo dejaron de tener sentido. 
Aflojé el ritmo inconscientemente por el hundimiento anímico que me supuso verme fuera habiendo estado tan adentro. Al cabo de pocos minutos se me juntó un grupo de cuatro integrantes. Los dejé pasar y los estuve observando durante un rato. Ninguno de ellos era alguno de los dos primeros clasificados. No me sonaba su vestimenta y el ritmo que llevaban era del montón, como el mío. Tras recorrer unos metros les pregunté si se habían perdido. Me respondieron que quizás sí pero que ya daba igual, que estaban a punto de llegar. Incluso hablaron entre ellos para disputarse la carrera en la recta de meta. Llegué detrás de ellos y paré el reloj. Marqué un tiempo de cuarenta y cuatro minutos y treinta segundos. Ocho kilómetros con setecientos sesenta metros. Me faltaba un kilómetro y medio, más o menos. Ya me cuadraba todo. 
Me dirigí a la mesa de cronometraje y les expliqué lo que había pasado. A grandes rasgos, les dije que me había confundido y que había hecho trampa sin quererlo. Me dieron las gracias por decirles la verdad y también me felicitaron irónicamente porque me había saltado la parte más dura del circuito y porque me equivoqué para bien: al menos no corrí más kilómetros de los que tocaban. 
Mientras me lamentaba amargamente por mi error, empezaron a llegar, ahora ya sí, los primeros clasificados, alcanzando tiempos lógicos para la distancia que se recorría. El hormigueo de corredores era interminable en una de las carreras más famosas, con mejor recorrido y mejor organizadas de todas las que se disputan por la zona. 
Gestionar el estrés es tan importante como gestionar el cansancio y no supe hacerlo bien el día que mejor iba todo. En la clasificación no hay ni rastro de mí. Descalificado, obviamente. Lo cierto es que me lo merezco y me atribuyo todas las culpas. Siempre digo que perdiendo se aprenden muchas más cosas que ganando. 
Así acabó y así me fui, sabiendo que por un error que nunca pensé que cometería, no he podido hacer la mejor clasificación de mi vida en la que tal vez sea la última carrera del año. Con un sentimiento mucho más triste que el de perder. Con la terrible sensación de que me he quedado sin la mitad del invierno, con lo que a mi me gusta. Y acaba de empezar.  

domingo, 16 de noviembre de 2014

XXVII Marxa dels 20 kms de Platja d'Aro

Me hacía ilusión repetir en esta carrera y por eso tenía guardada la fecha desde hacía mucho tiempo. De hecho, mi modesta incursión en el mundo de las carreras populares fue gracias a esta marcha. La orden de salida se da a escasos tres minutos caminando desde casa y eso ayuda.  


Pensando un poco, hace un año que empezó esta historia atisbadamente seria. Supongo que lo hice por probar y porque, por lo general, nos gustan las cosas nuevas. Como sociedad, como aficionados o como curiosos. Cada novedad es una esperanza de algo mejor, no importa que lo anterior ya fuera bueno, estupendo o magnifico. El impulso es puramente humano. Nos gusta cambiar, quizá, porque nos gusta añorar. 
El circuito era idéntico al de antaño, buena temperatura y el humilde aliciente de empezar y acabar corriendo, sin que sobraran kilómetros o desgana. 
La salida no me parece rápida y los que guían a la manada no están muy lejos. Da igual, la verdad. Normalmente, basta con alzar levemente la mirada para intuir quien va a llegar un mundo antes que tú, quien va a hacer que tu ritmo, tu marca o tu cansancio sea irrisorio. Son las ventajas de sintonizar una frecuencia distinta al mundo convencional, de llevar otros sombreros. Mientras ellos se visten de superhéroe, el resto de la gente todavía es incapaz de recordar su nombre y apellidos. 
Siendo consciente de que la parte más dura está entre los primeros cinco kilómetros, le advierto a mi hermano que hay que tomárselos a ritmo y con relativa calma para poder culminarlos a un ritmo que no nos lastre. Los siguientes cinco son los más rápidos que vamos a hacer debido a que hay un tramo descendente muy largo y apretamos los dientes. Llegamos a la mitad y vamos bien. Sé que en los siguientes cinco kilómetros hay un tramo de quinientos metros severos que tenemos que librar como mejor sepamos. Lo conseguimos finamente. Nos faltan los últimos casi seis y es el tramo que se me atragantó el año pasado: un sube baja con escaleras y un tramo de playa. 


Vamos hablando para que se nos haga más ameno. Entre los dolores de uno y de otro, músculos a punto de subir y ánimos a punto de bajar, estamos llegando al destino. Se nos hace pesado pero lo logramos. Es la primera vez que él corre veinte kilómetros. Lo recordará siempre, como yo, que he mejorado mi tiempo en la distancia y que sigo disfrutando al atarme las zapatillas, al darle pedales a cualquiera de mis dos bicicletas o al ponerme el bañador y el gorro. Las ganas y el trabajo.    
Es posible que mis ilusiones estén engordando demasiado para morir cualquier tarde, pero creo honestamente que tengo que agradecerme el empeño. Los que se ven obligados a batallar en contra de su voluntad se abandonan a la primera dificultad para tener razón, para demostrar que no estaban en condiciones de hacerlo. 
Sin embargo, y si se juega como se entrena, basta con recordar días complicados en los que la mente y/o el cuerpo no iban y que pudieron salvarse cortésmente. Y no caerse ni llorar. Ese es mi combustible: saber que ya lo hice. 



 

martes, 11 de noviembre de 2014

XI Marxa dels Traginers de Palamós

Madrugué mucho, quizás demasiado y encima sin quererlo. A las seis de la mañana del domingo estaba despierto y eso que había previsto levantarme a eso de las siete y cuarto. Pude desayunar tranquilamente y llegar con suficiente antelación a la salida. 
Me esperaban casi veinte kilómetros de carrera a pie por la montaña. Según el mapa del recorrido, la mayor parte de los tramos ascendentes estaban en la primera mitad para luego acabar bajando. 





Ya de inicio se formó un tapón considerable y esperable. No había ni pasado un kilómetro y ya se ascendía por un camino estrecho y empinado en el que sólo podían correr o saltar aquellos que estuvieran mejor preparados físicamente. El resto de los mortales avanzábamos a correazos, usando árboles y arbustos a modo de barandilla. 
Seguramente sea lo único reprochable a la organización, ya que hasta casi el tercer kilómetro no se separaban los circuitos largo y corto de veinte y siete kilómetros, respectivamente. 
Hasta ese punto había un tramo excesivamente estrecho compartido entre los más atrevidos y los más reservados, entre los caminantes y los corredores, entre los valientes y los temerarios. 
El resto, perfecto. El recorrido estaba debidamente indicado en todo momento por cintas, carteles y marcas en el suelo. Había cuatro avituallamientos bien repartidos y también un par de puntos atendidos por personal médico debido a que se trataba de tramos en los que era fácil tener un resbalón. 
El meollo empezaba cuando se podía empezar a trotar con decencia. Una pareja de corredores bien equipados iban hablando a mi lado y señalaban a otro corredor que iba unos veinte metros por delante. Decían que era bueno y que conocía el terreno. Decidieron aligerar la marcha para ubicarse a su espalda, siguiendo su paso. Como el ritmo no era para tirar cohetes, decidí seguirlos. 
Al empezar la segunda ascensión seria, se produjo un gracioso efecto dominó: el primero dejó de correr para ponerse a caminar, los otros dos lo imitaron y yo copié a los tres. Caminaban rápido y muy agachados, con las palmas de las manos posadas por encima de las rodillas. 
Los dos primeros avituallamientos los hice rapidísimo para no perderles de vista. Su ritmo no me fatigaba y era capaz de seguirlos bien. No hablaban entre ellos y la posición siempre era la misma, formando un rombo imperfecto: delante el que sabía, a escasos metros la pareja y cerrando la figura estaba yo, viendo, oyendo y callando.  
En los tramos llanos trotaban suavemente, para recuperar pulsaciones y estirar la zancada. En las bajadas, pies para que os quiero. En las subidas, si la pendiente era importante, espalda doblada, cabeza agachada y paso ligero.  
Al sentirme bien tuve la tentación de acelerar la marcha o al menos de ponerme delante del grupo pero rápidamente abandoné esa idea cuando la pareja rompió el silencio. Según ellos, llevábamos la mitad del recorrido y aún quedaban tres kilómetros con repechos importantes antes de iniciar el tramo más cómodo. El reloj, del que me había olvidado completamente, coincidió: justo en ese momento marcó el kilómetro diez. 
Al llegar al tercer avituallamiento, me regocijé entre los víveres y mi compañía se alejó más metros de los debidos. Tuve que elegir entre apretar y no perderles o bien dejarles y hacer lo que faltaba (unos siete kilómetros) a mi ritmo. La primera opción se antojaba más complicada y cansada al principio para, seguramente, ser más agradecida después. La segunda alternativa era muy incierta porque pasaba a depender, básicamente, de mi cabeza y de mis piernas tras más de una hora de tralla. 




Llevaba trece kilómetros y mi estado físico, ahora ya sí, noté que empezaba a menguar lentamente. A pesar de ello, aceleré el ritmo y volví a ocupar mi posición de convidado de piedra. Duré poco, apenas dos kilómetros, básicamente porque ellos estaban más frescos y más fuertes que yo, pero aguanté más de lo que había esperado. Se alejaron en una rampa pedregosa interminable mientras mis abductores hicieron el enésimo ademán de moverse de sitio. 
El cuarto avituallamiento lo hice ya más tranquilo, sabiendo que si todo iba bien en media hora como máximo llegaría a mi destino. Me dolía todo el tren inferior y había superado un par de momentos mentales complicados. Solamente quedaban, según un miembro de la organización, un par de bajadas complicadas y poco más. 
Acertó a medias porque omitió la existencia de algunos repechos que se hicieron eternos por su dureza, por el cansancio y porque uno era consciente de que se acercaba el final de la historia. Final que, por cierto, volvió a ser feliz, como ocurre con todas las cosas que se trabajan y se sudan pero que al final se acaban alcanzando. Sigo creyendo que está bien que todo cueste. 




domingo, 19 de octubre de 2014

XXXVI Cursa del Carrer Nou (10km)

El panorama no se presentaba como otras veces. Los días previos a la carrera no fueron del todo buenos en lo que a estado físico y de salud se refiere y no tenía puestas muchas esperanzas en hacer un buen papel. Mi estómago puede dar fe de ello. Es más, hubiera declinado presentarme de no haber hecho el pago de la inscripción por adelantado. Siempre he creído que todo tiene una parte menos mala, se mire como se mire. 
En la salida se agolpaba mucha gente en muy poco espacio. Había más de mil personas en la línea de salida y resultaba imposible verse las zapatillas. Por eso, hasta el segundo 40, no pasé por debajo del arco de meta y no pude empezar a correr. 
Me encontraba raramente bien y eso que el ritmo al principio era bastante alto, superior a lo que está uno acostumbrado. Así, los kilómetros pasaban rápido y el físico me respondía adecuadamente. Noté que tenía gas en las piernas. 
Al llegar hacia la mitad del recorrido, aparecían las rampas que viven todo el año en el casco antiguo de Girona. La mayoría desconocidas para uno, realmente duras y con el piso irregular que dejan los adoquines y que tanto maltratan a las rodillas. Con este nuevo marco, era gracioso ver como algunos acababan desfondados y dejaban de trotar para ponerse a caminar. Yo no iba desgastado y, motivado por ver como adelantaba a gente con facilidad, subí el ritmo que otro día se hubiera quedado igual. Pensé que era mejor no pensar y creí que lo mejor era creer. 
Con las pulsaciones un poco altas por el esfuerzo que supone encarar y derribar unas cuestas con esos porcentajes, enfilé un largo tramo de bajada y dejé que las piernas fueran solas, de nuevo sin pensar. 
Cuando quise darme cuenta, quedaban solamente un par de kilómetros para concluir. Fue entonces cuando miré el reloj y vi que aún estaba a tiempo de batir mi marca personal en la distancia. Reconozco, también, que lo miré varias veces porque me costaba creer que fuera así. 
Mentalmente no me compliqué la vida como otras veces: si mantenía el ritmo que llevaba, bajaría el tiempo. No había más cábalas posibles. 
Debía quedar medio kilómetro cuando decidí demarrar y tirar de todo lo que me quedaba. Los aplausos y vítores de la gente que nos animaba acabaron de darme el último empujón que necesitaba. 
Crucé la meta y vi que había conseguido batir a la barrera de los cuarenta y cinco minutos. Fue, paradójicamente, en uno de los días en los que lo normal hubiera sido acabar, como otras tantas veces, vencido por el tiempo. Pero esta vez fue al revés, como casi nunca, con mis piernas como cañón, con mis zapatillas como guardamanos y con mis pupilas como mira. Guiñando el ojo izquierdo. Por fin caíste. Peculiar asesino. 



domingo, 10 de agosto de 2014

Volviendo al origen: SKODA Triathlon Series 2014 Tarragona

Los que vivimos demasiado rápido creemos estar castigados a perpetuidad por el paso de las agujas del reloj. Nos cuesta saludar porque creemos que no tenemos tiempo y obviamos, de primeras, casi todo lo que se nos cruza. A cambio, ganamos un punto más de nostalgia y tenemos muchos más recuerdos porque cualquier situación, por insignificante que parezca, la almacenamos y la analizamos mientras pasamos a toda velocidad de una pantalla a otra. Es lo que nos diferencia de los que aprovechan cada segundo de forma lenta y sin prisa: ellos disfrutan del momento, nosotros lo añoramos. 
Por otra parte, se sabe que el recuerdo, aunque puede emanar de multitud de causas, suele venir dado por aquello que no fue o no pudo ser, como la eternidad del primer amor. 
Y, finalmente, los retos personales surgen del curioso deseo de superarse y los logros posteriores de la perseverancia y, si lo tienes, del talento. Yo me planteo objetivos factibles y tengo fuerza de voluntad, sin necesidad de que nadie me guíe, me aliente o me cobre. La perspicacia es para las estrellas.  
Toda esta palabrería, tan tediosa como necesaria, es para contextualizar la narración que ahora prosigue. Tal vez fue por la nostalgia, por el recuerdo o por las ganas de batirme. Quizás por la combinación de las tres o a lo mejor porque simplemente me apetecía pero hace un mes decidí que volvería a Tarragona, donde hace un año participé en mi primer triatlón. Sentía desde hacía un tiempo la necesidad de volver, de retarme de nuevo, de cambiar esa sensación agridulce que acostumbran a dejarnos las primeras veces. 
Por entonces me presenté en modo aprendiz de principiante, carente de fundamentos de nado, con muchos kilómetros hechos encima de una bicicleta y con pocas piernas y escasa técnica como para ponerme a correr después haber chapoteado y pedaleado cerca de una hora. 
Juré y perjuré que acabar era mi único objetivo a sabiendas de mi falta de preparación y de experiencia en esas lides. El miedo y el pesimismo ayudaron lo suyo.
Sin embargo, ayer intuía que podía ser diferente. Tras un año combinando las tres disciplinas (más lo que no se ve pero se siente) como mejor he podido y sabido, sabía que podía hacerlo mucho mejor y así fue. 
En la natación me coloqué en las primeras filas y totalmente abierto a la derecha, asegurándome de que una canoa de la organización era lo único que me flanqueara en ese lado. Dudé si salir tan adelantado sería bueno pero visto el resultado creo que elegí una buena estrategia ya que durante la mayoría del recorrido pude nadar a un ritmo lento pero continuo, como es habitual en mí, evitando la parte central y buscando un perímetro seguro a cada momento. Únicamente tuve que aflojar al llegar a cada una de las tres boyas que marcaban el circuito para poder escabullirme del jaleo que ahí se formaba. De vez en cuando se me cruzaba algún desnortado pero logré esquivar todos los envites. Al salir miré el reloj y vi que, por fin, había nadado dentro del tiempo previsto y superando en cinco minutos y medio lo que hice hace un año. 
Montando en bicicleta no hay mucho que contar que no haya dicho antes. Hice un parcial muy bueno, incluso algo mejor de lo que esperaba, y volví a remontar muchas posiciones. Iba saltando de grupo en grupo y me sentí cómodo en un circuito rapidísimo. Volví a vaciarme y mejoré en dos minutos la marca del año pasado. 
Aparqué la flaca pidiéndole disculpas ante tanta brevedad, me cambié las zapatillas y miré el reloj de nuevo. Llevaba cincuenta y cinco minutos aproximadamente. Si conseguía correr a unos cinco minutos el kilómetro podría lograr bajar de una hora y veinte minutos, cosa que hace un año me parecía más que utópica. La afrenta se presentaba un tanto compleja porque aunque puedo correr sensiblemente por debajo de esa marca, sabía que mis piernas estaban ya más allá del limbo tras casi una hora de tralla. Sabía, también, como buen diesel que es uno, que debía establecer mi carrera a ese ritmo concreto desde un buen principio porque cualquier intento de aflojar para luego apretar o viceversa, podría ser fatal. Y parece ser que los astros seguían alineados porque también lo logré, con dificultad pero lo logré. Aquí también rebajé ostensiblemente la marca que hice el año pasado. 
Finalmente, y por cuatro segundos, bajé de la barrera de los ochenta minutos contando transiciones. Además, en este triatlón en concreto, la primera de ellas es terriblemente larga. 



Así pues, conseguí una buena posición final (214 de 517 participantes totales) entrando en la primera mitad de la clasificación y comprobando que el trabajo bien hecho da resultados. 
Hoy es uno de aquellos días en los que me gusta decir que no hacer nada es mucho más cansado que nadar, correr o montar en bicicleta. Palabra. 



sábado, 26 de julio de 2014

III Triatlón Sprint Open Popular de Banyoles

No hace mucho leí que a la vida le ocurre lo mismo que a un buen café: nunca sabe tan bien como huele. Lo pude comprobar esta misma mañana al escuchar el bocinazo de salida y tirarme al agua. Confiaba en hacer una buena natación pero alguien al soltar una de sus piernas para propulsarse me dio con el pie en la cara (pudiera ser también que yo quisiera cabecearlo a él, quien sabe). El caso es que me llevé un golpe que me hizo aturdirme primero, ponerme nervioso después y crecerme al final. Hasta la mitad del recorrido fui incapaz de encadenar diez brazadas seguidas. Me faltaba el aire y no podía acompasar la respiración. Lo pasé realmente mal durante un buen rato. Fue un suplicio que al fin se evaporó cuando logré tranquilizarme y enfilar la segunda mitad del tramo de natación a un ritmo ya más decente, respirando con cadencia y con las pulsaciones más bajas. Lo paradójico del caso es que había entrado al agua de los más rezagados para evitar precisamente llevarme algún recado. Salí de los últimos y siendo sincero, esperaba hacerlo algo mejor aunque no salí cansado, más bien al contrario. Al tocar tierra corrí a por la bicicleta con muchas ganas de resarcirme. 



Cuando me senté en el sillín y calé las zapatillas, todo cambió. Sabía que venía con buenas piernas y me notaba fino desde hacía varias semanas. Era un buen momento para sacar la rabia que tenía dentro y hacerlo lo mejor posible en mi sector favorito y el que mejor se me da. 

Inicialmente decidí ir a mi ritmo, sin aliarme con nadie y es que no me hizo falta ya que empecé a pasar a mucha gente, incluso a los que habían tomado la salida antes que yo. Lo di todo, iba con el cuchillo entre los dientes y muy motivado al ver que estaba recuperando muchos puestos. No en vano, y siempre según la clasificación (allá cada cual con sus creencias), adelanté a unos ochenta corredores en el tramo ciclista. Había logrado, al final, que el sufrimiento sólo fuera esfuerzo y nada más. 



El tramo de carrera a pie lo hice cumpliendo mis perspectivas iniciales. Si no me aparecía ninguna molestia estaba seguro de poder alcanzar el tiempo previsto a pesar de la fatiga y así fue. Podía haber bajado algo el tiempo que hice pero no tuve cuajo para intentarlo por miedo a fundirme a pesar de encontrarme bastante bien. Supongo que la ambición se quedó dormitando en el casco que había dejado un rato antes en los boxes. Otra vez será. 



Algunos dicen que en el deporte sólo son recordados los campeones y los héroes, quienes, por cierto, no siempre coinciden. Otros creen que tienes que ser el primero en algo al menos una vez para que la vida tenga sentido y para que sea cierto eso de que quien la sigue la consigue, que los palos sirven para construir un fuerte. El camino es complicado, extenuante, incierto, agónico a ratos. Justo como nos gusta a los que hacemos deporte. En otros términos: hay que reptar mucho por el infierno y tragar mucha porquería antes de poder sonreír mientras levitas. Y lo que hace que todo esto sea realmente interesante es que lo primero nunca te asegura lo segundo. 



domingo, 18 de mayo de 2014

I Marcha Cicloturista Palamós - Costa Brava 2014

Disputar una carrera ciclista es algo que he tenido en mente desde hace varios años y hoy, por fin, se dio la ocasión. Se trataba de una marcha no competitiva en la que se compartía carretera con cualquier vehículo y/o persona y en la que no se contaban los tiempos oficialmente.


El recorrido indicaba 105 quilómetros con 4 ascensiones de distinta dificultad. Me lo conocía al dedillo porque hace un mes que lo recorrí en solitario y lo salvé bastante bien exceptuando un tramo de toboganes de 20 quilómetros del que hablaré más tarde. Entonces tardé 4 horas y 10 minutos en hacerlo.

 
Si la salida de una carrera se da en un sitio que está a cinco minutos caminando desde la puerta de tu casa significa que puedes levantarte y desayunar más tarde y que si te dejas algo, siempre puedes volver a recogerlo. Por lo tanto, me lo tomé todo con más calma que de costumbre. Más aún teniendo en cuenta que mi semana previa no fue del todo bien en cuanto a nivel físico. Estuve muy cansado por la media maratón del domingo anterior y no hubo noche que durmiera más de 6 horas. Además, el día antes anduve con problemas estomacales que me dejaron bastante debilitado. Con este panorama y sin lamentaciones (no se trataba de ganar nada) tenía que hacer algo que estaba esperando hace mucho tiempo.
La verdad es que no esperaba que hubiera tanta gente teniendo en cuenta que coincidían varias marchas y carreras por la zona. El dorsal más alto que llegué a ver era el 297.
Cuando pasaban pocos minutos de las 9 de la mañana se dio la salida. Me costó unos cinco quilómetros engancharme a un grupo que consideré decente para mi ritmo. La primera dificultad del día era un puerto de 4 quilómetros que subí muy rápido. La bajada siguiente también la hice muy rápido. Iba tan rápido, y perdón por reiterarme tanto, que en la primera hora de carrera completé 32 quilómetros. Como se nota la diferencia de ir sólo a ir en grupo...
La segunda ascensión de la jornada consistía en un puerto largo de 16 quilómetros cuya parte realmente destacable son los 7 últimos, en los que hay alguna rampa digna.


Aquí el grupo se disgregó en muchos subgrupos e incluso en unidades de ciclistas que no aguantaban o que, simplemente, se reservaban. Como no conocía a nadie tampoco podía saber que estaban haciendo. Yo me sentía realmente bien pero tenía miedo de estar yendo demasiado rápido y pagar luego el esfuerzo.
Miré el cronómetro y vi que en dos horas habíamos completado ya 60 quilómetros, más de la mitad de los previstos. Sorprendido, sabía que ahora enfilaba el sector que se me atragantó hace un mes.
Hasta el momento había llaneado y subido muy bien y había bajado peor. En otros términos: lo que ganaba subiendo lo perdía bajando y al revés. Aún y así, iba enganchándome a diferentes grupos de 4 o 5 unidades y estaba disfrutando mucho de mi primera carrera.
El tercer puerto que indicaba la organización era una rampa bastante pronunciada de 2 quilómetros y que precedía a una bajada larguísima hasta Tossa de Mar, punto en el que empezaba un tramo de 20 quilómetros de subidas y bajadas constantes, lo que un servidor considera un rompepiernas que te las parte directamente si llevas ya dos horas y media de carrera. Se levantó algo de viento justo al iniciar los toboganes, cosa que podía complicarme aún más la existencia pero que me frenó tanto como me aceleró.  
Psicológicamente estaba animado porque había ido rápido, me encontraba bastante fino y estaba en un grupo de 15 corredores, con lo cual me sentía bastante bien acompañado. Además, visto que subiendo iba bien pero que bajando no, me conciencié para aguantar en grupo esos 20 quilómetros como fuera. No quería quedarme en tierra de nadie en un terreno que me va tan mal. Pensé que no sería ni una hora teniendo en cuenta la velocidad a la que íbamos. Lo estaba haciendo bien y tenía que sufrir un poco más. Si lograba salir en grupo de allí, tendría bastante ganado. De lo contrario, sabía que podía hundirme y que se me haría interminable.
El caso es que lo conseguí, sufrí como hacía tiempo que no sufría en una bicicleta pero logré pasar el peor sector. Los ánimos enérgicos e inesperados de un par de amigos ya casi al final se agradecieron mucho e hicieron que todo fuera más llevadero.
Tras una bajada larga quedaba la última subida del día, según las indicaciones. Casi 2 quilómetros que se hicieron eternos teniendo en cuenta el ajetreo de piernas que llevábamos. Siguió otro descenso rápido, más llanos y alguna rampa que picaba pero ya estaba todo hecho. Supongo que todos los allí presentes se habían ganado la medalla que nos daban al llegar.  



Pasé el arco azul y el cronómetro de mi bicicleta marcaba que había completado 107 quilómetros en tres horas y media, yendo a una velocidad media de 30 quilómetros por hora. Hace un mes tardé 40 minutos más.


¿A qué se debe la diferencia de tiempo entre hace un mes y hoy? Correr en grupo mejora las prestaciones individuales, sin duda. Y también está el trabajo y el entreno: darle a las piernas, a los brazos y a la cabeza. Y querer sufrir y saber sufrir. Y no creerse nada.



domingo, 11 de mayo de 2014

XX Media Maratón Ciutat de Girona

Crucé la línea de llegada rebajando en dos minutos mi marca personal. Acabé como supongo que debe acabar un soldado que sobrevive a una batalla en la que ha querido estar: sudando a torrentes, roto, casi reventado, pidiendo clemencia (agua en mi caso) a quien pudiera estar por allí cerca. 
Lo hice a un ritmo lento, casi irrisorio, con la aburrida y rutinaria cadencia que me permitían las fuerzas que ya se habían evaporado mucho tiempo antes. 
Pero vamos a lo que fue la carrera en sí porque según los datos que se dieron, más de dos mil personas tomarían la salida a la misma hora en una avenida de cuatro carriles. Dos terceras partes hacían la carrera de diez quilómetros y el tercio restante, la media maratón. Se compartía circuito hasta la misma línea de llegada, punto en el que los más atrevidos sabíamos que nos quedaba más de la mitad del recorrido. 
Los ocho primeros quilómetros los hice a un buen ritmo y al lado de mi hermano. Me detendré aquí porque creo que merece la pena saber que este mozo corre con una rodilla y media (se rompió la misma hace siete meses) y con unas ganas y un coraje enormes. Lo que está logrando, a mi juicio, sobrepasa lo admirable. Y como él todas las personas que pasan por una lesión similar y percuten, trasiegan y luchan hasta superarlo. Y no se rinden nunca porque simplemente no les sale. 
Por aquel entonces pensé que estaba confundiendo la valentía con la temeridad y dejé que se marchara a su ritmo. Se ofreció a esperarme pero decliné que siguiera ayudándome. Sabía que una parte de lo que íbamos a conseguir cada uno era gracias al otro. Lo vi alejarse en una recta interminable y me emocioné tras mis gafas de sol como lo hago ahora al relatarlo. Llegó a la meta y también rebajó su récord personal. Me alegré muchísimo por él. 
A mi sólo me quedaba luchar contra la mente y el físico, habida cuenta de lo complejo que es batallar contra ambos factores, sobretodo contra el primero. De piernas fui bien, sin más molestias que algunas agujetas que se me pasaron rápidamente. La cabeza fue otra historia. Bajé el ritmo bastante. Los quilómetros costaban de digerir una barbaridad. Psicológicamente restaba metros, calles y tramos para tratar de acercarme a la meta. Entorno al quilómetro quince me pasaron los que marcaban el tiempo final de 1h 45'. Intenté seguirlos pero sólo logré aguantarles unos metros. 
Se hizo tedioso, como esperaba. Hubo ganas de parar y caminar, de acortar camino aunque hubiera sanción o de retirarse, directamente. Los típicos momentos de crisis. Contar pasos o conos, cantar alguna canción del verano o recordar lo que estudié ayer. 
El caso es que mi rendimiento cayó en picado, en parte por voluntad propia y en parte porque me quedaba poco combustible, y los corredores iban pasándome. No me paré ni en los avituallamientos y sólo quería llegar. 
Entre mis miserias observé otras muchas y eso me hizo sentirme algo menos desgraciado, que no era poco con la que estaba cayendo. Vi el reloj en el arco de meta y sabía que iba a superar mi marca, tan digna como mejorable. 
Crucé la línea de llegada rebajando en dos minutos mi marca personal. Acabé como supongo que debe acabar alguien que entrena para superarse a sí mismo. Ahí estaba, en la meta. Donde había estado con mi hermano un rato antes. Donde seguían llegando más corredores. Donde muchas cosas cobran sentido. 

lunes, 21 de abril de 2014

100 quilómetros en BTT y 16 quilómetros de carrera a pie por la montaña

Tras muchos intentos fallidos de conseguir formar un grupo lo más numeroso posible de gente, el pasado viernes 18 de abril, logramos, por fin, cumplir uno de los retos típicos de cualquier aficionado a la bicicleta de montaña de la zona:  hacer la ruta Olot - Sant Feliu de Guíxols. 
Dicha ruta consta de unos 100 quilómetros, la mayoría de los cuales son en ligero descenso y sin ningún tipo de dificultad técnica. La totalidad del recorrido transcurre por carriles bici y vías verdes, los cuales son, en su mayoría de tierra y de una anchura considerable. 



A las 7 de la mañana subimos en coche hasta el punto de partida y sobre las 8:30 nos pusimos a rodar. La primera hora fue relativamente lenta debido a que la parte más dura está al principio, ya que los primeros 12 quilómetros son picando levemente hacia arriba, habiendo únicamente un par de rampas duras. A partir de aquí, todo bastante favorable, con muchos tramos llanos interminables. 



Sobre la bicicleta estuvimos 4h 30' aunque tuvimos un percance (un compañero rompió la cadena) que nos hizo estar parados una media hora, aproximadamente, hasta que logramos repararla. También hay que tener en cuenta que nos paramos a mitad de camino a desayunar, cosa que alargó levemente la hora de llegada a casa. 
Por la tarde, contrariamente a lo que pensaba antes de la ruta, no me encontraba muy cansado. Únicamente el típico cansancio de piernas pero nada más. Me alegré de no notarme fatigado puesto que el domingo tenía previsto participar en una marcha. 
El sábado me levanté con un poco de agujetas, cosa que también imaginaba. Con el fin de moverme y activarme un poco, me fui a nadar a la piscina. Hice el entreno corto de la semana y nadé 1.500 metros. Creo que nadar me ayudó a recuperarme y, a pesar de notarme pesadez de piernas, me activé bastante de cara al domingo. 
Podía elegir entre hacer la marcha de 7 o de 16 quilómetros y opté por hacer la larga. Tenía todo el tiempo del mundo y me pareció buena idea probarme en una carrera que supuse que me llevaría entre una hora y media y dos horas. Quería ver como me sentía y también quería correr por la montaña para entrenar subidas y bajadas porque no lo hago nunca y la mejor manera de hacerlo pensé que era apuntándome a una carrera. 



El cielo pintaba mal y las previsiones apuntaban posibilidad de lluvia durante todo el día. Chispeó y llovió a ratos y la verdad es que lo agradecí. Soy de inviernos y me muevo mejor con frío y lluvia antes que con sol.  
Los cuatro primeros quilómetros eran picando hacia arriba, con alguna subida importante. A partir del quilómetro 5, se separaban las dos marchas y justo en ese punto llegó una dificultad seria: una rampa interminable de 500 metros por un camino muy técnico (raíces, piedras, troncos y demás) y con una pendiente media de un 17%. Decidí dejar de correr y ponerme a caminar. 
La otra dificultad importante estaba sobre el octavo quilómetro: una rampa de piedra viva y resbaladiza, con una longitud de 300 metros y con un 24% de inclinación que también hice caminando. 
A partir de este punto, y durante unos tres quilómetros más, los caminos alternaban subidas y bajadas constantes en un rompepiernas considerable. 
Cabe destacar que la última parte de la marcha, entorno a 3 o 4 quilómetros, discurría por una zona que se incendió hace pocas semanas. Algunos pudimos ver el auténtico destrozo que hizo el fuego. Estuve oliendo a ceniza durante un buen rato y me llevé a casa un poco de ella en los calcetines y las zapatillas. También llegué con las manos negras a la meta puesto que en algún momento tuve que agarrarme a algún árbol abrasado para ayudarme a trazar las sinuosas curvas mientras bajaba. 
Lo cierto es que en prácticamente todo el recorrido mantuve un ritmo constante, excepto en dichas subidas, las cuales las hice caminando debido a su inclinación y a su dificultad técnica. En las bajadas me noté bien y pude acelerar bastante. 
Llegué a la meta y pregunté a un hombre que hora era ya que no llevé reloj. Las 9:35. Había tardado una hora y treinta y cinco minutos. Creo honestamente que lo hice bastante bien para ser mi primera carrera de montaña. 



Hoy, ya con piernas cansadas del trasiego de estos días, he hecho una salida en BTT muy suave. Han sido cerca de 45 quilómetros muy tranquilos bajo la lluvia. 

lunes, 7 de abril de 2014

XIII Duatló Ciutat de Vic

El pasado domingo 6 de abril asistí al primer duatlón de mi vida. Me había inscrito con mucha antelación para así no tener excusa y no echarme atrás. Tampoco había motivo para ello puesto que llevo mucho tiempo entrenando y alternando la bicicleta, el correr y el nadar. Sólo una lesión podía evitar mi debut. 
La prueba consistía en correr 7 quilómetros, ir en bicicleta de carretera durante otros 35 y acabar con 3 más de carrera a pie. 
El caso es que se dio la salida un poco más tarde de las 10:30 de la mañana con un total de 600 atletas participantes, todo un récord según la organización. La mayoría iban bien equipados. Zapatillas de nivel y de muchos euros, medias compresivas (¿Vale la pena usarlas para correr media hora?), bicicletas de alto copete, etc. Algunos comen justo antes de salir. Barritas, plátanos, geles... Otros se hinchan a beber agua. Mi experiencia con la comida previa no es muy buena, así que me salto ese paso. He desayunado 3 horas y media antes y me encuentro bien. 




Mi misión era bien simple: disfrutarlo al máximo, sin más. Sólo así podría acabar contento. 
Empecé bien, tranquilo. No llevé reloj así que no sabía a que ritmo iba ni a cual debía ir. Mejor: no quería agobiarme. Bastante tenía con escuchar pisadas, bocanadas de aire y los constantes pitidos de los relojes y GPS ajenos. Hacia la mitad del recorrido, y con el grupo ya muy estirado, me adelantó la primera de las chicas, quienes salían tres minutos más tarde. Buena zancada y buen ritmo. Igualito que el mío, vamos. Más o menos por ahí me entró flato. Y como la única manera que parece que me ayuda a olvidarme de él es yendo más despacio, decido aminorar el ritmo. Ahí empiezo a comerme la cabeza y me pregunto porque siempre aparece cuando estoy corriendo. Como ya sé que no va a irse hasta dentro de un par de horas, lo aguanto lo mejor que puedo, no me queda otro remedio. 




Me adelanta bastante gente pero no me preocupa porque lo tenía asumido. Veo el arco de meta y sé que el peor sector ya ha pasado. Estoy algo cansado, como también esperaba, pero también aliviado. 
Entro en la zona de boxes y aún tengo que seguir corriendo un buen trozo porque mi bicicleta es la última de todas y no es broma. Ahora me favorece porque voy con las zapatillas de correr pero luego será un problema con las zapatillas de bici. Ya sé que los buenos se las quitan en marcha, se las atan en marcha y bajan descalzo. Yo no llego a tanto, que le vamos a hacer. 
Cojo la bicicleta y voy pasando a varios corredores, incluso a varias chicas que me habían adelantado corriendo. Los 6 primeros quilómetros, que son en ligero ascenso, vienen acompañados por un puerto de unos 4 quilómetros. Me adelanta un pelotón de chicas justo cuando uno se cae y se hace polvo las rodillas. Voy a un ritmo constante y me noto algo cansado pero aguanto sabiendo que luego viene una bajada larga combinada con un llano de unos 7 quilómetros. Esta parte la hago realmente bien, superando a mucha gente. Lo siguiente es un puerto de 5 quilómetros de subida, sin dificultad técnica ni dureza excesiva pero que se hace duro debido a la fatiga que llevo. El flato sigue ahí, sólo faltaría. Lo que falta es en bajada y llano. Es aquí donde vuelvo a adelantar a bastante gente. Llegamos a los boxes un grupo de 6 unidades que hemos compartido los últimos 3 quilómetros en base a relevos dignos. Me bajo de la bici y el cuentaquilómetros dice que lo he hecho en 1h 15'. Me sale una velocidad media de 28kms/h: mejor de lo esperado.  




A patear con las zapatillas de ciclismo por los boxes. Hay bastantes bicicletas colgadas y veo a mucha gente que ya ha acabado. En hora y media ya lo tenían listo. Chapeau. 
Ya muy cansado, sé que sólo son 3 quilómetros a pie. Creo que mi ritmo es lento pero no estoy muy seguro porque ya no controlo mucho las piernas y no llevo reloj. Por delante mío veo escalonados a los 5 compañeros con los que había llegado en bici. Deben separarnos unos 100 metros. Salieron todos antes que yo del boxes, como esperaba, debido a mi ubicación. Creo que puedo dar algo más y acelero un poco. Ah, y sigo con el flato. Sin dejar ese ritmo, me motiva ver que consigo pasar a tres de ellos en pocos metros. Me junto al cuarto y adelantamos al que faltaba justo antes de llegar a la recta de meta, que es cuando consigo dejar atrás a mi último compañero de fatigas. 
Acabo cansado pero contento porque he disfrutado mucho, sobretodo en la bici. Por aquello de la curiosidad y no haber llevado reloj, miro los tiempos que he hecho corriendo. Sorpresón. Los primeros 7 quilómetros los hago en 31' 37" (a 4' 31" el quilómetro) y los últimos 3 los hago en 14' 06" (a 4' 42" el quilómetro). No son tiempos espectaculares, ni mucho menos, pero suponen mi récord personal y, unido a las buenas sensaciones que tuve, sin contar el flato, me producen una alegría tremenda y unas ganas enormes de seguir entrenando.